মুখ্য Aquí dentro siempre llueve

Aquí dentro siempre llueve

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Tras el éxito de El chico de las estrellas, Chris Pueyo sorprende a los lectores con un extraordinario libro de poesía en el que destila la quintaesencia de su sensibilidad y las temáticas que apuntaba en su anterior libro.
Solo aquellos que han recorrido el camino que conduce del amor a la decepción conocen la auténtica ruta de la poesía. En sus versos, Chris Pueyo nos abre un abanico de sentimientos explorados con intensidad, delicadeza y autenticidad.
সাল:
2017
সংস্করণ:
1
প্রকাশক:
Grupo Planeta
ভাষা:
spanish
পৃষ্ঠা:
118
ISBN 10:
8408172778
ISBN 13:
9786070743429
ফাইল:
EPUB, 530 KB
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1 comment
 
Madeline
Este libro me encantó, la poesía no es un
género que leo mucho ya que no me siento cómoda al hacerlo (siento que no se como interpretar cada párrafo), por lo que al comienzo tenía mis serías dudas sobre esta lectura pero desde que comencé el libro me encontré absorta en cada poema y en cada palabra que el autor comparte con sus lectores. Es un libro que nos habla de lo que es amar, de lo que es sufrir, de quedarte con lo bueno, sobre superarnos a nosotros mismos y sobre aceptarnos. Una de las cosas que me enamoraron de este libro fue la visión de Chris Pueyo del mundo, sus poemas están escritos desde su propia experiencia, desde el dolor y el amor, ayudado por esas personas que siempre estuvieron en cada momento en el camino acompañándolo en este viaje que es la vida donde las cosas buenas suceden y las malas también, y cada uno decide como encarar esa parte de nuestras vidas.
03 May 2021 (07:59) 

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1

Alice

Year:
2012
Language:
spanish;castilian
File:
EPUB, 160 KB
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2

The Dark World

Year:
1946
Language:
english
File:
EPUB, 182 KB
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Índice

Portada

Dedicatoria

Prólogo de Andrea Valbuena

Carta al lector: La vida después de la muerte

Capítulo 1. Este libro está llorando

Se abre el telón

Caminos para recordar descalzo

Contratiempo y mareas

Aquí dentro siempre llueve

Capítulo 2. No te me ahogues, ahora que emerjo

Los brazos abiertos

Daniel

Pájaros

Flores en mitad de la guerra

Capítulo 3. Te quiero tanto que...

Valiente hijo de puta

Adivina adivinanza...

Je t’ aime

Bajo tu vuelo encontré mis alas

Capítulo 4. Estoy tan perdido que...

Conmigo

Infancias violetas

Lo contrario de soledad es uno mismo

Por no quererme demasiado

Capítulo 5. Llegó la música, ¿quieres llover conmigo?

La belleza de los chicos tristes

Palabras para el hombre que duerme en tu cama

Chilla, mujer de fuego

Desde tus hombros

Capítulo 6. El verso más libre de toda la poesía...

Mientras gana el miedo

04:27

Nostálgiame

El hueco entre nosotros

Un baile entre dos generaciones

Mis más queridos agradecimientos

Créditos





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			A la vida

por traerme a Ethan

y bailar conmigo hasta el final de la lluvia.





Charcos





			Prólogo de Andrea Valbuena





			Aquí dentro siempre llueve es el resultado de la primera aventura de Christian Martínez Pueyo con la poesía.

			Mientras afuera hierve el debate de lo que es y no es poesía, las palabras se evaporan y los discursos mueren en tierras áridas de crítica y menosprecio, aquí dentro llueve. Las gotas caen calmadas y marcan el ritmo de una canción. Huele a humedad, a tierra abso; rbiendo vida, se nos han mojado las manos y hay un chico que bebe de la lluvia.

			Según la RAE, la poesía es una «manifestación de la belleza o del sentimiento estético por medio de la palabra, en verso o en prosa». Esta es toda la definición que han podido darle a algo que, bajo mi punto de vista, es paradójicamente inefable, ya que a pesar de construirse con la palabra, son infinitas las distintas posibilidades de interpretar la poesía y muy difícil la tarea de contenerla entre las paredes de un único patrón. Como pasa con todo lo que responde a un proceso creativo.

			Por ello, si tengo algo claro es que Christian cuenta su verdad de una manera hermosa y poética. Ya lo hizo en prosa con El Chico de las Estrellas y vuelve a conseguirlo, ahora en verso, en este poemario que podría condensar su tristeza y convertirla en inspiración para otros.

			Con total honestidad besa esa tristeza, que no pretende abandonar más que sobre el papel para poder acariciarla con las manos cada vez que vuelva a echarla de menos. Revivir una nostalgia es tan necesario como encontrar la felicidad, y él lo sabe.

			Escribe dejando hablar al corazón, con el lenguaje de los que quieren ser comprendidos y desde la más absoluta y auténtica verdad, la verdad de uno mismo. Respondía Cernuda en mi poema favorito a lo que pasaría «si el hombre pudiera decir lo que ama»; hoy, esa respuesta es una realidad, y el resultado es este: la derrota del miedo, los prejuicios, las prohibiciones, los abusos y la intolerancia, frente a la victoria del amor.

			El miedo impregna estos poemas porque todos los valientes lo tienen. Es un compañero necesario con el que consiguen convertirse en lo que son. Así, Christian asegura que «no hay nada terroríficamente bello que no conlleve peligro» pero dice también «que yo me detengo/ donde quiero,/ cojo aire/ y sigo caminando». Su determinación consigue que hasta los obstáculos lo devuelvan al camino.

			Habla del mundo de hoy con la libertad del ser sin tapujos ni límites, con la curiosidad, intensidad y entusiasmo de los que observan, aprenden constantemente y no pueden evitar contarlo.

			Christian se enfrenta a todo con el nervio y las ganas que brotan frente a toda nueva aventura. Ensalza el poder de la imaginación y va dejando una estela de su magia en cada acento. Recuerda que cuando crees en lo que no existe, lo haces posible y así lo transmite, mientras los demás notamos a la altura de la garganta las vibraciones de la voz que se muere de ganas de acompañarlo gritando: «Yo creo, sí creo», y abanderar con esta premisa el resto de tus actos para que suceda lo imposible.

			Cuando habla del amor lo tiene claro: «Quiero que cuando se te ocurra apretar el puño recuerdes que somos agua». Tiene una libertad infinita y escurridiza que merece la pena conocer y que está impregnada en cada una de las letras que os presento.

			Por último, Christian nos recuerda que «nadie que te haga sentir pequeño merece verte crecer», y él lo sabe tan bien que rodea su mundo de todo aquello que lo hace grande. La poesía de alguien así solo puede adquirir la misma magnitud, ya que esta es un espejo que mira hacia dentro, y aquí dentro siempre llueve. Acompañadlo en este viaje: os enseñará a pisar los charcos.





			Carta al lector:

			La vida después de la muerte





			La última vez que me miré al espejo me dijo que llevaba dos años sin dormir.



			Y los espejos no mienten.





			Yo no podía contar contigo,

			y la vida es una cuenta atrás

			donde dos personas se dan la vuelta en el último momento.

			Una de ellas desaparece, otra se queda.

			Adivina cuál fuiste tú.



			Ahí me escupió el espejo.

			Aprendí a mirar por la ventana de mi pecho y encontré a un chico sosteniendo las flores que crecen después de llorarlo todo.



			Entendí su mirada como quien se detiene ante la poesía, comprendiendo que no llega para salvarte, pero concede ese segundo exacto de luz en los ojos que nos hace reconocer la herida para después respetarla.



			Le tendí una sonrisa desde cualquier otro lado del mundo, y aquel muchacho encontró el valor suficiente para salir de dentro, no le obligué a dar un paso, pero le guiñé un ojo desde el otro lado del puente.



			Me dijo su nombre y pronuncié Tristeza.

			Caminaba lento como quien corre con el corazón de cemento.

			Su espalda era una enorme escarificación de adioses.



			Sus ojos, alquitrán.

			Solía llorar barcos.

			Y en su pelo anidaban pájaros inalcanzables.



			Le gustaba regresar a mi pecho por las noches para no dormir y despertarme a sollozos de madrugada.



			Le acaricié el pelo con la esperanza de volverlo cenizas. Le leí libros, pero nunca terminaba de llorar.

			Le hice un espacio abismal en la cama.

			Soplé sus cumpleaños deseando abrir los ojos y no verle. Nos besamos.

			Nos corrimos.

			Nos amamos.



			Le enseñé a darme la mano para ver la ciudad.

			Y no lo hicimos tan mal,

			algunas mañanas incluso se atrevía a salir solo cinco minutos cuando la ventana olía a pan recién hecho.

			Siempre traía flores para sorprenderme al regreso.

			Solo que la última vez pensé que no regresaría y me descubrí echándole de menos.

			Ahí lo entendí todo.

			Y volví a escribir.





			Este libro,

			como tantos otros,

			comienza por el final,

			en esta mi manía

			de contar historias

			acabadas

			que no terminan nunca.





			Por su parte no temáis,

			la tristeza no entiende de puertas

			y poco después volvió a aparecerse en la ventana de mi pecho.



			Por la tuya tampoco,

			he precintado con palabras el hueco que ocupa tu recuerdo en

			alguna zona posterior de mi cuerpo, allí donde el olvido no

			puede tocar.

			Y ellas

			no

			te

			olvidarán.



			Por la vuestra, a ver si os enteráis,

			somos chicos tristes,

			y los chicos tristes

			somos felices así.





CAPÍTULO 1





Este


			libro


			está


			llorando





Se abre el telón





			Escrivivir y otros deshielos

			sobre la belleza de los chicos tristes,

			los que concentran en el fervor de sus pupilas

			un atentado terrorista,

			sobre quien no sabe escoger entre dos

			caminos y se convierte en preso en la mitad,

			sobre una boca de sal

			y llantos para recordar el mar,

			sobre una boca que de no volver escuece,

			desde dentro

			y para dentro,

			esa es la única manera que conozco de escribir.

			Recoge tu corazón roto,

			y sopla:

			hazles el amor a tus guerras

			sumérgete en la poesía

			como el impostor que aguanta la respiración

			en un mundo de anfibios,

			júrate (y por consiguiente, el más digno

			de todos los amores) la libertad eterna.





Caminos para recordar descalzo





			Si quien bien te quiere te hará llorar,

			prefiero cuidarme solo,

			no te creas lo que cuentan sobre mí,

			soy lo que hicieron conmigo,

			si quieres lo que nunca tuviste,

			prueba con un imposible,

			no hay nada terroríficamente bello

			que no conlleve peligro,

			dicen, que los brazos son una extensión del alma,

			que quienes no soportan la soledad

			no lo están haciendo bien,

			prefiero los libros porque ellos

			nunca me dejaron sin batería,

			los cobardes se encontrarán entre ellos,

			que para mí

			todavía guardo la historia que me diga

			no tienes ni puta idea del amor,

			que de ti

			y de las canciones aprendí

			que lo más bonito existe

			y que todo acaba.



			Quienes merecen tocar el cielo

			siempre son los más pequeños,

			crecer es verse en los ojos

			de quienes te hacen grande,

			ya no recorto las barbas de mis palabras,

			que tiré de la cuerda

			y apagué al niño,

			ya se te hizo tarde,

			mi viejo Peter Pan,

			si dejas escapar a las mejores personas

			estás perdido,

			que quienes te quieran lo hagan sin poemas ni palabras

			brillantes,

			que quienes te quieran lo hagan con la acción de respetar tus

			alas,

			porque el error

			sería no volver a cometerlos,

			a quienes me reprochan que he cambiado

			podría darles la razón,

			lo hice con los míos

			y a mejor.



			No me mires así,

			si no vas a quedarte,

			no te atreves a volver,

			tú nunca fuiste tan valiente,

			vuela

			después de correrte,

			que el último que deje de amar

			pierde.



			Que yo

			me detengo



			donde quiero,

			cojo aire



			y sigo

			caminando.



			La tristeza es un barco hundido,

			los recuerdos una cama en medio del mar,

			el desamor, una despedida kilométrica

			de camino pedregoso donde los árboles

			crecen sobre tu espalda,

			la cicatriz es medalla del valiente

			y el único que puede besarla

			eres tú.



			El silencio será la respuesta

			para quienes no merecen hacer preguntas,

			la libertad será perderlo todo

			y ahora que pasamos página,

			seremos libros, temática, estantería, biblioteca

			y Alejandrías distintas,

			que te deseo más un final feliz que a ti

			y que quizá por eso no te deseo demasiado,

			escribir es mirar dentro

			de lo que no se ve,

			que la poesía no salva,

			pero he visto como estas manos

			se volvían fuego bajo un mar de lágrimas

			sosteniendo versos que me leían a mí,

			el éxito es interior,

			al reconocimiento no lo reconozco,

			que el amor

			es una jaula abierta al cielo,

			y volar

			es crecer,

			que volando volveré

			al lugar donde me mataron

			para reírme de mi cadáver.



			Porque si tuviera que volver

			sin duda volvería, como la poesía;

			mirarte es atravesar caminos

			para recoger mi propio cuerpo





Contratiempo y mareas





			«Y báñate en mis ojos,

			 que se joda el mar.»

			MAREA





			Si pudiera volver hacia atrás,

			te besaría con los ojos cerrados

			para que no descubras que mañana está lloviendo.



			Quiero decir:



			cogería tu mano por primera segunda vez

			y te llevaría allí donde ni yo pudiera rescatarnos.



			Bailaría tu risa,

			dejaría de ser un corazón con piernas,

			cambiaría cualquiera de La Oreja

			por un rockandroll,

			follar sería más una fiesta

			que una despedida,

			donde dos lobos se revientan la boca

			por una canción

			bajo la almohada:

			aullaré fuerte para recordarte que sigo olvidándote.



			Dormiría desnudo

			por todas esas veces que imploraste mi cuerpo

			sobre mi pecho ateo de fe,

			en todo este tiempo

			he aprendido que el único hombre

			merecedor de mis sueños

			se quedaría a verme dormir,

			y tú

			siempre me contaste más secretos

			que orgasmos.



			Saborearía el silencio,

			adelantaría mi lengua a tu llanto,

			colocaría mis manos antes que las heridas,

			cuidaría

			con el calor de una boca sedienta de fuego

			las raíces de tu estómago,

			recuérdalo:

			el día que conociste la risa

			eran Lirios.



			Si pudiera…



			Besaría la cara de un padre,

			perdonaría las espaldas de una madre

			y mancharía

			con manos llenas de luz

			las paredes de una abuela,

			ella

			es un hogar brillando

			en mitad de un bosque roto.



			Dejaría mantas de algodón

			sobre quienes intentaron cuidarme

			y murieron de frío.

			Guardaría un segundo de silencio

			por todos aquellos que intentaron matarme

			y escribiría

			puntos finales

			sobre la cara

			de

			mis

			queridos

			enemigos.



			Si pudiera volver hacia atrás…



			Abriría este par de brazos,

			y castigaría tu existencia

			a la eternidad

			con la tinta

			de

			mi

			corazón.



			Cómo explicártelo:



			a ti

			volvería a pasarte los labios

			por todos los accidentes de tu vida

			sin miedo a la infección.





Aquí dentro siempre llueve





			Hay un muchacho enamorado de la lluvia desde que no llora solo,

			su tiempo es una aguja en el pecho,

			su ropa, vendajes del hogar,

			su futuro le susurra fantasma por las grietas,

			hubo una vela que cansada de la soledad

			se enamoró de su sombra,

			hay un muchacho que renunció a ti

			para poder brillar.



			Hay un sendero de nieve virgen en el glaciar,

			una diferencia entre terrorismo y masacre,

			entre arquitecto y hogar,

			entre quien construye y quien derriba,

			hay una diferencia entre ser poesía

			y ser poeta.



			Hay un muchacho escuchando el parquet de tu regreso,

			soñando con tus pies desde que son silencio,

			será

			que nada deja más huella

			que los pasos de quien te abandona.



			Ni príncipe del Orgullo, ni escondite en el armario,

			ni tan de las estrellas, ni mucho menos, arrepentido,

			hay un mar de lágrimas arrancándole las entrañas,

			hay un ejército de barcos descosiéndole los ojos,

			lleva una nube gris y guarda un cofre bajo el Ártico de su

			estómago,

			lleva un nudo en la garganta, lleva una luna en el bolsillo,

			hay un muchacho valiente

			porque lo de ser cobarde ya le ha costado demasiado.



			Hay una historia muriendo con las puertas abiertas

			esperando a ser rescatada,

			hay rescate.



			Hay olas que dibujan tu pelo

			amanecer entre costillas,

			colmillos incrustados en risa,

			hay risa.



			Hay manos manchadas de sangre desde que los bordes

			de la madrugada cortan,

			hay palabras,

			como los chillidos de las hijas que nunca aceptaron el divorcio:

			ellas te prefirieron siempre a ti.



			Hay un muchacho precintado por fragilidad

			porque entre su piel y su alma estás tú,

			hay un muchacho despidiéndose del tiempo,

			curado,

			creciendo,

			en flor,

			hay sol.



			Hay un muchacho lloviendo...

			Acerca tu oreja a mi pecho,

			ese muchacho soy yo.





CAPÍTULO 2





No


			te


			me


			ahogues


			ahora


			que


			emerjo





Los brazos abiertos





			«Abriéndome camino donde

			solo había zarzas.»

			VANESA





			Podrías habérmelo dicho antes:

			dejando salir mis miedos

			entrabas tú.



			Llegas a mis manos vestido de casualidad

			y terminas convirtiéndote en un nuevo principio.

			Usas mi nombre para ser valiente,

			atraviesas lo que parecía imposible

			en un segundo,

			como quien se cuela en el hueco

			que hay entre dos canciones

			y se queda a dormir.



			Empujas los árboles, regalas camino,

			paseas a mi lado con esa pintura en las manos

			que respeta las humedades de mi piel.

			Rompes

			a pedradas el invierno

			y liberas un enjambre de abrazos

			en la reconstrucción de mis éxitos.



			Entras en mi pecho

			sin dejarte las uñas en la puerta,

			entiendes que no la había y que por eso

			hay lugares de los que nunca salimos.

			Me sacas del pozo

			posando tus dedos de luz sobre muros

			muertos de frío,

			y todo se ha vuelto cielo estrellado,

			y me has devuelto la capacidad

			de soñar

			con el miedo

			de volver a perder a alguien.



			Nadie ofrece tanto como quien

			nos descubre algo diferente.

			Y esto es tan cierto

			como tú,

			por cada persona que dice haberte visto,

			a seis mil les encanta la poesía.



			Donde hubo fuego,

			soplas.

			Donde quedan accidentes,

			acaricias

			con la fuerza de quien trata de

			olvidar a alguien y lo recuerda

			para siempre.



			Nos atrapas en la cámara frontal,

			juraría haber visto el futuro.

			Qué importa lo que escriba,

			sobre ti…

			se arrodillan todas mis letras.

			Recuerdo tu risa

			y conjuro un patronus,

			encontramos el anillo único

			y desaparecemos de ese trozo del mundo que dijo:

			«No lo conseguirán».

			Yo nunca creí en la suerte,

			y tú te vuelves amuleto

			coronando mi pecho.



			Te das la vuelta,

			miras al suelo

			y entiendo tus alas.

			Tu amor

			es un obstáculo a la tristeza,

			es la belleza de persistir en mi pena

			antes

			de reconquistar

			los cielos.



			Decidle, si veis su estela,

			que me tiene borracho de ganas,

			contadle, si reconocéis sus pasos,

			que me enseñó el camino de vuelta,

			que su silencio vació mi cuerpo

			de desamor

			para llenarlo de intimidades imperfectas,

			que miró con la paciencia del crecimiento

			cómo mis heridas dejaban de ser cicatrices

			cuando volvía a hincarles el bolígrafo

			y

			nos

			derramamos.



			Después de tanto —y tantos—,

			has colocado el otoño de tus ojos

			justo delante de mi cara

			y se me está olvidando eso

			de tenerle miedo a la belleza.

			Te has quedado

			donde nadie supo hacerlo;

			cuando me descubro,

			y has tumbado de un golpe

			las paredes de mis laberintos.



			Tú,

			que me miras con buenos ojos

			—decías—,

			pero incluso para el rey de los ciegos

			el atardecer se anaranja.



			Yo,

			que guardo para ti todo

			lo que aún no he escrito,

			que miras mi cuerpo pintando la noche

			que jamás imaginó Van Gogh,

			que te veo dormir,

			me pellizco y no despierto,

			que mirarte

			es soñar

			con

			los

			brazos

			abiertos.





Daniel





			«Cada uno en su universo siente

			su dolor como algo inmenso.»

			BEBE





			Él.

			Es una de esas personas

			que creen en mí

			de la única manera en que se puede amar:

			con los ojos cerrados.



			Él.

			Habla tanto de los imposibles

			que ya no existen,

			que empieza a creer en el amor

			cuando alguien deja de hacerlo

			haciéndole equilibrismos a un mundo

			que no le merece.



			Él.

			Que construye toboganes sobre heridas de la infancia,

			que tiembla de vértigo sobre las despedidas

			y siempre dice adiós a cámara lenta.

			Caer en él

			no es más que un divertido viaje

			hacia algún lugar

			donde todas las cosas siguen vivas,

			donde la muerte

			es el peor de los chistes devolviéndote lo mejor de la risa.

			En un coche de viaje a París,

			en busca de la luz que ven quienes mueren al final del túnel,

			que resulta ser la misma que vemos al nacer.



			En otras palabras:

			amigo mío,

			gracias por la resurrección.



			No tantos me han visto morir

			y han tendido su cuerpo junto al mío.

			No todos fueron capaces de bajarme el cielo

			y subirse a la cornisa más suicida del Madrid de los Austrias

			para despedir mi vuelo.



			Solo aquellos que te amen de verdad

			te dejarán marchar,

			será que para ellos

			siempre estaremos de vuelta.



			Él.

			A quien quiero con locura

			y con razones.

			Me sacó a bailar tantas canciones

			que terminé haciéndolo como si nadie estuviera mirando,

			que terminé escuchándolas,

			que es escucharle:

			gritos de mujeres fuertes

			chillando música después del maltrato.



			Entonces sí fueron escuchadas.



			Él.

			A quien he visto romper paredes de cartón,

			escapando de mundos estrechos.

			Nadie que te haga sentir pequeño

			merece verte crecer.

			Él.



			Que rescató con el calor de sus manos

			liebres atrapadas en cepos

			siéndole a mi pena

			un edredón contra el invierno.



			Cómo explicarte,

			cumplimos tantos sueños juntos

			que Morfeo abrió los ojos para vernos.



			Y yo que no dejaré morir de inanición

			a quien escondió limas en hogazas de pan

			para entregarme la libertad.



			Y yo que nunca supe cómo prender el mundo de quienes lo

			pierden,

			con mi vela

			encenderé la tuya

			y llenaré

			de ventanas abiertas

			tu tiniebla.



			Tú solo márchate

			cuando sientas que debes hacerlo,

			pero sobre todo

			quédate

			como quien viene de un lugar

			que ya

			no existe.





Pájaros





			«los marineros ya me advirtieron

			que era

			cuestión

			de viento.»

			ADRIANA MORAGUES





			Yo

			no vengo a enseñarte mis canciones,

			voy a descubrir tu música

			para que me toques y escuches

			lo bien que sonamos juntos.

			No tienes que devolverme la mirada,

			basta con que te des la vuelta y veas

			que todo el amor que tengo para ti

			es un óleo espalda contra espalda.



			Yo

			no vengo a pintarte las paredes,

			voy a acariciar tus humedades

			para saber dónde tengo que dejarte las flores.

			No voy a contarte lo que solo puede hacerse,

			pero déjame decirte que tu escudo es de roble

			y mi lengua ruge de fuego.



			Yo

			no vengo a decirte lo que tienes que hacer,

			estas son mis manos

			este es el mapa:

			reinventa el destino.

			Que no habrá próximas veces

			que cada una de ellas se proclame última.

			Que cuando cuentes conmigo

			se multipliquen tus dedos

			como gotas de mercurio estallando contra el suelo,

			y tu cuerpo

			tienda a infinito sobre el mío.



			Yo,

			que no he venido a darte razones para quedarte,

			voy a comerte la locura

			para relamerme los labios cuando piense

			en

			ti

			a

			solas.

			Sírvete,

			que esta noche me sabe la boca a Xavier Dolan,

			y nunca creí en los besos de película.



			Yo

			no vengo a detenerte,

			voy a contarte con cadenas

			de papel y palabras

			la libertad.

			No me tienes en la palma de la mano,

			quiero perderte,

			quiero que me pierdas,

			quiero que cuando se te ocurra apretar el puño

			recuerdes que somos agua.



			Que yo no sé mentir,

			voy a protegerte tanto

			que en mis ojos encontrarás siempre la verdad

			lo que todavía no existe

			el principio de la lluvia

			el origen del frío a la izquierda del tiempo

			tu pelo

			enredando

			lo inalcanzable.

			No sigas los caminos marcados,

			rompe la brújula

			y disfruta del tiempo perdido

			(como si fuera lo único que no recuperaremos jamás).



			Yo

			no vengo a decirte «te quiero»,

			voy a quererte

			porque es la única manera que conozco de cantar victoria.

			No me digas adónde vas,

			vuelve

			y tráete en los bolsillos carreteras de historias

			como nunca la nuestra:

			la que nunca empieza

			para nunca acabar.



			Que no seré tu pacto,

			ni tu rey,

			ni tu republicano.

			Voy a llenarte el mar

			de música embotellada

			para que cuando llores

			en el fondo

			te quede una canción.

			Para que cuando vivas

			y la sal de otros te carcoma los labios,

			les cuentes nuestra historia a los niños del puerto.



			Diles que tú

			eres lo más bonito

			que esta vida

			ha hecho por devolvérmela.

			Diles que tú

			eres poesía

			y con mi voz

			pronunciarás tu nombre.



			Diles

			que

			tenemos

			alas

			y las alas

			son

			del

			cielo.





Flores en mitad de la guerra





			«Lo siento mucho todo,

			y esto no es una disculpa.»

			ANE SANTIAGO





			Fue un miércoles, día del espectador,

			y la película

			me lloró

			a mí.



			Quité la cadena,

			como quien abre una ventana, para volver a coger aire

			y le atraviesa un fantasma.

			Dicen que en la herida está el poema,

			por eso llevo en el bolsillo

			el tintero de mi pecho,

			dos por uno en tu cumpleaños

			y una butaca vacía.



			Seré el deseo que apague tus velas,

			pero abrirás los ojos

			y desapareceré.



			Seré el miedo a descolgar el teléfono

			en un valiente acto suicida

			que colgaría mi cuello del cable de tu voz,

			quebrando a susurros tu pequeño nombre,

			delatándome en el último suspiro.



			Después de tanta sangre, amor,

			me desangra recordarte

			y gimo escribiéndonos.



			Hicimos un pacto.

			Como la tregua de Navidad para cantar villancicos

			entre tus bombas alemanas y mi reloj inglés,

			apuntando este breve

			alto el fuego.

			Tú me miras,

			yo nos veo llegar…



			La Plaza Mayor guardó silencio,

			callando ante la inmensidad,

			recomenzando la lluvia,

			como si el cielo que nunca creyó en mí

			por no

			doblegar

			mis manos

			hubiera orquestado los violines

			de la película

			que te cuento,

			me lloró a mí.



			Quién nos lo iba a decir…

			Aunque tus finales justificasen mis miedos

			y seas lo que el viento se dejó,

			torres más altas construimos.



			Quién me lo iba a decir…

			Aquella tarde

			encontré en tus ojos de fuego

			la calma.



			No sé,

			será

			que en mitad de la guerra

			nos crecieron las flores.





CAPÍTULO 3





Te quiero


			tanto


			que en el


			fondo


			somos


			barcos


			hundidos





Valiente hijo de puta





			Aún le recuerdo.



			Sus manos eran de otro planeta,

			sus ojos llenaban de luces los míos,

			miraba al cielo

			como quien salpica de velas una bañera

			o una ventana,

			esperando algo inolvidable.



			Creía en la magia de la fotografía:

			¡Sonríe!

			para que no pueda

			olvidarte nunca.

			Apuntaba horarios sobre la caja de mis medicinas

			mientras yo me drogaba sobre su pecho.

			¿Cómo se sobrevive a esa imagen?



			Inolvidable.



			Caminaba por mi izquierda

			para no dejar de rozarme el corazón.

			Aparcaba unas piernas cansadas de rondarme la cabeza

			junto a las mías

			y me susurraba cosas que me llevaré a la tumba.



			Me dejó la tinta en la boca,

			desvistió su espalda

			y me invitó a escribir nuestra historia.



			Asqueroso.

			Le vi sonreír y comprendí que toda mi vida

			había sido un simulacro,

			como si el amor pudiera dibujarse,

			y no fuera un muchacho perdiendo el autobús.



			Me rescató del las fauces de un dragón,

			colocó una moneda en manos de la suerte,

			se sacó una canción de la ropa interior

			y bailamos juntos en fracés,

			se desnudó para parar los taxis,

			se olvidó de su casa

			y cuando encontró el camino para calentar mis pies

			mi cabeza se durmió sobre sus muslos

			y el mundo

			era una habitación inundada de estrellas.



			Joder,

			era más lindo que un delfín rompiendo el mar,

			unas manos liando la magia precedidas de su lengua,

			una bufanda en garras del viento,

			era un puto beso en mitad de la guerra.



			Entonces desapareció

			porque es lo que hacen las personas que amaremos para siempre,

			y cuando lo hizo lo entendí todo:

			«El amor es una jaula abierta al cielo»

			Desde entonces no he vuelto a abrir una puerta

			que tienda al cierre.



			Valiente hijo de puta...

			me enamoré de ti

			no se te ocurra olvidarlo nunca.





Adivina adivinanza...





			¿Qué perra me dejó la rabia?



			—Dame una pista.



			No vengas a pedirme una pista

			después de tantos trucos por un trato.

			No vengas a decirme que me entiendes

			si no has llorado lágrimas de sangre en el fregadero.

			No me cuentes tu vida

			si al asesinato de mi cuerpo

			en nuestra guerra de almohadas

			no vino ni la policía

			ni tú

			a reconocer el cuerpo

			que te contagió la vida.

			Y rómpete los ojos

			cuando me digas que aparento cincuenta años más

			de los que hemos follado.



			—Dame otra pista.



			No te pases de la raya

			si soy el único que conoce su sabor

			desde el tiro de tu espalda.

			No te acerques

			si mi sombra es la de un monstruo

			reflejada por el camión de la basura.

			Ahórrate el reproche,

			que me he fumado todo el dolor que cabe en tu pecho

			y cuando te soplé

			me

			volví

			cenizas.



			—Pues no caigo.



			Cómo vas a caer si tengo muñones por brazos,

			que me dejé los dedos

			intentado atrapar tu velocidad.

			Si con la punta de un lápiz

			dibujé tu cara,

			y escupido de amor

			gemías.

			No te me ahogues ahora,

			que yo emergí de los siete mares

			con una piel nauseabunda y algas entre las uñas

			tras el beso de la sirena de una ambulancia.

			Estrella este corazón contra el suelo

			cuando eches de menos mi boca,

			hazte el camino descalzo.



			A

			ver

			hasta

			dónde

			llegas.



			—¿Está en esta habitación?



			Mira la pantalla de mi pecho

			duelo más que verte.

			Ríete a cántaros,

			lluéveme a carcajadas

			y quítale la sed de venganza a Caribdis

			y a todos esos cabrones

			que sueñan con comerse el mundo

			y no sabes que eres intragable.

			—¿Por qué letrita empieza?



			Valiente hijo de puta.

			Eres tan cobarde que no escuchas,

			desproporcionado con dos bocas

			y una oreja.

			Mira: desde que me mataste

			no he querido volver a morir por alguien.

			Ábreme el pecho

			y tócame el arpa,

			que se me llena la boca

			de lo bien que aprietas.

			Y trago

			porque de alguna manera

			tendré que mantenerte dentro.



			—¿Quieres decirme algo?



			Quiero decirte que te quiero,

			pero claro, a ver cómo.





Je t’ aime





			«De haberte entregado la vida

			me queda lo bueno.»

			AMAIA





			He levantado Madrid

			para ponerle las sábanas que emocionaron a tu cuerpo

			en sus cuatro márgenes.

			El lugar donde nos conocimos,

			el picaporte de tu nueva vida,

			la plaza donde nos reencontramos,

			y el día de tu muerte

			será la de la poesía.



			Solo sé amar en oraciones compuestas

			donde el segundo verbo es admiración.

			Lo malo es que solo admiro a personas libres,

			y ellas, como yo,

			se han dado una oportunidad.

			Así que tú

			solo tienes que quedarte quieto.



			Yo creo que el que se marcha siempre vuelve pare recordar;

			sin embargo,

			solo yo estoy recordándote para siempre.

			Todavía no sé qué es peor

			si tú

			o yo prestándote mis manos

			para calentar febrero entre tus piernas.



			Puedes estar tranquilo,

			no volveré a dejártelas,

			no dejaré que te pierdas,

			empeñaré mis sueños en ensombrecer la izquierda del tiempo,

			cuidarás de tu nuevo hogar

			como si nunca pensaras en mí.



			Estiraré La leyenda del hilo rojo que pende desde mi índice

			hasta la página que toque tu corazón

			para que París tienda la colada

			y mi imagen se te tuerza fría.

			Recordarás lo torpes que fueron nuestros bailes,

			así no volveremos a pisarnos.



			No

			supimos

			bailar.



			Arrancaré una flor de tu futuro

			para que veas lo bonito que es,

			para que hagas hogar al hombre que apague tu lengua

			y ya no me digas nada.

			Para que nunca abandones,

			y cuando lo hagas,

			cubriré tus ojos con mis manos

			porque no te permito mirar hacia atrás.



			Tampoco podrás llorar,

			no hay piel en mi cuerpo

			incapaz de enjugar tu llanto

			ni letras de tu nombre sobre mis labios

			que al conjurarte

			no te proclamen Dios.

			Ni tampoco hombre en el mundo

			que se atreva a partirte el corazón con el arco de mi poesía

			sobre la almena,

			yo te guardo.



			Es fácil:

			Recuerda olvidarme.



			No sientas que te equivocaste,

			nunca me has perdido,

			no pienses más que hacia adelante,

			tiraré de las nubes

			y lloverá Madrid

			como solo Madrid sabe llovernos,

			apagará tus dudas

			y sostendré de la cintura tus miedos

			para que recuerden volar.

			¿Recuerdas cómo se volaba?



			Te hacías una equis en el corazón

			porque debajo de cada cruz había un tesoro,

			y yo

			hace tiempo que dejé la piratería.



			¿Lo recuerdas, amor?

			Tocar la luna

			era solo

			pisar un charco.





Bajo tu vuelo encontré mis alas





			«Yo no quiero hacerte el amor

			quiero deshacerte el desamor.»

			ELVIRA SASTRE



			*A cuatro manos con Ethan Blanco*





			«Te quiero, valiente hijo de puta»

			—me susurrabas sin imaginar que, a veces, las palabras se

			convierten en acto de sentencia.

			Llevo a cuestas tu mirada

			desde el día en que te fijaste en mis labios,

			y es que en lugar de pesarme la espalda,

			hacías de esta un mapa para tus manos.



			Traigo

			desde el primer día en que miré tu boca

			unos ojos que dicen

			dónde

			vas

			a

			morir.



			Me siento en una cárcel sin rejas,

			donde la condena se ha convertido

			en desenamorarme de ti a la fuerza

			—y es que no encuentro mayor sufrimiento que amar y ser

			querido, pero no amado—.



			Y es que no encuentro mejor momento que un verso

			para confesarte

			que tú

			mereces todo

			lo que yo

			 no puedo sostener

			con las manos.



			Hay palabras que están vivas,

			como amor, pájaro, sexo.

			Y luego hay personas que intentan ser tú,

			pero ni siendo el mejor poema

			conseguirían recitarte.



			Y luego estás tú,

			valiente,

			escribiéndome el poema más triste del mundo

			como quien le regala un espejo

			a la muerte:

			descubre quién eres

			y

			se

			deshace.



			Nunca antes había encontrado a alguien en un verbo: volar.

			Porque tú no caminas, tampoco corres,

			extiendes las alas y emprendes tu propio vuelo,

			y es ahí donde encontré las mías:

			el día en que abriste mi jaula y me enseñaste el cielo.



			El día en que te vi volar

			amenazaste el futuro.



			—Los pájaros no tienen dueño.



			Mi libertad es tuya.



			Te he visto caer en picado

			y he disfrutado de ello

			porque sabía que en el fondo te esperaba mi cuerpo.



			Sálvate tú.



			Llévame contigo.



			Aprietas tanto

			que empiezo a pensar

			que paseábamos del cuello.



			Pero prometo no marcharme,

			espero quedarme hasta en la tinta

			de tus próximos versos.



			Un folio sin ti es una emboscada.



			Prometo que el día que escuches mi nombre

			una sonrisa invadirá tu cara,

			la misma que un día te hizo sentir que la vida

			te estaba devolviendo todo aquello que te quitó.



			Prometo decir tu nombre

			más veces de las que lo escuché.



			Prometo acompañarte en silencio

			en tus noches de insomnio,

			y hacer de ellas algo menos doloroso.



			Prometo dolerte tanto

			que distinguirás la felicidad

			a primera vista.



			Prometo dejar mis brazos abiertos

			para que aterrices delicadamente,

			cojas fuerza y sigas tu vuelo.



			Prometo volver a tus ramas

			e inundar tu cama de plumas

			para que sepas que he vuelto a buscarte.



			Prometo colocar la almohada a tu gusto

			por si una noche decides ocupar en mi cama

			el hueco que lleva tu nombre.



			Prometo quedarme despierto

			por haber sido mejor que todos mis sueños.



			Prometo estar al otro lado del puente

			para tenderte mi mano

			cuando no te atrevas a cruzarlo.



			Prometo avisarte cuando llegue a casa.



			Prometo abrirte la puerta.



			Prometo no volver.





CAPÍTULO 4





Estoy


			tan


			perdido


			 que


			de


			vuelta


			a casa


			me he


			 quedado


			en otras





Conmigo





			Con mis manos

			voy a levantar una torre

			sobre tu cuerpo.



			Con mis piernas

			voy a okupar una casa

			donde no puedas entrar.



			Con mi boca

			voy a llenar de silencio

			tus preguntas.



			Con mi voz

			voy a contarles a tus amigos

			que no me alcanzaste,

			que cuando el tiempo me guiñó un ojo

			de ventaja me regaló un segundo para crecer,

			que descosí con mis propios dientes

			la mordaza de este silencio

			porque tú

			no eres nadie

			para romperme los ojos.



			Con mis noches

			voy a emborracharme de poesía

			porque resulta ser el lugar

			al que llegan

			quienes no consiguen sacarse

			un arañazo del corazón.



			Con mi fuerza

			voy a aullarte el adiós,

			que la libertad

			sigue llevando el sello de mi boca,

			y tú

			no volverás a saborearla.



			Con mis lágrimas

			voy a hacer que todo el mundo te vea

			antes de haberlo hecho,

			que todos aquellos que sueñen

			con tocar el cielo sepan

			que las estrellas pinchan.



			Con mi saliva

			voy a llenar de barcos

			el sendero que dejas de náufragos

			para que cuando llores

			bailemos alrededor de tu cuerpo.



			Yo

			voy

			a ser

			tu sueño,

			y tú

			vas

			a soñar

			conmigo.



			Regresaré a tu mente dormida

			como el recuerdo

			que vuelve por última vez

			para despedirse

			de su espacio.



			Partiré tu techo

			y esparciré mi recuerdo de polvo

			sobre tu pelo.



			Escribiré sobre tu espalda

			un epitafio:

			«Aquí yace un beso

			en el invierno»

			en el idioma

			de las despedidas.



			Que todo lo que supone un final

			comience,

			que nada que no termine

			se marche.



			Que no hay nada más muerto

			que aquello que sigue con vida

			por no querer acabarse.



			—Solo te diré algo, vida mía—

			anoche escribí el verso más libre de toda mi poesía

			y supe quién era

			por ser el único

			que

			ya

			no

			habla

			de

			ti.





Infancias violetas





			Vengo del pasado

			para decirte que te quiero,

			aunque no sepamos tenernos.



			Perdóname, mamá,

			pero sigo encogido en el balcón

			sobre aquella noche fría en que mi cuerpo esperaba desnudo la

			salida

			de una luz en el cielo que tumbe el frío

			porque la fuerza de tu amor nunca derribó las puertas.



			Discúlpame,

			pero nunca me enseñaste a dormir,

			llevo las manos empapadas de miedo desde que nunca las cogiste,

			sigo tanteando paredes de barro y gemidos al otro lado

			en busca del interruptor para volver a casa,

			para despertarme en el hogar que nunca nos diste,

			ese en el que amanecemos con olor a leche

			para nunca separarme de tu pecho.



			Perdóname, mamá,

			pero he confundido tu espalda con tantas mujeres

			que cuando se daban la vuelta

			quien desaparecía era yo.

			Los niños nunca entendieron que viera espadas en ramas muertas,

			pero en cada media hora de patio yo te rescataba de este mundo

			zafándonos de aquellos hombres que atrincheraron tu boca

			y a mí.

			Déjalos,

			ellos no entienden la luz

			de quien sueña con llevarte a las estrellas.

			Ni la flor que soplaba a la salida,

			para no ser el último esperando en la puerta.



			Uno no puede mirar al pasado

			y elegir las cosas que le hacen llorar.

			Aún empapo de miedos la ropa

			cuando miro a la verdad a la cara

			y no puedo salvarte la vida.



			Perdóname, mamá,

			pero no he sabido crecer.

			Sigo esperando en la ventana al niño al que se le hizo tarde.

			¿Quién me creo?

			Ni toda la historia de la fantasía ha conseguido detener el tiempo.

			Pero ¿a quién estoy jugando?

			Si no hay aguja en este mundo que dé la vuelta hacia atrás.



			Perdóname, mamá,

			pero mi infancia

			son tres puntos suspensivos…



			 «Nunca nos vamos a sepa… rar»

			me repetías con la musicalidad necesaria con la que un niño

			se aprende una canción

			y se la cree,

			pero, amor mío, eso no puede ser.

			Necesito esconderme del miedo,

			yo no puedo seguir tus caminos con el sol muerto y la luna

			desterrada,

			suéltame,

			que si la vida es caminar,

			salgo en busca de cielos despejados.



			Perdóname, mamá,

			pero por la abuela

			sé lo que es felicidad

			Toda la anarquía que heredé de ti

			la he empeñado en la poesía,

			así que cántame una canción

			donde estés más guapa

			y fumes menos,

			y enséñame a sonreírle a tu felicidad,

			que todavía no es demasiado tarde para aprender algo de ti.

			Y todavía

			es todavía.



			Perdóname, mamá,

			pero érase un niño al que mordías cada vez que tenía hambre,

			érase una madre que no fue,

			érase un niño sin niñez.



			Perdónate, mamá,

			que yo confío toda mi fuerza

			porque sé que hay algo en ti.

			Un encanto.

			Una energía.

			Una mujer con la piel violeta que no entiende que el amor

			es una revolución sin golpes.

			Que hay algo más…





			Que te perdones.

			Que cuando ya no estés,

			el mundo será demasiado insulso.

			Demasiado simple.

			Demasiado justo.

			Y demasiado razonable.

			Y necesitaré tus uñas para arrancarle este poema al pasado,

			que sin él,

			no seríamos nosotros,



			y con él,

			jamás olvidarás lo que te quiero,

			aunque no sepamos tenernos.



			Perdónate, mamá,

			la guerra ya se ha terminado.





Lo contrario de soledad es uno mismo





			«¿Y cómo huír cuando no quedan

			islas para naufragar?»

			JOAQUÍN





			Mi vida era un cuento de hadas donde una pesadilla

			metía los puños en mis ojos,

			pero...

			¿Cómo se sale de donde no recuerdas

			haber entrado?





			Ojos cerrados:





			El espejo me dice a la cara

			que soy mi propia cruz.



			Reconozco con más vergüenza que luz

			sobre estos versos

			que esta vida es la herida

			que deja un cuerpo sobre otro,

			hasta que uno la mira y se reconocen

			entre ladridos y cariño.



			Que mi historia

			es la de un muchacho crucificado sobre sus

			propios renglones en mitad de la tormenta,

			hasta que alguien

			le desclavó,

			secó su pelo,

			le puso precio a la tristeza azul

			y

			le

			llamó

			literatura.



			Desde entonces las letras son mi camino

			y a mí me gusta huir dejando huella

			para no olvidar de dónde vengo,

			por si alguien se pregunta

			¿dónde está?



			Siempre

			desnudo

			bajo

			las

			palabras.



			Todo el mundo lo sabe:

			cuando te rompen el corazón en mil pedazos

			y te agachas para recogerlos,

			solo hay novecientos noventa y nueve trozos.



			La noche duerme sobre mi espalda

			y no alcanzo a recordar cuándo fue la última

			vez que una ventana me abrió los brazos.

			Me he pasado tanto tiempo esperándome

			que antes de llegar

			escapé como los creyentes del futuro:

			con los ojos cerrados

			y agarrando fuerte el presente.



			«Si te bajas el orgullo,

			yo me quito la corona»

			me dije,

			y terminé

			besándome

			las

			espinas.



			Ojos abiertos:





			Ahora veo puentes

			vencedores lamentando la guerra,

			un abuelo besando una medalla que es nieto,

			flechas de pájaros,

			amigas

			demasiado llenas de vida

			para ser amadas a medias,

			amigos

			soñando con discotecas

			en las que se baila lento,

			mujeres de espaldas desnudas

			adelantándose al pasado,

			labios sospechosos de soñar

			con el roce de una boca cobarde,

			anarquía en las caderas,

			manos entrelazándose,

			un tren llegando a cocheras

			con una pareja de enamorados dormidos,

			y una flor

			ha

			nacido

			en

			mi

			ventana.



			Ahora tengo en los bolsillos

			las llaves de un hogar

			—mírame, amor,

			yo que solo aprendí a usar las puertas

			como salidas de emergencia—.



			Esta noche mis miedos

			no pasarán,



			esta noche, el llanto

			no me cuesta la risa,



			esta noche, el paso que me saca

			del pozo

			me devuelve la luz.



			(Lo contrario de soledad

			es uno mismo.)





Por no quererme demasiado





			«Te he dejado en la despensa lunas

			si acaso es que oscurece.»

			ANDRÉS



			*A cuatro manos con Loreto Lafora*





			He cortado los tendones que me unían a tu pecho

			y me he recogido el pelo,

			parecía un ramo de bombillas

			en pleno callejón sin salida.



			He saltado el puente en que murieron

			todas las madrugadas

			cuando ardíamos

			al tocarnos las miradas,

			y se han descolgado todos los candados

			cuando grité que el amor digno

			se llama propio.



			No negaré que fuiste

			lo más sincero que he llegado a sentir,

			pero no seguiré desinfectando los mordiscos

			del león que hoy

			solo es mosquito.



			He crecido tanto que tus juegos no me caben,

			para estar a mi altura

			deberías aprender a saltar.

			Que para tocar el cielo

			hay que bajarse al barro.





			He llorado la sal de tus heridas

			sobre las mías

			sin llegarnos a curar.

			Ya sabes

			que no hay nada más cobarde

			que hacerse el valiente.



			He dejado una nota entre los jerséis

			de Navidad.

			He vaciado de recuerdos los armarios:

			ocupas demasiado,

			y con algunas cosas menos,

			cabe lo mejor.



			Estoy aprendiéndome

			sin tener que hablar de ti.

			Sería de locos quedarse en casa

			teniendo toda una mochila de ojos

			que miran por primera vez

			el mar.



			La arena acaricia mis dedos,

			me pierdo

			sin toque de queda.

			Toque de ti.

			Toque de nada.

			Me toca.

			Y tú

			ya

			no

			lo

			haces.



			El electrocardiograma de este corazón

			late con la silueta

			de la ciudad más puta del mundo,

			y esta noche, amor,

			no voy a quedarme durmiendo.



			Qué bonito el sonido de tus balas,

			música para bailar.

			Aunque sea el silencio quien busca matar,

			estos pies

			han encontrado el ritmo

			para esquivarte.



			Promete que serás feliz,

			encuentra todo aquello que buscabas,

			báñate de pieles distintas

			y quédate

			en aquella cama

			donde ya no digas mi nombre.



			Perdóname,

			pero es que ya

			no te quiero tanto.



			Te perdono

			por no quererme

			demasiado.





CAPÍTULO 5





Llegó la


			música.


			¿Quieres


			llover


			conmigo?





La belleza de los chicos tristes





			«Como tú cuando me miras, me provocas,

			me acribillas, eres magia y he venido a salvarte.»

			TANO





			A ver si os enteráis:



			Nunca seremos de quien nos mire con la capacidad de olvidar

			que somos tristes

			de quien nos golpee la pena

			en vez de calmarla

			cuando se despierte

			y muerda.



			Perderemos el autobús

			porque hace tiempo que no vamos a ninguna parte.

			La música goteará sobre nuestro cráneo,

			esa injusticia tan desapercibida en que

			ningún hueso protegió tanto al corazón como a la cabeza.

			Seremos el bando más valiente de una guerra perdida.



			Miraremos hacia arriba

			porque es lo que hacen quienes esperan algo mejor,

			encapucharemos nuestras palabras

			para que cuando las lean

			no sepan que estamos llorando

			con los ojos de un niño,

			presenciando el atentado terrorista

			desde el que sonríe muriendo una madre.



			Guardaremos una nostalgia incandescente en el frigorífico

			que estallará cuando sea olvidada, como la cerveza.

			Recorreremos toda una estantería de recuerdos

			entre las páginas del pelo,

			una carretera continua que se aleja del lugar

			en el que fuimos felices.



			Guardaremos las manos en los bolsillos

			porque entendimos que perder algo

			es condenarlo al olvido.

			Entenderemos perderos

			como alternativa de la victoria.



			Sabemos que las mejores cosas de este mundo

			suceden como la mejor fotografía:

			sin darte cuenta.



			Distinguiremos los colores de cada instante

			porque masticamos poesía, y cuando abrimos la boca nos

			queda fuego

			porque hubo un día en que nos estalló el pecho

			y los vimos todos…

			Fue como contar lo infinito.

			Ni se os ocurra hacer con números

			lo que solo pueden las palabras.



			Avanzaremos con la mirada en el pasado

			por ese peso en los hombros que nos lastra las alas.

			Seremos cometas y no volaremos en acto solitario,

			el cielo se toca de dos en dos.



			Y

			por

			un

			momento

			recordaremos

			respirar.



			Daremos tres pasos hacia atrás

			cada vez que nos abran de brazos

			o piernas.

			El miedo se escribe para siempre

			pero todo acaba,

			y entre estas dos palabras

			cabe una oportunidad inabarcable para la poesía.



			Nos escocerá Moraima,

			cicatrizaremos con Baluarte

			y nos permitiremos el lujo de pensar

			que si tenemos dos oídos y una boca,

			será para escuchar el doble

			a todos aquellos que nos cuentan su historia

			y nos hacen especiales

			para confesar nuestros secretos.



			Escribiremos en minúsculas,

			las cosas grandes se hacen juntando muchas pequeñas.

			La libertad será la más grande de todas las bellezas

			y no rozaremos una boca

			que no sepa pronunciarla.



			Entonces

			podréis

			besarnos.



			Pocos serán quienes recorran la devastación de nuestras ruinas

			y descubran que la casa estaba bajo los escombros.



			Menos aún los que abren la puerta,

			pero quienes lo consigan darán un paso.

			Y quienes den un paso

			llegarán a una cama en medio del mar.



			Entonces

			podréis

			mirarnos.



			Nuestra soledad brillará

			y no será de ausencia.

			Nuestra boca rebosará

			conjugaciones en tiempo pasado.

			Nuestro pecho será el desván

			al que regresaremos para tirar de las sábanas.

			Nuestras manos serán de papel,

			y entre sus líneas encontrarás la historia.

			Nuestro pecho está roto,

			y jamás podréis cerrarlo,

			por sus grietas

			respirará

			la

			belleza

			de

			los

			chicos

			tristes.



			Entonces

			podréis

			huir.



			Nosotros

			somos felices así.





Palabras para el hombre que duerme en tu cama





			Qué me vas a contar a mí

			si me lo sé de memoria

			y de corazón.



			Conozco de sobra el campaneo de su pelo

			iluminando la habitación

			antes que el amanecer,

			llevo esos colmillos

			incrustados en todas mis risas

			desde que me los hincó.



			No me cantes su vida,

			estos dedos también le dieron cuerda a su música

			y sé cómo suenan sus pasos

			cuando viene y va,

			cuando pide «quédate».





			Lo cierto es que sé cómo chilla,

			cómo besa

			cómo se emborracha, gime, gruñe, muerde

			y mata

			a bocados de placer,

			conozco la boca del lobo

			y desde allí

			soplamos juntos a la luna.



			Guardo velas bajo el colchón desde que mis ojos

			se acostumbraron tanto a la oscuridad

			que a sus monstruos no les queda hueco

			donde esconderse.

			Les tendí la mano desde el otro lado del puente

			para que llegaran a mí,

			enamorarlos sin piedad,

			alimentarlos en defensa propia

			de mi propio cuerpo

			para no convertirme en uno de ellos,

			pero

			cada

			vez

			eran

			más

			grandes.



			A noches dormíamos tan juntos

			que nunca supe exactamente

			dónde empezaba yo

			y dónde

			terminaba él.



			Me lo sé cautivo y en libertad,

			salvaje y sedado,

			conozco la paz y todas sus mierdas.

			Me lo sé en digital y en edición especial

			encharcado de fiebre,

			empapado de Nirvana,

			nos llovimos en la cara

			y nos ahogamos de amor.

			Me lo sé en lenguas distintas,

			me lo sé en griego,

			conozco su sabor en francés,

			reconozco la escultura de su boca en braille,

			y si quieres te cuento en nuestro propio idioma

			el número de estrías que dividen su cuerpo en luz.



			Ahora te diré algo que tú no sabes:

			pasar página

			es para quienes no supieron leernos,

			el olvido

			es todo lo que no existe después de sus hombros,

			la belleza,

			un volantazo,

			y su libertad

			inexorable.

			Por eso,

			nadie

			puede

			tenerle.



			Y por último, sé

			que las mejores alas

			crecen de tanto mirar al suelo,

			que la inspiración nunca besó mejor

			que su boca

			—guárdala bien—.



			Que algún día

			aprenderás a bailar con los barrotes

			de la tristeza que deja

			y

			de allí

			nadie

			ha

			salido

			jamás.





Chilla, mujer de fuego





			«que hay algo mas triste que dar pena,

			es dar miedo.»

			IRENE X





			Niñas jugando en blanco y negro,

			juventudes rimando entre la anarquía y tus caderas,

			faldas de monedas,

			monedas dando la cara,

			caraduras robándote años de primavera,

			décadas de naufragio,

			esquirlas en la piel,

			cambios de piel,

			caminos a contraviento,

			un huracán

			llevándose la mariposa

			a buen recaudo.

			Una mujer sin ropa,

			una mujer quitándose la ropa para vestir a sus hijos,

			hijos a fuego en el pecho,

			pechos a los que diste la espalda,

			alas creyendo en el cielo,

			y cielos

			en busca de mujeres

			como tú.

			Canciones que suenan a lágrima nada más tocarlas,

			cicatrices con voz de victoria,

			el invierno en tu voz,

			tu pelo a merced del tiempo,

			tiempo curándolo todo a tus pies,

			kilómetros de historias para no dormir,

			películas de terror doméstico con las que hiciste cuentos

			para amamantar a tus lobos,

			y un lobo

			lamentándose

			por haber cambiado tu luna

			por la luz de un charco.

			Fugas de ida y vuelta,

			vuelta a empezar cuando crees haber llegado,

			finales contando tu historia,

			caminos de columna vertebral sosteniendo vientres,

			volver a cuidar a una madre,

			a un hermano,

			a una hermana,

			a un sobrino.

			Esta noche te he sacado a bailar

			y con la mejor manera de equivocarme

			te he llamado

			mamá.

			Tirabuzones esquivando tangos con el demonio,

			dientes, belleza, raza,

			vela y espada,

			comprensión y golpe en un mismo instante,

			tratos con la vida,

			pactos con el futuro desde el espejo,

			canciones en el coche, y la distancia

			ha dejado de ser distancia,

			ejemplo a seguir de estela imborrable,

			manos cogiendo las nuestras,

			mi más sincera admiración se ha quedado mirando

			cómo levantas un castillo

			con los restos del naufragio

			a orillas de la devastación.



			¡Chilla,

			mujer de fuego!

			—entonces ardió—.

			Ningún hombre

			pudo hacerle sombra.





Desde tus hombros





			«No me abandonarán si me he marchado

			no romperán mi corazón si lo he arrancado.»

			ZAHARA





			Del Círculo es cierto todo lo que cuentan,

			las noches son bellas,

			y tocar el cielo desde tus hombros,

			helarte.



			Cierra los ojos…

			Recuerda la banda sonora,

			la entrada a tu pecho era perder el autobús,

			soplando las velas encendiste la página en blanco,

			«más vale pájaro en mano»

			dijeron dos idiotas

			de espaldas al cielo.

			Aquella noche nos atropelló la poesía.



			Mira, niño…

			Ni tan santos

			ni tan arrepentidos,

			cerrando los bares del centro

			abrimos las puertas del cielo,

			perdimos las llaves del tiempo,

			y llovió

			como llueven las nubes

			cuando les parten el pecho.



			Escúchame…

			Nadie ha vuelto a hendirme sus dedos para descifrarme la risa,

			esa risa tan tuya

			que a noches mi boca pregunta por ti.

			De todo tu maldito armario,

			tu recuerdo se viste de encaje y yo te intuyo feliz

			a lo largo de una infinita guerra de pasos

			entre tu casa

			y la mía.



			Dame la mano…

			Tócame,

			que mientras no lo haces nadie ha vuelto a sostener mi cara

			con tu mirada de queso y pan,

			no han vuelto a acunar este insomnio inabarcable,

			sonríe cansado,

			como el mendigo que descalzo ataja su camino hacia el nuevo

			mundo

			por tu espalda:

			puedes darte la vuelta,

			que ni aún así verás mis huellas.



			No lo dudes…

			Yo era un trozo de papel que le robaste al aire

			quisiste entender de dónde vengo

			pero cuando descifraste mi letra,

			desapareciste,

			dejaste paños sobre frentes hirviendo

			como quien coloca una corona a un niño,

			fuimos oxígeno

			para quienes miran el futuro

			con el humo entre los dientes.



			Abrázame…

			No importa a quién beses antes de apagar la luz,

			tengo los deditos brillando frente al móvil

			para acariciarte a través de la pantalla:

			prometo rozar tus alas

			cuando olvides

			que sabes volar.



			No digas nada…

			Tú fuiste una rosa azul

			en mitad de un bosque en llamas,

			así que baila,

			que este mundo sigue soñando con verse

			desde tus hombros,

			y ahí solo

			subí

			yo.



			Del Círculo es cierto todo lo que cuentan,

			las noches son bellas,

			y tocar el cielo desde tus hombros,

			helarte.





CAPÍTULO 6





El verso


			más


			libre


			de toda la poesía


			será escapar


			de lo que te


			esclaviza





Mientras gana el miedo





			«Dices que soy cobarde

			pero ganaría mil guerras por ti»

			LUKAS LAYTON





			De una boca a otra

			hay un pasillo interminable de miedos,

			y mientras gana el miedo

			se pierde un beso.



			Mientras gana el miedo llueve amoníaco,

			las noches duran días de años bisiestos,

			calla un piano,

			silencio de muerte,

			arde un libro,

			y el vestido de una novia se enreda en un bosque

			de alambre.



			Un padre olvida una función,

			la vajilla de Navidad estalla contra el suelo,

			muere el abuelo,

			una familia es desahuciada,

			un político guarda un sobre,

			la reina no tiene corazón,

			un pintalabios no se atreve a enrojecer,

			estalla París,

			una sala de espera es encontrada sin esperanza,

			y quienes se despiden no se quedan.



			Mientras gana el miedo, Peter Pan llega tarde a la oficina,

			las estrellas queman,

			las flores pinchan,

			un verso no ilumina una herida,

			y la inspiración de un poeta es descuartizada

			en la cuneta de una papelera.



			Una golondrina jamás aprende a volar,

			cierran La Ciudad Invisible,

			abren la cola del paro,

			y un cantautor jamás suena en la radio

			de mi país.



			Mientras gana el miedo, toque de queda,

			una viuda negra se disfraza de feminismo,

			una amiga es violada de vuelta a casa,

			nunca volvió a encontrarla,

			y un hombre se cobra un treinta por ciento más de besos

			por los que no tuvo en su infancia.

			Una infancia no es infancia.



			El arcoíris es blanco y negro.

			La Sirenita es acusada de transexualidad,

			a mis hermanos les educan los besos

			desde el Gobierno,

			los libros jamás llegaron a la selva,

			y un niño es deshuesado por un buitre en Nigeria.



			Mientras gana el miedo, El Principito no existe,

			la falda de Marilyn jamás es levantada,

			un tres en raya es empatado en la ventana del autobús,

			Sabina suspende un concierto,

			Elvira tacha un verso

			y Benjamín jamás escribe

			«Su viva imagen».

			Follar es pecado,

			al amor de tu vida no le pasa nada lo suficientemente raro

como para compartir copas,

			corazones,

			picas,

			la cama.



			Mientras gana el miedo, se prohíbe la pintura,

			Paula Bonet es ahorcada en la plaza de todos los pueblos,

			destiñen los colores cálidos,

			Clementine se llama Adèle,

			Adèle no vuelve a saber nada más de Emma,

			y un payaso llora lágrimas negras

			en plena Gran Vía.



			Una mirada es devuelta por nadie,

			nadie habla el mismo idioma,

			subtítulos para quienes no entienden una despedida,

			se prohíben las películas de miedo,

			rejas en las ventanas,

			una canción es versionada,

			y las versiones

			son versiones.



			Mientras gana el miedo, un coche estalla en doble fila,

			las sábanas queman,

			la policía se incauta de todas las flores,

			y un perro

			lame la tumba

			de la mujer que lo ha criado.



			Y mientras tanto,

			ni tú ni yo,

			mientras gana el miedo

			nosotros

			nos

			perdimos.





04:27





			Cada vez que vuelvo a casa

			me miro en el reflejo de cada espejo.

			Qué importa cuánto esté llorando

			si de paso puedo guiñarle un ojo

			a todo lo que te has perdido.

			Sabes de sobra que he vuelto a ponerme guapo

			por si un cruce de caminos.



			Cada vez que cojo un tren

			pienso cómo hubiera sido perderlo.

			Sé de sobra que tú te montas en la línea cinco

			esa que alguien, un buen día, pintó de esperanza

			así que esperaré

			pero no me cuentes la palabra pérdida

			si a ti nunca te han despojado de tu propia boca.



			Cada vez que me levanto con el pelo despeinado

			podrías haberte ahorcado con él anoche

			para evitar todo este tinglado de precintados y autopsia

			sobre una cama sin matrimonio.



			Pero no.



			Cada vez que te doy la palabra, escribo yo,

			renuncio a un día de mi vida,

			como si vida fuera esto

			de estar olvidándote hasta que un médico desvele el día de mi

			muerte

			y ya no pueda reventarte la puerta a voces.



			Cada vez que la nostalgia me parte un pecho,

			—vamos a suponer que aún me quedan—,

			te reconstruyo,

			prefiero que te quedes mirando cómo desaparezco,

			a ver si voy a ser yo aquí el único en hacerse añicos.



			Cada vez que un cumpleaños vuelve a encenderme los ojos,

			una vela de calor muerto me mira como si nada,

			como si «ni te atrevas» a dar la bocanada,

			no vaya a ser que te cumplas.



			Cada vez que mi espalda es escupida por el viento,

			vuelvo a terminar en ninguna parte,

			perdido

			es estar volviendo a casa

			pensando en la tuya.



			Pero tampoco.



			Cada vez que ceno con otra persona,

			el postre me lo guardo en el bolsillo,

			imagínate que me interrumpes la boda

			 —entonces sí a lo del día más feliz de mi vida—

			y decido mentirte en un beso.

			Qué dulce ha sido todo esto sin ti.



			¿Lo ves?

			Cada vez me das más arcadas,

			esto me recuerda un poco a todo lo que fuimos,

			suerte que queda el silencio,

			y el silencio es lo más sincero entre tú y yo.

			Tú y yo.

			¿Tú?

			Ah, mira, pues entonces yo no.





			Cada vez que me desvisten,

			cierro los ojos por si descubren tu nombre,

			entre mi piel y mi alma

			estás tú.



			Cada vez que cada vez,

			que todas estas veces

			las cobijo entre las manos,

			donde la tempestad no me viole el eco entre dedo y dedo.

			A mí la esperanza no me la ahoga ni Dios.



			El pasado

			pasará

			por aquí.



			Ya puedes volver a leerte el poema.

			Este, como la puta madrugada,

			no termina nunca.





Nostálgiame





			Mírame.

			Llevo el costado encharcado de esas chispas

			derritiendo tanto invierno enmascarado.

			Tengo hiedra en las canciones que escucho

			por las noches

			y esa línea delgada que separa (interpretándonos)

			querernos

			de querer follarnos.



			No sé.

			Nostálgiame.

			Retrocédenos a parpadeos y míranos

			justo antes de matarnos...

			«¿Capaz o incapaz?»

			Madrid estaba ardiendo pero hubo

			un beso en que no nos importó

			morir quemados.



			Saca la cámara y captura esto:

			La luna también llora

			al saber que nunca

			podrá tocar al lobo.





El hueco entre nosotros





			«El sol se ha declarado

			en huelga de brillar.»

			LORETO LAFORA





			Creo en ti

			y por eso

			no me hace falta verte.



			Entre tú y yo,

			el silencio más grande,

			un silencio de dientes,

			un acantilado sin puente,

			la presión del fondo del mar

			alejando nuestras manos

			de polos semejantes.



			Me sobra el sueño de un país

			que no puede ser conquistado,

			que lleva tu bandera negra,

			que me arrastra los pies a lo más profundo

			del barro,

			que tira de mi cuello

			para arrancarme la cabeza.



			Me falta que alguien llame al timbre

			y naufrague

			a punta de navaja

			nuestros nombres en un árbol,

			un capricho concedido,

			una canción que cante

			lo que este silencio separa.

			Para llegar a ti

			me sobran las ganas

			y me falta la dirección,

			aguantar un baile con el enemigo,

			el espejo donde reconozcas

			cada mañana

			que me he tirado toda la noche

			dejándote besos en la frente.



			Para llegar a mí

			me faltan manos acariciando la brecha rota

			de mi pecho,

			una piel sin miedo a la lava,

			un sueño unísono,

			profundo

			y punzante,

			una boca que escupa «te quiero»

			mirando al cielo.



			De igual manera,

			necesito tus hormigas

			reconstruyendo su hogar

			bajo las raíces de mi risa

			de la misma forma

			que necesitas mis ojos

			para llenar tu cuerpo de agua,

			hacer crecer a un árbol,

			y mengüe el sol de agosto

			y te resguarde del frío con su pelo.



			Te necesito tanto

			que no sé por dónde empezar

			a recomenzarte

			y me asusta pensar

			que pudieras terminarte

			antes

			de darme cuenta.



			Te amo tanto que apoyaría una escalera en la luna

			y te bajaría del cielo

			sin más ejércitos que el arnés de mis abrazos,

			con la fuerza del Dios

			que renuncia a su divinidad

			para morir a tu lado.



			Creo en ti

			aunque no pueda verte,

			aunque no me vea,

			aunque no nos veas,

			aunque ya no veas

			lo que siempre serás para mí.





Un baile entre dos generaciones





			*A cuatro manos con la abuela*





			Necesito un nuevo mandamiento

			que me perdone a mí misma.

			No quiero viajar por la oscuridad

			y confundir el amor y la pasión

			con la huida.

			No quiero perderme en el pozo de mi mirada

			y hacer lo que no deseaba

			en busca del beneplácito ajeno.

			No quiero asomarme al abismo

			que se siente con el corazón vacío,

			con las raíces alrededor del cuello

			tratando de sobrevivir.

			No quiero ser hereje de palabra inminente

			ni vivir en la soledad de recuerdos que nunca mueren

			y te persiguen.

			No quiero cruzar la línea roja

			ni caer en emboscadas de quien cree manejar

			la verdad absoluta.

			No quiero tropezar enfocando sonrisas

			donde queda dolor.



			Vivo sin miedo a los pecados.

			Quiero volver a comenzar cuando parezca que todo ha

			terminado.

			Quiero conocer al triunfo y al desastre para decirles

			que son impostores:

			«nadie puede hacerme sentir inferior sin mi consentimiento».

			Quiero acordarme de todos empezando por mí.

			Quiero escuchar a todo aquel que tenga algo que hacerme.

			Quiero reír con la boca abierta y llorar con los ojos en carne

			viva.



			Quiero volver a vivir envasando los sentimientos al vacío

			y tenerlos hoy para mirarlos de otro modo.

			Quiero llorar auténtico, certeza de lágrimas,

			quiero reconciliarme conmigo misma.

			Quiero vestirme de época y vivir de los sueños

			que ningún escultor podría contar.

			Podría romper la frontera, recuperar tiempos pasados,

			abrir las compuertas de mi corazón y actuar.

			Podría recurrir a mi memoria,

			puedo decir que fuiste el tren que perdí

			la luz que ensombrece mis noches,

			puedo decir tanto que mejor no digo nada.

			Podría hablar de mi caos y mis maneras,

			las normas me las dicto yo misma,

			no quiero voces ajenas ladrando a espaldas

			de mis circunstancias.

			Podría pero no quiero usar la salida de emergencia.

			Quiero pero no podría darles la razón

			a quienes dijeron que no lo conseguiría.

			Podría sucumbir de nuevo a enredar mis dedos

			en tus cabellos,

			danzar sin movernos,

			volar con las pestañas,

			respirar con las manos en los bolsillos de tus frecuencias,

			dándote el valor de acomodar mi cara en tu cuello.



			No pienso rozar una vida sin dejar marca.

			No quiero ser hombre sin saber lo que es mujer.

			No quiero quedarme con las ganas.

			No puedo imaginar la muerte de quienes me dieron la vida.

			No corten la película, estamos viviendo.

			No guarden silencio, no guarden caricias, no guarden nada,

			suéltenlo todo y soplen.

			No puedo seguir el camino de consejos marcados,

			mi destino es una pared de ladrillos blancos,

			quiero el consejo del enemigo

			que tenga el valor de pintarme la cara

			con sus propios ojos.



			Pero sobre todo:



			Quiero conservar la capacidad de alejarme

			de las cosas que me hacen daño.





Mis más queridos agradecimientos





			A mi Dama de Hierro, abuela inoxidable, a ti no te agradezco un libro, a ti te estoy agradeciendo la vida.

			A Dani, a quien quiero con locura y las razones que uno necesita para amar.

			A Loreto, por darme la mano y enseñarme la música que me salvó de este maldito mundo, te quiero hija de puta.

			A Ethan, por devolverme todo lo que esta vida me quitó.

			A Belén y a Manu, mi roble azúl y mi pájaro de fuego en el camino a casa.



			A Irene Lucas, por ser la hermana que nunca tuve y tengo. Tú me abriste el camino y yo me quedo a tu vera.

			A mi prima Alejandra, por los secretos que nos vuelven especiales, a mi tía Alejandra, por ser todas las mujeres juntas, a mi tío Rodo por la infancia y a Maripepa, todos los presentes los quiero contigo.

			Y a mi madre, a mi madre también.



			A Elvira, por enseñarme la poesía, para hablar de mí me faltas tú. Y a Andrea. A las dos. Por dejarme beber de vuestras manos.

			A Marina (La Chica del Reloj de Pulsera), Ana (La Arquitecta de Sonrisas), Laura, Pepe y Pablo. Por quedaros. Con vuestras manos en mi espalda llego a cualquier parte.

			A May, por ser la voz de la libertad que la literatura (y esta vida) está pidiendo a gritos.

			A Eli e Ignacio Rebolledo, porque yo jamás olvidaré a quienes supieron cuidarme.

			A Tano y a Jota, por ser la guitarra y el pincel de mi revolución.



			A Juanan, por el amor, el cariño y el cuidado. A Luc también, pero solo por el amor y el cariño.

			A Irene, Mari y Javi, por ser lección de amor, os amo.

			A Ana y toda su Ciudad Invisible. Te quiero amiga mía.

			A Javier Ruescas, porque tampoco olvido a quien creyó en mí desde el principio.

			A Jaime, por la luz con la que me miras. Y por enseñarme el amor más puro que he sentido nunca. Que no es poco.Tú sabes. A Carlos, mi duermevela.

			A Hilario, por tener un corazón de su tamaño. Y porque me da la gana.



			A Alicia. Y a Iván. Y a todo el equipo de Destino, por soplar mis sueños.





			Pero sobre todo a ti.

			Siempre a ti.

			Por creer en mi locura.





			Gracias.





			Aquí dentro siempre llueve

			Chris Pueyo



			No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).



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			© del texto: Chris Pueyo, 2017



			© de las ilustraciones de interior: Jorge García Ruiz, 2017



			© Editorial Planeta, S. A, 2017

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			Editado por Editorial Planeta, S. A.



			Primera edición en libro electrónico (epub): mayo de 2017



			ISBN: 978-84-08-17166-9 (epub)



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