মুখ্য El príncipe cruel

El príncipe cruel

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Jude tenía siete años cuando sus padres fueron asesinados y, junto con sus dos hermanas, fue trasladada a la traicionera Corte Suprema del Reino Feérico. Diez años más tarde, lo único que Jude desea, a pesar de ser una mera mortal, es sentir que pertenece a ese lugar. Pero muchos de los habitantes desprecian a los humanos. Especialmente el Príncipe Cardan, el hijo más joven y perverso del Alto Rey.
Para hacerse un hueco en la Corte, Jude deberá enfrentarse a él. Y afrontar las consecuencias. Como resultado, se verá envuelta en las intrigas y engaños del palacio, ademas de descubrir su propia habilidad para el derramamiento de sangre. Al tiempo que la guerra civil amenaza con arrasar las Cortes Feéricas, Jude se verá obligada a poner en riesgo su propia vida con una peligrosa alianza para tratar de salvar a sus hermanas, y al propio reino.
সাল:
2018
প্রকাশক:
ePubLibre
ভাষা:
spanish
ISBN:
0dcc18f4-d900-4c5a-a502-4bf47c788496
ফাইল:
MOBI , 2.78 MB
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Conejita
Se ha vuelto mi saga favorita en la categoría de fantasía, es realmente interesante y entretenida, de algún modo te lleva a sentir un amor-odio por el protagonista que no logras explicar. De los enemies to lovers mejores hechos.
09 June 2021 (20:00) 

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El pr?ncipe cruel

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El príncipe cruel

Año:
2018
Idioma:
spanish
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Jude tenía siete años cuando sus padres fueron asesinados y, junto con sus dos hermanas, fue trasladada a la traicionera Corte Suprema del Reino Feérico. Diez años más tarde, lo único que Jude desea, a pesar de ser una mera mortal, es sentir que pertenece a ese lugar. Pero muchos de los habitantes desprecian a los humanos. Especialmente el Príncipe Cardan, el hijo más joven y perverso del Alto Rey.

Para hacerse un hueco en la Corte, Jude deberá enfrentarse a él. Y afrontar las consecuencias. Como resultado, se verá envuelta en las intrigas y engaños del palacio, ademas de descubrir su propia habilidad para el derramamiento de sangre. Al tiempo que la guerra civil amenaza con arrasar las Cortes Feéricas, Jude se verá obligada a poner en riesgo su propia vida con una peligrosa alianza para tratar de salvar a sus hermanas, y al propio reino.





Holly Black

El príncipe cruel

Los habitantes del aire - 1


ePub r1.0

Titivillus 04.02.2021




Título original: The Cruel Prince

Holly Black, 2018

Traducción: Jaime Valero Martínez

Ilustraciones: Kathleen Jennings



Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1





Para Cassandra Clare, que por fin ha recibido la llamada de Faerieland.





Durante una apacible tarde de domingo, un hombre ataviado con un abrigo largo y oscuro titubeó ante una casa que estaba en una calle arbolada. No había aparcado ningún coche, tampoco había venido en taxi. Ningún vecino lo había visto caminando por la acera. Apareció sin más, como surgido de entre las sombras.

El hombre se acercó a la puerta y alzó el puño para llamar.

En el interior de la casa, Jude estaba sentada en la alfombra del salón mientras se comía unos palitos de pescado, que estaban pastosos tras su paso por el microondas y embadurnados con una capa de kétchup. Su hermana gemela, Taryn, estaba durmiendo la siesta en el sofá, acurrucada bajo una manta, con el pulgar metido en la boca manchada de ponche de frutas. En el otro extremo del sofá, su hermana mayor, Vivienne, estaba contemplando la pantalla del televisor; , manteniendo fijas sus singulares pupilas rasgadas sobre el ratón de dibujos animados que huía de un gato. Se rio cuando parecía que el roedor estaba a punto de ser devorado.

Vivi no era la típica hermana mayor, pero como Jude y Taryn eran dos niñas idénticas de siete años —con el mismo pelo castaño y enmarañado, y el mismo rostro de pómulos prominentes y barbilla puntiaguda—, su caso tampoco era corriente. A juicio de Jude, tener unos ojos como los de Vivi, y esas orejas peludas y ligeramente puntiagudas, no resultaba mucho más extraño que ser el reflejo exacto de otra persona.

A veces notaba que los chicos del vecindario rehuían a Vivi, o que sus padres hablaban de ella en voz baja, con preocupación, pero Jude no le daba mayor importancia. Los adultos siempre estaban preocupados, siempre susurrando.

Taryn bostezó y se estiró, presionando la mejilla sobre la rodilla de Vivi.

Afuera lucía el sol, calentando el asfalto de los caminos de acceso a los garajes. Se oía el runrún del motor de los cortacéspedes, y los niños chapoteaban en las piscinas de los jardines traseros.

Cuando llamaron a la puerta, Jude se levantó para ir a abrir. Supuso que sería una de las chicas del otro lado de la calle, que querría echar una partida a la consola o invitarla a darse un baño después de cenar.

Resultó ser un hombre alto que estaba plantado sobre el felpudo y que la miraba con el ceño fruncido. Llevaba puesta una gabardina de piel a pesar del calor que hacía. Sus zapatos estaban revestidos con plata y tintinearon cuando el desconocido se acercó al umbral. Jude contempló su rostro en penumbra y se estremeció.

—Mamá —exclamó—. Mamáááá. Tenemos visita.

Su madre salió de la cocina, secándose las manos en los vaqueros. Cuando vio a aquel tipo, se puso pálida.

—Vete a tu cuarto —le dijo a Jude con un tono de voz inquietante—. ¡Ya!

—¿De quién es hija? —preguntó el desconocido, señalándola. Tenía un acento extraño—, ¿Tuya? ¿De él?

—No es de nadie. —La madre ni siquiera miró hacia Jude—. No es hija de nadie.

Eso era absurdo. Jude y Taryn eran clavaditas a su padre. Todo el mundo lo decía. Jude avanzó unos pasos hacia las escaleras, pero no quería quedarse sola en su habitación. «Vivi —pensó—. Vivi sabrá quién es ese hombre tan alto. Vivi sabrá qué hacer».

Pero Jude no fue capaz de dar ni un solo paso.

—He visto muchas cosas imposibles —dijo el recién llegado—. He visto germinar la bellota antes que el roble. He visto surgir la chispa antes que la llama. Pero nunca había visto algo así: una mujer muerta que vuelve a la vida. Una niña nacida de la nada.

La madre parecía haberse quedado sin palabras. Estaba tan tensa que le vibraba el cuerpo. Jude quiso agarrarle la mano para reconfortarla, pero no se atrevió.

—Dudé de Balekin cuando me dijo que te encontraría aquí —dijo el desconocido, suavizando su tono—. Los huesos de una mujer terrestre y su bebé nonato que encontré entre los restos chamuscados de mi finca resultaron convincentes. ¿Sabes lo que se siente al regresar de una batalla y descubrir que tu esposa está muerta, junto con tu único heredero? ¿Al descubrir que tu vida ha quedado reducida a cenizas?

La madre negó con la cabeza, pero no como si le estuviera respondiendo, sino como si estuviera intentando ahuyentar esas palabras.

Aquel hombre tan alto avanzó un paso hacia ella, y la madre retrocedió a su vez. Al intruso le pasaba algo en la pierna. Avanzaba con rigidez, como si le doliera. Había más luz en el vestíbulo, así que Jude vio que tenía una piel extraña de color verdoso y unos dientes inferiores que casi no le cabían en la boca.

También vio que tenía unos ojos como los de Viví.

—Nunca habría sido feliz contigo —le dijo la madre—. Tu mundo no está hecho para la gente como yo.

El hombre alto se quedó mirándola fijamente durante un buen rato.

—Pronunciaste tus votos —dijo al fin.

—Y después renuncié a ellos —respondió la madre, con gesto desafiante.

El desconocido miró a Jude y su rostro se endureció.

—¿Qué vale una promesa formulada por una esposa mortal? Supongo que ya tengo la respuesta.

La madre se dio la vuelta. Al ver la cara que tenía, Jude se fue corriendo al salón.

Taryn seguía durmiendo. La televisión seguía encendida. Vivienne entornó sus ojos felinos y alzó la mirada.

—¿Quién ha llamado a la puerta? —preguntó—. He oído una discusión.

—Es un hombre escalofriante —le contó Jude, que estaba jadeando, aunque casi no había corrido. Tenía el corazón a mil—. Tenemos que ir al piso de arriba.

No le importó que su madre solo le hubiera dicho a ella que subiera. No pensaba ir sola. Con un suspiro, Vivi se levantó del sofá y despertó a Taryn. Soñolienta, la gemela de Jude las siguió hacia el pasillo.

Cuando emprendieron la marcha hacia la escalera cubierta por una moqueta, Jude vio entrar a su padre desde el jardín trasero. Llevaba un hacha en la mano, concebido para ser una réplica casi exacta de una que había examinado en un museo de Islandia. No era raro ver a su padre con un hacha. Sus amigos y él eran aficionados a las armas antiguas y pasaban un montón de tiempo hablando de «cultura material» y esbozando ideas para espadas de fantasía. Lo raro era el modo que tenía de empuñar el arma, como si fuera a…

Su padre atacó al hombre alto con el hacha.

Él jamás les había levantado la mano ni a Jude ni a sus hermanas, ni siquiera cuando se metían en un lío gordo. Jamás le haría daño a nadie. Jamás.

Y aun así…

El desconocido esquivó el hacha, que se clavó en el marco de madera de la puerta.

Taryn profirió un ruidito extraño y agudo y se tapó la boca con las manos.

El hombre alto sacó un arma curva de debajo de su abrigo de piel. Era una espada, como las de los cuentos. El padre estaba intentando extraer el hacha de la puerta cuando el desconocido le clavó la espada en el estómago y después empujó hacia arriba. Se oyó un ruido, similar al chasquido de unas ramitas al romperse, y un alarido gutural. El padre se desplomó sobre la moqueta del vestíbulo, la misma con la que su mujer se ponía como loca si alguien la pisaba con los zapatos llenos de barro.

La moqueta comenzó a teñirse de rojo.

La madre chilló. Jude chilló. Taryn y Vivi chillaron. Todo el mundo se puso a chillar a la vez, excepto el hombre alto.

—Ven aquí —dijo, mirando directamente a Vivi.

—Mo… monstruo —gritó la madre, avanzando hacia la cocina—. ¡Está muerto!

—No huyas de mí —le dijo el desconocido—. No después de lo que has hecho. Si vuelves a salir corriendo, te juro que…

Pero ella echó a correr. Estaba a punto de doblar la esquina cuando el hombre alto le acertó en la espalda con su arma. La madre se desplomó sobre el suelo de linóleo, derribando varios imanes de la nevera a su paso.

El ambiente quedó impregnado con el hedor de la sangre fresca: viscoso, caliente y metálico. Como el de esos estropajos que utilizaba la madre para limpiar los restos resecos de la sartén.

Jude corrió hacia el intruso y comenzó a aporrearle el pecho y a lanzarle puntapiés. Ni siquiera estaba asustada. No podría explicar lo que sentía.

El desconocido ignoró a Jude. Durante mucho rato se quedó quieto en el sitio, como si no pudiera creerse lo que acababa de hacer. Como si deseara poder borrar los últimos cinco minutos. Después apoyó una rodilla en el suelo y agarró a Jude por los hombros. Le inmovilizó los brazos a los lados para que no pudiera seguir golpeándole, pero ni siquiera la miró.

Estaba mirando a Vivienne.

—Te arrancaron de mi lado —le dijo—. He venido a llevarte a tu verdadero hogar, en Elfhame, debajo de la colina. Allí dispondrás de riquezas inconmensurables. Allí vivirás con los de tu especie.

—No —repuso Vivi con una vocecilla sombría—. No pienso ir a ninguna parte contigo.

—Soy tu padre —afirmó el intruso, con una voz tan contundente como el restallido de un látigo—. Eres mi heredera, sangre de mi sangre, y me obedecerás en esto igual que en todo lo demás.

Vivi no se movió, pero apretó los dientes.

—Tú no eres su padre —le gritó Jude. Aunque Vivi y él tuvieran los mismos ojos, se negaba a creerlo.

El desconocido aumentó la presión que estaba ejerciendo sobre sus hombros y Jude soltó un quejido agudo, pero aun así le miró con gesto desafiante. Era la reina de las competiciones de sostener la mirada.

El intruso fue el primero en mirar para otro lado cuando se giró para observar a Taryn, que estaba de rodillas zarandeando a su madre mientras sollozaba, como si estuviera intentando despertarla. Pero la mujer no se movió. El padre y ella estaban muertos. Jamás volverían a moverse.

—Te odio —le espetó Vivi al hombre alto con una ferocidad que hizo que Jude se sintiera orgullosa—. Siempre te odiaré. Lo juro.

El gesto pétreo del desconocido permaneció inmutable.

—En cualquier caso, vendrás conmigo. Deja preparadas a estas pequeñas humanas. Empaca el equipaje justo. Partiremos antes de que anochezca.

Vivienne se encaró con el intruso.

—Déjalas en paz. Si has de llevarme contigo, que así sea pero a ellas no.

El desconocido se quedó mirando a Vivi, después soltó un bufido.

—¿Así que quieres proteger a tus hermanas de mí? Y dime ¿adónde preferirías que se fueran?

Vivi no respondió. No tenían abuelos, tampoco les quedaban parientes vivos. Al menos, ninguno que conocieran.

El hombre alto volvió a mirar a Jude, le soltó los hombros y se puso en pie.

—Son la progenie de mi esposa y, por tanto, mi responsabilidad. Puedo ser cruel, un monstruo y un asesino, pero no eludo mis responsabilidades. Y tú tampoco deberías eludir las tuyas como hermana mayor.

Años más tarde, cuando Jude rememoraba la historia de lo ocurrido, no era capaz de evocar la parte en que hicieron el equipaje. Por lo visto, la conmoción del momento suprimió esa hora por completo. Vivi debió de encontrar unas bolsas de viaje, debió de guardar sus libros ilustrados favoritos y sus juguetes más queridos junto con fotografías, pijamas, abrigos y camisetas.

O puede que Jude hiciera el equipaje ella sola. No estaba segura.

Le costaba creer que hubieran sido capaces de hacerlo mientras los cuerpos de sus padres se enfriaban en el piso de abajo. No podía ni imaginarse lo que sintió y, a medida que pasaron los años, fue incapaz de evocar esa sensación. El horror de los asesinatos se había mitigado con el tiempo. Los recuerdos de aquel día se habían vuelto borrosos.

Un caballo negro estaba mordisqueando el césped del jardín cuando salieron a la calle. Tenía unos ojos grandes y mansos. A Jude le entraron ganas de abrazarlo y presionar su rostro surcado de lágrimas sobre su sedosa crin. Pero antes de que pudiera hacerlo, el hombre alto las subió a Taryn y a ella a la silla de montar, tratándolas con tan poca delicadeza como si fueran maletas en lugar de niñas. A Vivi la sentó detrás de él.

—Agarraos bien —dijo.

Jude y sus hermanas lloraron durante todo el trayecto hasta Faerieland.





En Faerie no hay palitos de pescado, ni kétchup, ni televisión.





Estoy sentada en un cojín mientras un trasgo me trenza el pelo. Tiene los dedos largos y las uñas afiladas. Hago una mueca. Nuestras miradas se cruzan en el espejo con patas en forma de garra que hay encima de mi tocador.

—Todavía quedan cuatro noches para el torneo —dice la criatura.

Se llama Tatterfell, trabaja como sirvienta al servicio de Madoc, y así será hasta que salde la deuda que tiene con él. Lleva cuidando de mí desde que era pequeña. Fue Tatterfell la que me impregnó los ojos con un ungüento de hadas que escocía un montón para concederme visión auténtica, con la que sería capaz de ver a través de la mayoría de los hechizos; la que me limpiaba el barro de las botas y la que me colgaba bayas secas alrededor del cuello para ser inmune a los encantamientos. Tatterfell era la que me limpiaba la nariz cuando me moqueaba y la que me recordaba que me pusiera las medias del revés, para así no extraviarme nunca por el bosque.

—Por mucho que te empeñes, no conseguirás que la luna salga o se ponga más deprisa. Esta noche, intenta dejar en buen lugar al general luciendo el mejor aspecto posible.

Suspiro.

Tatterfell nunca se ha mostrado demasiado paciente con mis arrebatos de mal humor.

—Es un honor bailar junto a la corte del rey supremo de bajo de la colina.

A los sirvientes les encanta recordarme lo afortunada que soy: la hija bastarda de una esposa traidora, un ser humano sin una gota de sangre de hada a la que tratan como una hija legítima de Faerie. A Taryn también se lo repiten sin parar.

Ya sé que es un honor haber sido criada junto a los hijos de la aristocracia. Un honor espeluznante del que jamás seré digna.

Resulta difícil olvidarlo, ya que no paran de repetírmelo.

—Sí —me limito a decir, pues sé que solo está intentando ser amable—. Es genial.

Las hadas no pueden mentir, así que tienden a concentrarse en las palabras y a ignorar el tono, sobre todo si no están acostumbradas a vivir entre humanos. Tatterfell asiente con la cabeza para mostrar su aprobación; sus ojos son como de cuentas acuosas de azabache, sin rastro de pupilas ni de iris.

—Es posible que alguien pida tu mano y te conviertas en miembro permanente de la Corte Suprema.

—Quiero ganarme mi sitio —replico.

El trasgo hace una pausa, con la horquilla entre los dedos. Es probable que se esté planteando pincharme con ella.

—No digas tonterías.

No tiene sentido discutir, tampoco recordarle el desastroso matrimonio de mi madre. Los mortales tienen dos formas de convertirse en miembros permanentes de la corte: mediante el matrimonio o perfeccionando alguna habilidad notable, como el arte de la metalurgia o el laúd. Lo primero no me interesa, así que solo me queda confiar en tener talento suficiente con lo segundo:

Tatterfell termina de trenzarme el pelo con un peinado complejo que hace que parezca que tengo cuernos. Me pone un vestido de terciopelo color zafiro. Pero nada de eso consigue disimular lo que soy: humana.

—Le he hecho tres nudos para que te den suerte —dice Tatterfell, siempre tan atenta.

Suspiro mientras el trasgo se va corriendo hacia la puerta, me levanto del tocador y me tumbo bocabajo sobre mi cama cubierta por un tapiz. Estoy acostumbrada a tener sirvientes que me atiendan. Trasgos y gnomos, duendes y grigs. Alas de piel apergaminada y garras verdes, cuernos y colmillos. Llevo diez años viviendo en Faerie, así que esas cosas ya no me resultan tan extrañas. Aquí la extraña soy yo, con mis dedos redondeados, mis orejas sin punta y mi efímera existencia.

Diez años es mucho tiempo para un ser humano.

Después de que Madoc nos arrancara del mundo de los humanos, nos trajo hasta su finca en Insmire, en la Isla del Brío, donde el rey supremo de Elfhame tiene su fortaleza. Madoc nos crio —a Vivienne, a Taryn y a mí— debido a una cuestión de honor. Pese a que tanto Taryn como yo somos la prueba de la traición de mamá, también somos las hijas de su esposa, así que según las costumbres de Faerie somos su responsabilidad.

Al ser el general del rey supremo, Madoc se ausentaba a menudo para combatir por la corona. Pese a ello, siempre estábamos bien atendidas. Dormíamos en colchones rellenos con suaves cabezas de dientes de león. Madoc en persona nos instruyó en el arte de luchar con el sable y el puñal, con el bracamarte y con los puños. Jugaba con nosotras al juego del molino, al fidchell y al zorro y los gansos delante de la chimenea. Nos permitía sentamos en sus rodillas y comer de su plato.

Muchas noches me quedaba dormida con el murmullo de su voz mientras nos leía un libro de estrategia militar. Y muy mi pesar, a pesar de quién era y de lo que había hecho, acabé cogiéndole cariño. Acabé queriéndole.

Lo que ocurre es que es un cariño que me hace sentir incómoda.

—Bonitas trenzas —dice Taryn, que entra corriendo en mi habitación.

Lleva puesto un vestido de terciopelo de color escarlata y lleva el pelo suelto: unos largos rizos castaños que revolotean a su paso como un chal, con unos cuantos mechones trenzados con un centelleante hilo de plata. Salta sobre la cama que se encuentra a mi lado, desordenando mi pequeña pila de animales de peluche raídos: un koala, una serpiente, un gato negro. Eran mis pertenencias más preciadas cuando tenía siete años. Soy incapaz de deshacerme de mis reliquias.

Me incorporo para mirarla desde el espejo con timidez.

—A mí me gustan.

—Estoy teniendo una premonición —dice Taryn, un comentario que no me esperaba—. Esta noche nos vamos a divertir.

—¿Divertir?

Me había imaginado contemplando la multitud con el ceño fruncido desde nuestro escondrijo habitual, preguntándome conseguiría lucirme lo suficiente en el torneo como para impresionar a algún miembro de la familia real y obtener así el título de caballero, una palabra extraña al ser yo una mujer. Solo de pensar en ello me pongo nerviosa. Deslizo el pulgar sobre la yema que me falta en el dedo anular. Es un tic nervioso que tengo.

—Sí —responde Taryn, dándome un codazo.

—¡Eh! ¡Oye! —Me pongo fuera de su alcance—. ¿Qué implica exactamente ese plan?

En general, cuando vamos a la corte nos escondemos. Hemos presenciado algunas escenas muy interesantes, pero siempre desde lejos.

Taryn levantó los brazos y exclamó:

—¿Qué quieres decir con eso? ¡No implica nada más que divertirse!

—Tú tampoco tienes ni idea, ¿verdad? —replico, con una risita nerviosa—. Está bien, vamos a ver si tienes un don para la clarividencia.

A medida que nos hacemos mayores, las cosas van cambiando. Nosotras también. Y por mucho que anhele ese cambio, también me da miedo.

Taryn se levanta de mi cama y extiende el brazo, como si me estuviera invitando a bailar. Me dejo llevar fuera de la habitación mientras compruebo por acto reflejo que mi cuchillo siga prendido de mi cintura.

El interior de la casa de Madoc está compuesto de yeso encalado y unas inmensas vigas vistas. Las vidrieras de las ventanas son de color gris y parecen hechas de humo condensado, lo cual provoca un efecto extraño en la luz que entra desde el exterior. Mientras bajo con Taryn por la escalera de caracol, diviso a Vivi escondida en un pequeño balcón, leyendo con el ceño fruncido un tebeo que se ha traído del mundo de los humanos.

Vivi me sonríe. Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta holgada, es obvio que no tiene intención de ir al baile. Como es la hija legítima de Madoc, no siente ninguna presión por agradarle. Hace lo que le da la gana. Incluido leer revistas cuyas páginas bien podrían estar unidas por grapas de hierro en lugar de pegamento, sin importarle acabar con los dedos chamuscados.

—¿Vais a alguna parte? —pregunta en voz baja entre la penumbra, sobresaltando a Taryn.

Vivi sabe perfectamente adónde vamos.

Cuando llegamos aquí, las tres nos acurrucábamos en la enorme cama de Vivi y compartíamos recuerdos sobre nuestro hogar. Hablábamos de las comidas que quemaba mamá y de las palomitas que preparaba papá. Hablábamos de los nombres de los vecinos, del olor que había en casa, de la escuela, de las vacaciones, del sabor del glaseado de las tartas de cumpleaños. Hablábamos de los programas que veíamos en la tele, reinventando los argumentos y modificando los diálogos hasta trastocar por completo nuestros recuerdos.

Ya ni nos acurrucamos en su cama ni reinventamos nada Todos nuestros nuevos recuerdos son de aquí, y Vivi apenas muestra interés por ellos.

Juró odiar a Madoc y se ha mantenido fiel a su palabra. Cuando Vivi no se dedicaba a recordar cosas sobre nuestro hogar, se convertía en un terremoto. Rompía cosas. Chillaba, se enfurecía y nos cosía a pellizcos si nos veía contentas. Con el tiempo dejó de hacerlo, pero creo que hay una parte de ella que nos odia por habernos adaptado. Por haber sacado el mejor partido posible de la situación. Por haber convertido este sitio en nuestro hogar.

—Deberías venir —le digo—. Taryn está de un humor extraño.

Vivi le dirige una mirada pensativa y después niega con la cabeza.

—Tengo otros planes.

Eso puede significar tanto que piensa escabullirse al mundo de los mortales para pasar la tarde como que piensa quedarse leyendo en el balcón.

Sea lo que sea, mientras irrite a Madoc, a ella le basta.

Madoc nos está esperando en el salón con su segunda esposa, Oriana. Tiene la piel azulada como la leche desnatada y el cabello tan blanco como la nieve recién caída. Es hermosa, pero tiene un aspecto inquietante, como si fuera un fantasma. Esta noche viste de verde y dorado: un vestido musgoso y un collar reluciente con un complejo diseño que resalta el tono rosado de sus labios, sus ojos y sus orejas. Madoc también va vestido de verde, con el color propio de un bosque frondoso. La espada que lleva a la cintura no es de juguete precisamente.

Fuera, al otro lado de las dobles puertas, espera un gnomo que sujeta las riendas plateadas de cinco corceles moteados, cuyas crines están trenzadas con unos nudos que seguramente tengan propiedades mágicas. Pienso en los nudos que llevo en el pelo y me pregunto hasta qué punto serán similares.

—Las dos tenéis buen aspecto —nos dice Madoc con una calidez en su tono que hace que sus palabras suenen como un cumplido, algo poco frecuente. Después dirige la mirada hacia las escaleras—. ¿Le queda mucho a vuestra hermana?

—No sé dónde está Vivi —miento. Aquí mentir es muy fácil. Puedo pasarme el día haciéndolo sin que me pillen—. Se le habrá olvidado.

Madoc parece decepcionado, pero no sorprendido. Se dirige el exterior para decirle algo al gnomo que sostiene las riendas. Se le acerca uno de sus espías, una criatura arrugada con una nariz que parece un nabo y una chepa que le asoma por encima de la cabeza. Le deja una nota en la mano y se marcha con una agilidad sorprendente.

Oriana nos observa detenidamente, como si estuviera buscando alguna imperfección.

—Tened cuidado esta noche —nos advierte—. Prometedme que no comeréis, ni beberéis, ni bailaréis.

—Ya hemos estado otras veces en la corte —le recuerdo Es la típica respuesta ambigua propia de las hadas.

—Quizá penséis que la sal es protección suficiente, pero los niños sois olvidadizos. Será mejor que no la llevéis. En cuanto al baile, una vez que empezáis, los mortales sois capaces de bailar hasta morir si os lo pide uno de los nuestros.

Agacho la mirada y no digo nada.

Los niños no somos olvidadizos.

Madoc se casó con ella hace siete años y Oriana le dio un niño poco después, un muchacho debilucho llamado Oak que tiene unos cuernos diminutos y adorables en la cabeza. Oriana siempre ha dejado bien claro que si nos tolera a mi hermana y a mí es por Madoc. Creo que nos ve como si fuéramos las mascotas preferidas de su esposo: mal adiestradas y capaces de volvernos en contra de nuestro amo a la mínima.

Oak nos considera sus hermanas, y está claro que eso pone nerviosa Oriana, pese a que yo jamás haría nada que pudiera hacerle daño.

—Estáis bajo la protección de Madoc, y él cuenta con el favor del rey supremo —prosigue Oriana—. No pienso permitir que Madoc quede en ridículo por vuestras meteduras de pata.

Una vez concluido ese pequeño discurso, Oriana se dirige hacia los caballos. Uno de ellos resopla y golpea el suelo con una pezuña.

Taryn y yo cruzamos una mirada antes de salir tras ella. Madoc ya está montado en el más grande de esos corceles mágicos, una criatura imponente con una cicatriz debajo de un ojo. El animal hincha las fosas nasales con impaciencia, menea la crin con nerviosismo.

Yo subo a lomos de un caballo de color verde pálido con dientes afilados que despide un hedor fangoso. Taryn se decanta por un jamelgo corriente y le hinca las espuelas en los flancos. Sale disparada como una centella, y yo la sigo, adentrándome en la noche.





Las hadas son criaturas crepusculares, y yo también me he convertido en una. Nos levantamos cuando las sombras se alargan y nos vamos a la cama antes de que salga el sol. Ya es más de medianoche cuando llegamos a la gran colina donde se encuentra el palacio de Elfhame. Para entrar tenemos que pasar entre dos árboles, un roble y un espino, y luego atravesar lo que parece ser el muro de un pintoresco edificio de piedra. Lo he hecho cientos de veces, pero aún me sigo poniendo nerviosa. Mi cuerpo entero se pone tenso, me aferró a las riendas y cierro los ojos con fuerza.

Cuando los vuelvo a abrir, ya estoy dentro de la colina.

Cabalgamos a través de una caverna, entre columnas formadas por raíces que emergen del suelo de tierra compacta.

Hay docenas de feéricos por aquí, congregados alrededor de la entrada a la inmensa sala del trono, el lugar donde se reúne la corte: ninfas de nariz larga y alas raídas; elegantes mujeres de piel verde con unos duendes que sujetan las largas colas de sus vestidos; boggans traviesos y semizorros risueños; un muchacho con una máscara de búho y un tocado dorado; una mujer entrada en años con los hombros repletos de cuervos; un grupo de niñas con rosas silvestres en el pelo; un chico con corteza en vez de piel y plumas alrededor del cuello; un grupo de caballeros ataviados con armaduras de color verde escarabajo. A muchos los he visto antes, con unos cuantos he hablado. Son demasiados como para asimilarlos a todos de un simple vistazo, pero no puedo apartar la mirada.

Jamás me cansaré del espectáculo, del boato. Puede que a Oriana no le falte razón al temer que algún día nos sintamos tan fascinadas por ello que nos dejemos llevar y se nos olvide tomar precauciones. No me extraña que los humanos sucumban a la siniestra belleza de la corte, que se ahoguen voluntariamente en ella.

Sé que no debería gustarme tanto, teniendo en cuenta que fui arrancada del mundo de los mortales tras el asesinato de mis padres. Pero no puedo evitarlo.

Madoc se apea de su caballo. Oriana y Taryn ya han desmontado y les están dejando sus monturas a los mozos de cuadra. Me están esperando. Madoc extiende la mano como si fuera a ayudarme, pero yo salto de la montura sin ayuda. Mis zapatillas de piel impactan contra el suelo.

Espero que ese gesto le haya parecido propio de un caballero.

Oriana avanza un paso, probablemente para recordarnos a Taryn y a mí todo aquello que no quiere que hagamos. No le doy ocasión de hacerlo. En vez de eso, agarro a Taryn del brazo y me apresuro hacia el interior. La sala está aromatizada con romero quemado y hierbas trituradas. Escucho las fuertes pisadas de Madoc a nuestra espalda, aunque sé de sobra hacia dónde me dirijo. Lo primero que tenemos que hacer al llegar a la corte es saludar al rey.

El rey supremo Eldred está sentado en su trono con su túnica gris oficial y una pesada corona compuesta por hojas de roble doradas sobre su cabello fino y áureo. Cuando nos postramos ante él, nos roza la cabeza ligeramente con sus manos nudosas y cubiertas de anillos, después nos levantamos.

Su abuela era la reina Mab, de la Casa Greenbriar. Fue un hada solitaria hasta que comenzó a conquistar Faerie con su cornudo cónyuge y sus venados de combate. Debido a él, se dice que los seis herederos de Eldred tienen alguna característica animal, algo que es habitual en Faerie, aunque no entre el grupito de la aristocracia de las cortes.

El mayor de los príncipes, Balekin, y su hermano pequeño, Dain, están cerca, bebiendo vino en unas tazas de madera con franjas plateadas. Dain lleva puestos unos pantalones bombachos que le llegan hasta las rodillas, dejando al descubierto unas patas y unas pezuñas propias de un ciervo. Balekin lleva puesto su abrigo favorito, con el cuello ribeteado con piel de oso. Tiene pinchos en los nudillos y a lo largo del brazo, formando una hilera que se extiende por debajo de los puños de su camisa y queda al descubierto cuando Dain y él levantan el brazo y le hacen señas a Madoc para que se acerque.

Oriana les hace una reverencia. Aunque Dain y Balekin están juntos, a menudo están enfadados entre sí y con su hermana Elowyn. Tan a menudo, de hecho, que se considera que la corte está dividida en tres círculos de influencia enfrentados.

El príncipe Balekin, el primogénito, y su séquito son conocidos como el Círculo de los Estorninos, compuesto por amantes de la diversión que aborrecen todo aquello que les impida disfrutarla. Beben hasta perder el sentido y se adormecen con unos polvos tan placenteros como venenosos. El suyo es el círculo más desenfrenado, aunque Balekin siempre ha mantenido la sobriedad y la compostura cuando he hablado con él. Supongo que podría dejarme llevar por ese comportamiento tan disoluto y confiar en impresionarlos. Aunque preferiría no hacerlo.

La princesa Elowyn, la segunda en la línea sucesoria, y sus acompañantes forman el Círculo de las Alondras. Aprecian el arte por encima de todo. Son muchos los mortales que han conseguido el favor de su círculo, pero como yo no poseo el menor talento para el laúd o la poesía, no tengo ninguna oportunidad de unirme a ellos.

El príncipe Dain, el tercer vástago, lidera lo que se conoce como el Círculo de los Halcones. Caballeros, guerreros y estrategas están bajo su protección. Madoc pertenece a este círculo, obviamente. Hablan de honor, pero lo que de verdad les importa es el poder. Soy bastante buena con la espada y poseo amplios conocimientos de estrategia. Lo único que necesito es una oportunidad para demostrar mi valía.

—Id a divertiros —nos dice Madoc. Tras un último vistazo a los príncipes, Taryn y yo nos dirigimos hacia la muchedumbre.

El palacio del rey de Elfhame tiene muchos rincones ocultos y pasadizo secretos, ideales para encuentros amorosos, asesinatos o para quitarse de en medio y aburrirse de lo lindo en las fiestas. Cuando Taryn y yo éramos pequeñas, nos escondíamos debajo de las alargadas mesas del banquete. Pero desde que mi hermana estableció que éramos unas damas elegantes, y demasiado mayorcitas como para mancharnos el vestido reptando por el suelo, nos tocó buscar un escondite mejor. Pasado el segundo descansillo de las escaleras de piedra hay una zona donde sobresale una masa enorme de roca centelleante, a modo de repisa. Es allí donde nos sentábamos a escuchar la música y a contemplar toda la diversión de la que supuestamente no debíamos formar parte.

Esta noche, sin embargo, Taryn tiene otra idea. Pasa de largo junto a las escaleras y coge comida de una bandeja de plata: una manzana verde y una cuña de queso azul. Sin molestarse en echar sal, pega un bocado a cada una y luego me ofrece la manzana para que la pruebe. Oriana cree que no sabemos diferenciar entre la fruta convencional y la de las hadas, que está cubierta por una pelusilla dorada. Tiene una pulpa rojiza y consistente, y su empalagoso olor inunda los bosques durante la época de la cosecha.

La manzana tiene un tacto frío y crujiente. Nos la pasamos de mano en mano, compartiéndola hasta que llegamos al corazón, que devoro en dos bocados.

Cerca del lugar donde me encuentro, un hada diminuta con una mata de cabello blanco que recuerda a un diente de león utiliza un pequeño cuchillo para cortar la correa del cinturón de un ogro. Lo hace con mucha habilidad. Enseguida, la espada y el bolso del ogro desaparecen y el hada se confunde entre la multitud. No doy crédito a lo ocurrido, hasta que la chica me mira.

Y me guiña un ojo.

Poco después de eso, el ogro se da cuenta de que le han robado.

—¡Aquí huele a ladrón! —grita; hace aspavientos y derriba una jarra de cerveza tostada mientras olisquea el ambiente con su nariz cubierta de verrugas.

Cerca de allí se produce un revuelo cuando una de las velas despide unas llamaradas azules y chisporroteantes, que crepitan con fuerza y distraen incluso al ogro. Para cuando todo vuelve a la normalidad, la ladrona de pelo blanco ya ha desaparecido.

Esbozando una media sonrisa me doy la vuelta hacia Taryn, que está contemplando a los bailarines con añoranza, ajena a todo lo demás.

—Podríamos turnamos —propone—. Si no puedes parar, te sacaré de ahí. Y luego tú harás lo mismo por mí.

Solo de pensarlo se me acelera el corazón. Me quedo contemplando esa horda de juerguistas mientras intento reunir la osadía propia de alguien capaz de robar a un ogro delante de sus narices.

La princesa Elowyn da vueltas en el centro de su Círculo de Alondras. Tiene la piel dorada y centelleante, y el cabello de color verde oscuro como la hiedra. A su lado, un niño humano toca el violín. Otros dos mortales lo acompañan —con menos destreza, pero más entusiasmo— con el ukelele. Caelia, la hermana pequeña de Elowyn, está danzando en las proximidades, con el cabello sedoso y pajizo como el de su padre cubierto por una corona de flores.

Comienza una nueva balada, cuya letra llega flotando hasta mis oídos:

—De todos los hijos que tuvo el rey Guillermo, el príncipe Jamie era el peor —cantaban—. Y lo más grave de todo era que el príncipe Jamie era el mayor.

Nunca me ha gustado demasiado esa canción porque me recuerda a cierta persona. Alguien que, al igual que la princesa Rhyia, no parece estar presente esta noche. Aunque… Ay, no. Ya le veo.

El príncipe Cardan, el sexto hijo del rey supremo Eldred y el peor de todos con diferencia, avanza con paso ligero hacia nosotras.

Valerian, Nicasia y Locke —sus tres mezquinos, elegantes y más fieles amigos— le siguen. La multitud se echa a un lado y guarda silencio, inclinando la cabeza a su paso. Cardan luce su característico ceño fruncido, aderezado con lápiz de ojos y una diadema dorada sobre su cabello oscuro. Lleva puesto un abrigo largo y negro de cuello alto, al que han cosido un estampado que representa las constelaciones. Valerian lleva unos centelleantes cabujones de rubí de color rojo oscuro en los puños de la camisa; cada uno de ellos parece una gota de sangre coagulada. Nicasia tiene el pelo de color turquesa como el océano, coronado por una tiara de perlas. Lleva las trenzas cubiertas por una redecilla brillante. Locke va a la retaguardia, con cara de aburrimiento, su cabello es del mismo color que el pelaje de un zorro.

—Son ridículos —le digo a Taryn, que mira hacia el mismo sitio que yo.

No puedo negar que también son hermosos. Nobles y damas del mundo de las hadas, como en las canciones épicas. Si no compartiéramos nuestras lecciones con ellos, si no supiera de primera mano lo mal que tratan a aquellas personas que no les caen bien, seguramente me fascinarían tanto como a los demás.

—Vivi dice que Cardan tiene cola —susurra Taryn—. Se la vio cuando estuvo nadando en el lago con la princesa Rhyia y con él durante la pasada luna llena.

No consigo imaginarme a Cardan nadando en un lago, saltando al agua, salpicando a la gente, riéndose de algo que no sea el sufrimiento ajeno.

—¿Una cola? —repito, mientras se dibuja una sonrisa incrédula en mi rostro que desaparece en cuanto me doy cuenta de que Vivi no se molestó en contarme la historia, pese a que debió de ocurrir hace ya días. Tres son multitud cuando se trata de un grupo de hermanas. Siempre hay una que se queda fuera.

—¡Con un mechón de pelo en la punta! La lleva enroscada por debajo de la ropa y la despliega como si fuera un látigo. —Taryn suelta una risita y me cuesta asimilar lo que dice a continuación—: Vivi dice que le encantaría tener una.

—Me alegra que no sea así —digo, tajante, aunque no sé por qué. No tengo nada en contra de las colas.

Entonces Cardan y sus acompañantes se acercan demasiado como para que podamos hablar de ellos con seguridad. Bajo la mirada. Aunque aborrezca hacerlo, hinco una rodilla en el suelo, agacho la cabeza y aprieto los dientes. A mi lado, Taryn hace algo similar. La gente está haciendo reverencias por todas partes.

«No nos miréis —pienso—. No miréis».

Al pasar, Valerian agarra uno de mis cuernos trenzados. Los demás avanzan entre la multitud mientras Valerian me mira con gesto burlón.

—¿Pensabais que no os había visto? Tu hermana y tú llamáis la atención en medio de cualquier multitud —dice, agachándose a mi lado. Le huele un montón el aliento a hidromiel. Aprieto los puños a ambos lados del cuerpo mientras recuerdo que tengo el puñal al alcance de la mano. Aun así, evito mirarle a los ojos—. Nadie más tiene un pelo tan desvaído ni un rostro tan insulso.

—Valerian —le llama el príncipe Cardan. Tiene cara de pocos amigos y, cuando me ve, achica los ojos todavía más.

Valerian le da un tirón a mi trenza. Tuerzo el gesto mientras se acumula una furia inútil en mi barriga. Valerian se echa a reír y pasa de largo.

La ira deja paso a la vergüenza. Ojalá le hubiera apartado la mano de un cachete, aunque eso solo habría servido para empeorar las cosas. Taryn percibe algo en mi cara y me pregunta:

—¿Qué te ha dicho?

Me limito a negar con la cabeza.

Cardan se ha detenido al lado de un muchacho que tiene una larga cabellera cobriza y unas alas pequeñas parecidas a las de una polilla. Es el único que no les ha hecho una reverencia. El chico se ríe y Cardan se abalanza sobre él. En un visto y no visto, el príncipe le asesta un puñetazo en la mandíbula y lo derriba. Mientras el chico cae, Cardan le agarra de un ala, que se rasga como si fuera un folio. El muchacho lanza un grito ahogado y agudo. Se encoge en el suelo, con el rostro contraído por el dolor. Me pregunto si a los seres feéricos les volverán a crecer las alas. Lo que sí se es que las mariposas que pierden un ala ya nunca vuelven a volar.

Los cortesanos contemplan la escena boquiabiertos y entre risitas nerviosas, pero solo durante un rato. Después regresan a sus bailes y a sus cánticos, y la fiesta continúa.

Así son ellos. Quienes se interponen en el camino de Cardan, reciben un castigo inmediato y brutal. Se les impide asistir a clase en el palacio, a veces incluso se les expulsa de la corte. Terminan heridos, lesionados.

Mientras Cardan pasa de largo junto al muchacho, pues por lo visto ya ha terminado con él, me alegro de que Cardan tenga cinco hermanos más agradables que él; está prácticamente garantizado que nunca llegará al trono. No quiero ni imaginármelo con más poder del que ya ostenta.

Incluso Nicasia y Valerian cruzan una mirada inquieta. Después Valerian se encoge de hombros y sigue a Cardan. Pero Locke se detiene junto al muchacho y se agacha para ayudarle a levantarse.

Los amigos del chico se acercan para sacarle de allí, y en ese momento, de manera inesperada, Locke alza la mirada. Sus ojos zorrunos se cruzan con los míos y se abren para dar forma a un gesto de sorpresa. Me quedo paralizada, se me acelera el corazón. Me preparo para recibir una nueva oleada de burlas, pero entonces, Locke esboza una leve sonrisa. Me guiña un ojo, como si fuera un gesto cómplice por haberle sorprendido en esa situación. Como si estuviéramos compartiendo un secreto. Como si considerase que no soy un ser despreciable y que mi mortalidad no es contagiosa.

—Deja de mirarle fijamente —me ordena Taryn.

—¿Has visto e…? —comienzo a explicarle, pero mi hermana me interrumpe, me agarra de la mano y tira de mí hacia las escaleras, hacia nuestro escondite sobre la repisa de piedra. Me está hincando las uñas en la piel.

—¡No les des más motivos para meterse contigo!

Su reacción me parece tan desmedida que pego un tirón para que me suelte la mano. Me ha dejado unas marcas coloradas con forma de media luna en el punto donde me tenía agarrada.

Vuelvo a mirar hacia el lugar donde estaba Locke, pero ya se ha perdido entre la multitud.





Al amanecer, abro las ventanas de mi habitación y dejó pasar los últimos soplos de la fresca brisa nocturna mientras me despojo de mi vestido de cortesana. Me siento sofocada. Tengo la piel tensa y mi corazón no para de latir a toda velocidad.

He estado muchas veces en la corte. He presenciado episodios más desagradables que el desgarro de un ala o unos cuantos insultos dirigidos contra mi persona. Las hadas compensan su incapacidad para mentir con todo un abanico de engaños y crueldades. Palabras con doble sentido, omisiones, acertijos, chismorreos… Por no mencionar las venganzas que se cobran entre sí por desaires antiquísimos de los que ya casi nadie se acuerda. Las tormentas no son tan volubles como ellos, ni los mares tan caprichosos.

Por ejemplo, como gorro rojo que es, Madoc necesita derramar sangre del mismo modo que una sirena necesita el roce salado del mar. Después de cada batalla, realiza el ritual de mojar su gorro en la sangre de sus enemigos. He visto ese gorro, lo tiene guardado en una vitrina de la armería. Está confeccionado con un tejido rígido con unas manchas tan parduzcas que parecen casi negras, a excepción de unos cuantos manchurrones verdes.

A veces me acerco a observarlo, tratando de ver a mis padres en esos trazos de sangre seca. Quiero sentir algo, algo aparte de unas leves náuseas. Quiero sentir más, pero cada vez que miro ese gorro, siento menos.

Me estoy planteando ir ahora a la armería, pero al final no lo hago. Me planto delante de mi ventana e imagino que soy un caballero de esos que no conocen miedo, imagino que soy una bruja que ocultó su corazón en un dedo y luego se lo cortó.

—Qué cansada estoy —digo en voz alta—. Qué cansada.

Llevo aquí sentada un buen rato, contemplando como el sol baña el cielo con su luz dorada y escuchando cómo rompen las olas a medida que baja la marea, cuando una criatura llega volando y se posa en el alféizar de mi ventana. Al principio me parece una lechuza, pero me doy cuenta de que tiene ojos de duende.

—¿Cansada de qué, golosinita? —me pregunta.

Suspiro y, por una vez, respondo con sinceridad:

—De sentirme indefensa.

El duende examina mi rostro, después se marcha volando.





Me paso el día durmiendo y me despierto desorientada. Salgo a duras penas de entre las largas cortinas bordadas que rodean mi cama. Tengo restos de saliva reseca en la mejilla.

Veo que me han dejado un baño preparado, pero el agua se ha quedado templada. Los sirvientes habrán entrado y vuelto a salir. Me meto a pesar de todo y me echo agua en la cara. Al vivir en Faerie, es imposible no darse cuenta de que todo el mundo huele a lila o a pinocha machacada, a sangre seca o asclepias. Yo huelo a sudor y a aliento agrio a no ser que me asee como es debido.

Cuando llega Tatterfell para encender las lámparas, me encuentra vistiéndome para asistir a una clase que empieza a mediodía y dura hasta bien entrada la tarde. Llevo puestas unas botas de piel grises y una túnica con el escudo de armas de Madoc: un puñal, una luna creciente ladeada para que parezca un cáliz y una gota de sangre, bordada con hilo de seda, que cae desde una esquina.

En el piso de abajo me encuentro a Taryn sentada a la mesa del comedor, sola, con una taza de té de ortiga entre las manos que piensa acompañar con unas pastas. Hoy no dice nada acerca de que nos vayamos a divertir.

Madoc siempre ha insistido —quizá por vergüenza o movido por un sentimiento de culpa— en que debemos ser tratadas como nativas de Faerie. En que tomemos las mismas lecciones y gocemos de los mismos privilegios que ellos. No era la primera vez que traían a la Corte Suprema niños cambiados al nacer, pero a ninguno de ellos los habían criado como si fueran miembros de la realeza.

Madoc no sabe hasta qué punto eso provoca que nos odien.

No es que no me sienta agradecida. Me gustan las lecciones. Responder correctamente a las preguntas de los profesores es un placer que nadie puede arrebatarme, incluso aunque los propios instructores intenten hacerlo de vez en cuando. Me gano un ademán desganado con la cabeza en lugar de un halago efusivo. Pero lo recibo con gusto, porque significa que puedo formar parte de todo esto les guste o no.

Vivi asistía a clase con nosotros, hasta que se aburrió y dejó de ir. Madoc se enfureció, pero como cuando aprueba algo solo consigue hacer que ella lo aborrezca, sus reproches solo sirvieron para aumentar la determinación de nuestra hermana por no volver nunca. Vivi intentó convencernos para que nos quedáramos en casa con ella, pero si Taryn y yo no podemos lidiar con las maquinaciones de los jovencitos de Faerie sin abandonar nuestras lecciones o acudir corriendo a Madoc, ¿cómo podemos aspirar a manejarnos en la corte, donde esas mismas maquinaciones se desarrollan a una escala mayor y más letal?

Taryn y yo nos ponemos en marcha, balanceando nuestras cestas. No nos hace falta salir de Insmire para llegar al palacio del rey supremo, pero sí rodeamos el borde de otras dos islas diminutas: Insmoor, la isla de Piedtra, e Insweal, la isla del Desaliento. Las tres están conectadas por senderos rocosos medio sumergidos y piedras lo bastante grandes como para poder avanzar saltando de una a otra. Una manada de ciervos está nadando hacia Insmoor en busca de mejores pastos. Taryn y yo pasamos junto al Lago de las Máscaras y atravesamos un extremo del Bosque Lechoso, abriéndonos paso entre sus troncos plateados y sus hojas desvaídas. Desde allí vemos a las sirenas y las náyades que están tomando el sol cerca de unas cuevas abruptas, sus escamas reflejan el fulgor ambarino del sol de media tarde.

Todos los hijos de la aristocracia, con independencia de su edad, reciben clases por parte de instructores de todo el reino en los terrenos de palacio. Algunas tardes nos sentamos en el suelo de las arboledas, cubierto de un musgo esmeralda, y otras tardes las pasamos en altos torreones o encaramados a los árboles. Aprendemos los movimientos de las constelaciones en el cielo, las propiedades mágicas y medicinales de las hierbas, el lenguaje de las aves, las flores y las personas, así como el idioma de los feéricos (aunque a veces se me traba la lengua con él), a componer de acertijos y a caminar sobre las hojas y las zarzas sin dejar rastro ni proferir ruido alguno. Nos instruyen en el arte del arpa y el laúd, el arco y la espada. Taryn y yo los observamos mientras practican sus hechizos. Como descanso, todos jugamos a la guerra en un pasto verde donde los árboles forman un amplio arco.

Madoc me enseñó a ser formidable incluso con una espada de madera. A Taryn tampoco se le da mal, pese a que ya no se molesta en practicar. Durante el torneo estival, dentro de apenas unos días, nuestro simulacro bélico tendrá lugar delante de la familia real. Con el respaldo de Madoc, uno de los príncipes o princesas podría concederme el título de caballero e incluirme en su guardia personal. Sería una forma de adquirir poder, una manera de protegerme.

Y, ya de paso, también podría proteger a Taryn.

Llegamos a la escuela. El príncipe Cardan, Locke, Valerian y Nicasia ya están despatarrados en la hierba junto con otras hadas. Poesy, una chica con astas de ciervo, se está riendo de algo que ha dicho Cardan. Apenas nos prestan atención mientras desplegamos nuestra manta y sacamos nuestros cuadernos, plumas y tinteros.

Siento un alivio inmenso.

La lección de hoy aborda la historia del delicado acuerdo de paz negociado entre Orlagh, la reina del Inframar, y los diversos reyes y reinas hadas de tierra firme. Nicasia es la hija de Orlagh, que fue enviada para que se criara en la corte del rey supremo. Se han dedicado muchas odas a la belleza de la reina Orlagh, aunque, si se parece en algo a su hija, no a su personalidad.

Nicasia se regodea durante la lección, orgullosa de su herencia. Cuando el instructor se pone a hablar de lord Roiben, miembro de la Corte de las Termitas, pierdo el interés. Me pongo a divagar. En vez de prestar atención, pienso en posibles combinaciones: estocada, golpe, bloqueo, parada. Agarro la pluma como si fuera la empuñadura de una espada y me olvido completamente de tomar notas.

A medida que el sol comienza a descender por el cielo, Taryn y yo vaciamos las cestas que trajimos de casa, cargadas con pan, mantequilla y ciruelas. Hambrienta, unto de mantequilla una rebanada de pan.

Al pasar a nuestro lado, Cardan desliza un pie por el suelo para llenarme la comida de arena antes de que pueda darle un bocado. Las demás hadas se ríen.

Levanto la cabeza y veo que me observa con una satisfacción cruel, como un ave de rapiña que intenta determinar si vale la pena molestarse en devorar a un ratoncillo. Viste con una túnica de cuello alto con espinas bordadas y lleva los dedos cargados de anillos. Seguro que ensaya esa sonrisa burlona delante del espejo.

Aprieto los dientes. Me digo que, si hago caso omiso de sus burlas, acabará perdiendo el interés. Se irá. Puedo soportarlo un poco más, unos días más.

—¿Ocurre algo? —pregunta Nicasia con dulzura, tras acercarse a Cardan y apoyarle un brazo en el hombro—. Tierra. De ahí vienes, mortal, y no tardarás mucho en regresar a ella. Pégale un buen bocado.

—Oblígame —le digo, antes de poder contenerme. No es la mejor réplica del mundo, pero empiezan a sudarme las manos. Taryn parece sobresaltada.

—Podría hacerlo —dice Cardan, sonriendo como si nada le apeteciera más.

Se me acelera corazón. Si no llevara un collar de bayas, Cardan podría hechizarme para hacerme creer que la tierra es alguna especie de manjar. Solo la posición de Madoc podría darle motivos para titubear. No me muevo, no toco el collar que llevo oculto bajo el corpiño de mi túnica, el mismo que espero sea capaz de anular cualquier encantamiento. El mismo que espero que Cardan no descubra y me arranque del pescuezo.

Miro de reojo al instructor del día, pero el viejo puka tiene la nariz hundida en un libro.

Como Cardan es un príncipe, es más que probable que nadie le haya amonestado nunca, que nadie le haya parado los pies. Nunca sé hasta dónde sería capaz de llegar, y tampoco sé hasta dónde se lo permitirían los instructores.

—No os lo vais a comer, ¿verdad? —pregunta Valerian con sorna mientras nos echa más tierra en la comida.

Ni siquiera le he visto acercarse. En una ocasión, Valerian me robó una pluma de plata y Madoc la reemplazó con una de su propio escritorio, incrustada de rubíes. Aquello enfureció tanto a Valerian que me atizó en la cabeza con la espada de madera que utilizamos en los entrenamientos.

—¿Qué os parece si prometemos ser buenos durante lo que queda de día si os coméis todo lo que lleváis en la cesta? —Valerian esbozó una sonrisa tan radiante como falsa—. ¿No queréis ser nuestras amigas?

Taryn agacha la cabeza. «No —me gustaría decirle—. No os queremos como amigos».

No respondo, pero tampoco agacho la mirada. Le sostengo la mirada a Cardan. Sé que nada de lo que pueda decirles hará que paren. Estoy en una situación de inferioridad. Pero no soy capaz de tragarme la rabia que me produce mi impotencia.

Nicasia me quita un broche del pelo, provocando que una de mis trenzas se desplome sobre mi cuello. Intento pegarle un manotazo, pero no llego a tiempo.

—¿Qué es esto? —Nicasia sostiene en alto el broche dorado, que tiene en lo alto una filigrana compuesta por un racimo de frutos silvestres—. ¿Lo has robado? ¿Pensabas que así estarías más guapa? ¿Pensabas que así serías como nosotros?

Me muerdo el interior del carrillo. Pues claro que quiero ser como ellos. Son tan hermosos como una espada forjada en un fuego divino. Son inmortales. El cabello de Valerian reluce como el oro pulido. Las extremidades de Nicasia son alargadas y están perfectamente torneadas, sus labios son rosados como un coral y su cabello es del mismo color que los rincones más fríos y profundos del mar. Locke, con sus ojos de zorro y una barbilla tan puntiaguda como sus orejas, se encuentra situado por detrás de Valerian y guarda silencio con una expresión ensayada de prudente indiferencia. Y Cardan es incluso más hermoso que el resto, con una cabellera negra tan iridiscente como las alas de un cuervo y unos pómulos tan afilados que podrían arrancarte el corazón de cuajo. Le odio más que a los demás. Le odio tanto que a veces, cuando le miro, me cuesta respirar.

—Nunca serás como nosotros —dice Nicasia.

Por supuesto que no.

—Venga, vámonos —dice Locke con una risita desenfadada, deslizando una mano sobre la cintura de Nicasia—. Dejemos que se regodeen en su miseria.

—Jude lo siente —se apresura a decir Taryn—. Las dos lo sentimos mucho.

—Que nos muestre cuánto lo siente —dice Cardan, arrastrando las palabras—. Dile que no tiene cabida en el torneo estival.

—¿Te da miedo que gane? —inquiero, lo cual no es muy inteligente por mi parte.

—No es un torneo pensado para mortales —me informa con voz gélida—. Retírate o lo lamentarás.

Abro la boca para replicar, pero Taryn se me adelanta.

—Lo hablaré con ella. No tiene importancia, solo es un juego.

Nicasia le dedica a mi hermana una sonrisa magnánima. Valerian le lanza una mirada lasciva, deteniéndose sobre sus curvas.

—Todo es un juego —dice.

Cardan y yo cruzamos una mirada y comprendo que aún no ha terminado conmigo, ni mucho menos.

—¿Por qué te has encarado así con ellos? —me pregunta Taryn una vez las hadas se han marchado para disfrutar de su merienda, que alguien les ha dejado preparada—. Replicarle de esa manera ha sido una estupidez.

«Oblígame».

«¿Te da miedo que gane?».

—Lo sé —digo—. Cerraré el pico. Es que… me enfurecí.

—Te iría mejor si tuvieras miedo —me advierte. Entonces, mientras niega con la cabeza, recoge nuestra comida echada a perder. Intento ignorar los gruñidos que lanza mi estómago.

Me quieren ver asustada, eso está claro. Durante el simulacro bélico de la tarde, Valerian me pone la zancadilla y Cardan me susurra cosas horribles al oído. Vuelvo a casa cubierta de moratones, producto de las caídas y las patadas.

Pero hay una cosa que no saben: sí, me dan miedo, pero siempre he vivido asustada, desde el día que llegué aquí. Me crio el hombre que asesinó a mis padres, retenida en una tierra llena de monstruos. Vivo con ese miedo, dejo que se asiente sobre mis huesos y lo ignoro. Si no fingiera que no estoy asustada, me escondería debajo de mi colcha de plumas de lechuza en la finca de Madoc para siempre. Me quedaría allí tendida, chillando hasta quedarme sin fuerzas. Me niego a hacer eso. No pienso hacer eso.

Nicasia se equivoca conmigo. No deseo hacerlo tan bien como un hada en el torneo. Quiero ganar. No aspiro a ser como ellos.

En mi corazón, ansío ser mejor que ellos.





De camino a casa, Taryn se para a recoger moras junto al Lago de las Máscaras.

Yo me siento en una roca bajo la luz de la luna y hago un esfuerzo consciente por no mirar al agua. El lago no refleja tu rostro, sino que muestra el de otra persona que se ha asomado o se asomará a él. Cuando era pequeña, me pasaba el día sentada junto a la orilla, contemplando semblantes de hadas en lugar del mío propio, confiando en que, algún día, mi madre me devolviera la mirada.

Con el tiempo, se volvió algo tan doloroso que dejé de hacerlo.

—¿Vas a retirarte del torneo? —me pregunta Taryn mientras se mete un puñado de moras en la boca. Siempre tenemos hambre. Ya somos más altas que Vivi, tenemos las caderas más anchas y los pechos más llenos.

Abro la cesta para sacar una ciruela sucia y limpiarla con mi camisa. Resulta más o menos comestible. La mastico despacio, mientras reflexiono.

—¿Lo dices por lo de Cardan y su corte de imbéciles?

Taryn frunce el ceño con la misma expresión que adoptaría yo si ella se estuviera mostrando tan terca como una mula.

—¿Sabes cómo nos llaman? —me pregunta—. El Círculo de los Gusanos.

Arrojo el hueso de la ciruela al agua y observo como la onda expansiva destruye la posibilidad de cualquier reflejo. Sonrío.

—Estás ensuciando el lago mágico —me dice Taryn.

—Se descompondrá —respondo—. Igual que nosotras. Ellos tienen razón. Somos el Círculo de los Gusanos. Somos mortales. No tenemos toda la eternidad para esperar a que nos permitan salimos con la nuestra. Me da igual si no les gusta que participe en el torneo. En cuanto obtenga el título de caballero, ya no podrán molestarme.

—¿Crees qué Madoc va a permitir eso? —pregunta Taryn, apartándose del arbusto después de haberse hecho sangre en los dedos con las zarzas—. ¿Qué respondas ante alguien que no sea él?

—¿Para qué nos ha estado entrenando, si no? —replico.

Sin añadir nada más, las dos reanudamos juntas el camino a casa.

—Yo no. —Taryn niega con la cabeza—. Yo pienso enamorarme.

Me quedo tan sorprendida que me echo a reír.

—¿Así de fácil? No sabía que las cosas funcionaran así. Pensaba que el amor se presenta cuando menos te lo esperas, como un porrazo en el cráneo.

—Pues yo ya me he decidido —replica Taryn.

Me planteo mencionarle su última y funesta decisión —aquella sobre pasarlo bien en el baile—, pero solo serviría para hacerla enfadar. En vez de eso, intento imaginarme a una persona de la que podría enamorarse. Quizá se tratase de un ser submarino que le concedería el don de respirar bajo el agua, le regalaría una corona de perlas y se la llevaría a su lecho en el fondo del mar.

La verdad es que eso suena genial. Puede que la que esté tomando las peores decisiones sea yo.

—¿Qué tal se te da la natación? —le pregunto.

—¿Por?

—Por nada —respondo.

Taryn, que sospecha que estoy tramando algo, me asesta un codazo.

Avanzamos a través de la Arboleda Torcida, con sus troneos inclinados, ya que el Bosque Lechoso es peligroso por la noche. Tenemos que detenernos para dejar pasar a unos hombres árbol, por miedo a que nos arrollen si no nos quitamos de su camino. Tienen los hombros cubiertos de musgo, que también se extiende por la corteza que compone sus mejillas. El viento silba a través de sus costillas.

Forman una procesión solemne y hermosa.

—Si estás tan segura de que Madoc va a darte permiso, ¿por qué no se lo has preguntado todavía? —susurra Taryn—. Solo faltan tres días para el torneo.

Cualquiera puede luchar en el torneo estival, pero si quiero conseguir el título de caballero, debo anunciar mi candidatura portando una banda verde alrededor del pecho. Y si Madoc no me permite hacerlo, ni toda la destreza del mundo podría ayudarme. No seré candidata y, por tanto, no podré ser elegida.

Me alegro de que los hombres árbol me hayan dado una excusa para no responder porque, por supuesto, Taryn tiene razón. No se lo he preguntado a Madoc porque me da miedo lo que me pueda decir.

Cuando llegamos a casa, tras abrir la inmensa puerta de madera con sus serpenteantes revestimientos en forja, oímos gritar a alguien en el piso de arriba, como si estuviera en peligro. Echo a correr con el corazón en un puño y me encuentro con Vivi en su habitación, que está persiguiendo a una bandada de sílfides. Pasan junto a mí como una centella para salir al pasillo, mientras el libro con el que Vivi las estaba ahuyentando se estrella contra el marco de la puerta.

—¡Mira! —grita Vivi, señalando hacia su armario—. ¡Mira lo que han hecho!

Las puertas del armario están abiertas y veo una maraña de objetos sustraídos del mundo de los humanos: cerillas, periódicos, botellas vacías, libros y fotografías. Las sílfides han utilizado los librillos de cerillas como camas y mesas, han desgarrado todos los papeles y arrancado el centro de los libros para anidar dentro. Se trataba de una plaga de sílfides en toda regla.

Pero lo que más perpleja me deja es la cantidad de cosas que tiene Vivi, y el hecho de que muchas de ellas no parecen tener ningún valor. Solo son basura. Basura mortal.

—¿Qué es todo eso? —pregunta Taryn al entrar en la habitación.

Se agacha y coge una ristra de fotografías que las sílfides apenas han mordisqueado ligeramente. Son fotos consecutivas, del tipo de las que se hacen en los fotomatones. Vivi aparece en las fotos, pasándole el brazo por los hombros a una chica mortal sonriente y con el pelo rosa.

Puede que Taryn no sea la única que ha decidido enamorarse.





Durante la cena, nos sentamos a una enorme mesa tallada por los cuatro costados con imágenes de faunos tocando la flauta y trasgos danzarines. En el medio hay unos gruesos cirios encendidos, al lado de una vasija de piedra tallada repleta de flores de aleluya. Los sirvientes nos traen platos de plata repletos de comida. Comemos habas frescas, carne de venado aderezada con semillas de granada, trucha a la plancha con mantequilla, una ensalada de hierbas amargas y, de postre, pasteles de pasas bañados en sirope de manzana. Madoc y Oriana beben vino canario, nosotras rebajamos el nuestro con agua.

Junto a mi plato y al de Taryn hay un cuenco con sal.

Vivi le hinca el cuchillo a la carne de venado y después lame la sangre que queda en él.

Oak sonríe desde el otro lado de la mesa y empieza a imitar a Vivi, pero Oriana le quita los cubiertos de las manos antes de que pueda hacerse un tajo en la lengua. El pequeño se echa a reír y se pone a comer la carne con los dedos, desgarrándola con sus dientes afilados.

—Debéis saber que el rey no tardará en abdicar en favor de uno de sus hijos —dice Madoc, mirándonos a todas—. Es probable que elija al príncipe Dain.

No importa que Dain sea el tercero en la línea sucesoria El monarca elige a su sucesor, así es como se asegura la estabilidad de Elfhame. La primera reina suprema, Mab, le ordenó a su herrero que forjara una corona. Cuenta la leyenda que el herrero era una criatura llamada Grimsen, capaz de esculpir cualquier forma a partir de un trozo de metal: pájaros que trinaban y collares que culebreaban por los pescuezos, espadas gemelas llamadas Certera y Veraz que jamás erraban un golpe. La corona de la reina Mab fue forjada por medio de métodos mágicos y fabulosos de tal manera que solo se puede transferir de un pariente consanguíneo a otro, formando un linaje ininterrumpido. Junto con la corona se transmiten los juramentos de todos aquellos que la han portado. Aunque los súbditos se reúnen en cada nueva coronación para renovar su lealtad, la autoridad sigue descansando sobre la corona.

—¿Por qué va a abdicar? —pregunta Taryn.

—Parece que sus hijos se han impacientado con esa manía que tiene de seguir vivo —responde Vivi con una sonrisita mordaz.

Una oleada de ira atraviesa el rostro de Madoc. Taryn y yo no nos atrevemos a provocarle por miedo a que su paciencia con nosotras tenga un límite, pero Vivi es una experta en sacarlo de sus casillas. Cuando Madoc le responde, se nota que está haciendo un esfuerzo por morderse la lengua.

—Pocos reyes de Faerie han gobernado tan bien y durante tanto tiempo como Eldred. Ahora partirá en busca de la Tierra Prometida.

Que yo sepa, la Tierra Prometida es el eufemismo que utilizan para referirse a la muerte, aunque no lo admitan. Dicen que es el lugar desde el que llegaron los feéricos y al que con el tiempo acaban regresando.

—¿Quieres decir que va a dejar el trono porque es viejo? —inquiero, preguntándome si estaré siendo grosera.

Hay duendes que nacen con el rostro arrugado, como si fueran gatos diminutos y pelados, y nixes de piel tersa cuya verdadera edad solo se percibe en sus avejentados ojos. No sabía que el paso del tiempo les importara.

Me parece que a Oriana no le ha hecho gracia mi pregunta, pero tampoco me manda callar, así que quizá no sea tan irrespetuosa. O quizá está acostumbrada a esperar solo groserías por mi parte.

—Puede que no muramos de viejos, pero cada vez nos vamos sintiendo más cansados —dice Madoc con un sonoro suspiro—. He guerreado en nombre de Eldred. He arrasado cortes que le negaron su lealtad. Incluso he liderado escaramuzas contra la reina del Inframar. Pero Eldred ha perdido su sed de sangre. Permite que aquellos que juraron fidelidad a su bandera se rebelen en mayor o menor medida, mientras que otras cortes se niegan a someterse ante nosotros. Es hora de marchar hacia la batalla. Es hora de que llegue un nuevo monarca, uno con ambición.

Oriana frunce el ceño, parece un tanto confusa.

—Puestos a elegir, tu familia preferiría tenerte a salvo.

—¿De qué sirve un general si no hay guerra? —Madoc bebe un trago largo y enérgico de vino. Me pregunto con qué frecuencia necesitará humedecer su gorro con sangre fresca—. La coronación del nuevo rey tendrá lugar durante el solsticio de otoño. No temáis. Tengo un plan para asegurar nuestro futuro. Solo tenéis que preocuparos por estar preparadas para una buena dosis de bailes.

Me estoy preguntando en qué consistirá ese plan cuando Taryn me pega un puntapié por debajo de la mesa. Cuando me giro para mirarla con cara de pocos amigos, ella enarca las cejas y me susurra:

—Pregúntaselo.

Madoc se la queda mirando.

—¿Sí?

—Jude quiere preguntarte una cosa —dice Taryn. Lo peor de todo es que se cree que me está ayudando.

Inspiro hondo. Al menos parece que Madoc está de buen humor.

—He estado pensando en el torneo. —Me he imaginado diciendo estas palabras muchas muchas veces, pero las que estoy pronunciando ahora en voz alta no están saliendo tal y como lo tenía planeado—. Soy bastante diestra con la espada.

—No seas tan modesta —dice Madoc—. Tu manejo de la espada es excelente.

Su respuesta parece prometedora. Miro a Taryn, que está conteniendo el aliento. Todos los presentes en la mesa se han quedado inmóviles, excepto Oak, que está golpeando su vaso contra una esquina de su plato.

—Voy a combatir en el torneo estival y quiero presentarme como aspirante al título de caballero.

Madoc enarca las cejas.

—¿Eso es lo que quieres? Es una tarea peligrosa.

—No tengo miedo —respondo, asintiendo con la cabeza.

—Interesante —dice Madoc.

El corazón me late con fuerza en el pecho. He pensado en todos los desenlaces posibles de este plan excepto en la posibilidad de que me lo prohíba.

—Quiero abrirme mi propio camino hacia la corte —añado.

—Tú no eres una asesina —replica Madoc.

Tuerzo el gesto, al tiempo que levanto la cabeza para poner mis ojos a la misma altura que los suyos. Madoc me sostiene la mirada con sus ojos dorados y felinos.

—Podría serlo —insisto—. Llevo una década entrenando.

«Desde que me arrancaste de mi mundo», pienso. No lo digo en voz alta, aunque creo que se me nota en la mirada.

Madoc niega con la cabeza, apenado.

—Lo que te falta no tiene nada que ver con la experiencia.

—Ya, pero… —protesto.

—Ya basta. He tomado una decisión —dice Madoc, alzando la voz para interrumpirme. Después, cuando los dos estamos en silencio, me dirige una media sonrisa conciliadora—. Combate en el torneo si quieres, por diversión, pero no te pondrás la banda verde. No estás preparada para ser un caballero. Puedes volver a consultarlo conmigo después de la coronación… Si es un capricho, será tiempo suficiente para que se te pase.

—¡Esto no es un capricho!

Odio parecer tan desesperada, pero es que llevo mucho tiempo soñando con este torneo. La idea de esperar meses, para que quizá luego Madoc vuelva a frustrar mis planes, me produce una impotencia tremenda.

Madoc me lanza una mirada indescifrable.

—Después de la coronación —repite.

Me entran ganas de gritarle: «¿Sabes lo duro que es mantener siempre la cabeza gacha? ¿Tragarte los insultos y soportar amenazas nada veladas? Pues yo he hecho todo eso. Pensaba que eso era una prueba de firmeza. Pensaba que, si veías que soy capaz de soportar todo cuanto me viene encima con una sonrisa en los labios, te darías cuenta de que soy digna de ese título».

«Tú no eres una asesina».

Madoc no tiene ni idea de lo que soy.

Y puede que yo tampoco. Puede que nunca me haya permitido descubrirlo.

—El príncipe Dain será un buen rey —dice Oriana, cambiando con destreza el rumbo de la conversación para volver a hablar de cosas agradables—. Una coronación implica un mes de celebraciones. Necesitaremos vestidos nuevos. —Por lo visto nos ha incluido a Taryn y a mí en ese comentario generalizado—. Majestuosos.

Madoc asiente, sonriendo de oreja a oreja.

—Sí, sí, tantos como queráis. Quiero que luzcáis el mejor aspecto posible y que bailéis como si no hubiera un mañana.

Intento respirar con normalidad y concentrarme en una única cosa. Las semillas de granada de mi plato, relucientes como rubíes, están empapadas con la sangre del venado.

«Tras la coronación», dijo Madoc. Intento concentrarme en eso. Pero parece que ese momento no llegará nunca.

Me encantaría tener un vestido de cortesana como los que he visto en el guardarropa de Oriana, con estampados vistosos bordados con mucha destreza en faldas de oro y plata, cada una de ellas tan hermosa como el amanecer. También me concentro en eso.

Pero mi mente va todavía más lejos y me imagino ataviada con ese vestido, con una espada colgando de la cintura, transformada, convertida en un miembro genuino de la corte, en un caballero del Círculo de los Halcones. Y me imagino a Cardan observándome desde el otro extremo de la estancia, situado al lado del rey, riéndose de mis pretensiones.

Riéndose como si supiera que se trata de una fantasía que nunca se hará realidad.

Me pellizco la pierna hasta que el dolor disipa esa imagen.

—Tendréis que desgastar las suelas de vuestros zapatos, igual que el resto —nos dice Vivi a Taryn y a mí—. Seguro que Oriana teme que, como Madoc os ha animado a bailar, ya no sea capaz de deteneros. No vaya a ser que, ¡horror!, incluso paséis un buen rato.

Oriana frunce los labios y replica:

—Eso ni es justo ni es cierto.

Vivi pone los ojos en blanco.

—Si no fuera cierto, no podría decirlo.

—¡Basta, callaos ya! —Madoc pega un manotazo en la mesa que nos sobresalta a todos—. Las coronaciones son un momento en el que pueden suceder muchas cosas. Se avecina un cambio, y no es buena idea hacerme enfadar.

No sé si se está refiriendo al príncipe Dain, a sus ingratas hijas, o a ambos.

—¿Temes que alguien intente reclamar el trono? —pregunta Taryn.

Al igual que yo, Taryn ha sido instruida en estrategia, en ataques y contraataques, en emboscadas y artimañas para tomar la delantera. Pero, al contrario que yo, ella posee el talento de Oriana para hacer la pregunta idónea para desviar la conversación hacia asuntos menos espinosos.

—Es a los Greenbriar a quienes corresponde preocuparse por eso, no a mí —responde Madoc, pero parece contento de que le haya hecho esa pregunta—. Sin duda, algunos de sus súbditos desearían que no existieran ni el rey supremo ni la corona consanguínea; sus herederos harían bien en asegurarse de que los ejércitos de Faerie estén contentos. Un estratega experimentado aguarda el momento oportuno.

—Solamente alguien sin nada que perder atacaría el trono mientras esté bajo tu protección —dice Oriana con delicadeza.

—Siempre hay algo que perder —replica Vivi, después le hace una mueca muy fea a Oak, que se echa a reír.

Oriana alarga una mano hacia él, pero se contiene. En realidad, no está pasando nada malo. Aun así, al ver el brillo que aparece en los ojos felinos de Vivi, no estoy tan segura de que a Oriana le falte razón al estar nerviosa.

A Vivi le gustaría castigar a Madoc, pero lo único que puede hacer es convertirse en una piedra en su zapato. Eso implica atormentar ocasionalmente a Oriana a través de Oak. Sé que Vivi quiere a Oak —al fin y al cabo, es nuestro hermano—, pero eso no significa que no le guste enseñarle cosas malas.

Madoc sonríe, se le ve muy satisfecho. Antes pensaba que no era consciente de todas las tensiones que se producen en el seno de la familia, pero a medida que me hago mayor, me he dado cuenta de que el conflicto subrepticio no le molesta en absoluto. De hecho, le gusta tanto como una guerra abierta.

—Es posible que ninguno de nuestros enemigos sea un estratega especialmente bueno.

—Esperemos que no —dice Oriana con gesto ausente, mirando a Oak, al tiempo que levanta su copa de vino canario.

—Así es —dice Madoc—. Brindemos. Por la incompetencia de nuestros enemigos.

Agarro mi copa y brindo con Taryn, después me bebo el contenido hasta los posos.





«Siempre hay algo que perder».

No paro de pensar en esa frase durante el amanecer, repitiéndola una y otra vez en mi cabeza. Finalmente, cuando ya estoy harta de dar vueltas en la cama, me pongo una túnica encima del camisón y salgo a contemplar los últimos rayos de sol del día. Son tan relucientes como el oro batido, y su luz me hace daño en los ojos cuando me siento sobre un puñado de tréboles cerca de los establos, desde donde contemplo la casa.

Todo esto perteneció a mi madre antes de que pasara a manos de Oriana. Por aquella época debía de ser muy joven y estar muy enamorada de Madoc. Me pregunto cómo sería su vida. Me pregunto si pensaba que sería feliz aquí.

Me pregunto cuándo se dio cuenta de que no sería así.

He oído rumores. No es poca cosa engañar al general del rey supremo, huir de Faerie con su hija en el vientre y esconderse durante casi diez años. Mi madre dejó atrás los restos carbonizados de otra mujer entre los renegridos cimientos de su hacienda. Nadie puede decir que no fue valiente. Si hubiera tenido un poco más de suerte, Madoc jamás se habría enterado de que seguía viva.

Supongo que tenía mucho que perder.

Yo también tengo mucho que perder.

Pero ¿qué más da?





—¿Qué te parece si hoy nos saltamos las clases? —le digo a Taryn por la tarde. Estoy vestida y preparada antes de lo normal. Aunque no he pegado ojo, no me siento cansada—. Quedémonos en casa.

Taryn me mira con preocupación mientras una joven ninfa, recién puesta al servicio de Madoc para saldar una deuda con él, le trenza la melena castaña hasta crear un peinado con forma de corona. Taryn está sentada con mucha clase ante su tocador, ataviada con tonos marrones y dorados.

—Si me dices que no vaya, significa que debería ir. No sé qué estarás tramando, pero olvídalo. Ya sé que estás disgustada con lo del torneo…

—No importa —digo, aunque, por supuesto, claro que importa. Importa tanto que, ahora que me he quedado sin esperanzas de obtener el título de caballero, me siento como si se hubiera abierto un agujero bajo mis pies y estuviera cayendo por él.

—Puede que Madoc cambie de idea. —Taryn me sigue por las escaleras y después se adelanta para recoger nuestras cestas—. Al menos, ya no tendrás que desafiar a Cardan.

La tomo con ella, aunque no tenga culpa de nada.

—¿Sabes por qué Madoc no me deja aspirar al título de caballero? Porque me considera débil.

—Jude —me advierte mi hermana.

—Pensaba que debía portarme bien y seguir las reglas —prosigo—. Pero estoy harta de ser débil. Estoy harta de ser buena. Eso va a cambiar a partir de ahora.

—Los idiotas son los únicos que no se asustan de las cosas que dan miedo —replica Taryn, lo cual es indudablemente cierto, pero ni aun así logra convencerme.

—Vamos a saltarnos las clases —insisto, pero ella no cede, así que vamos juntas a la escuela.

Taryn me observa con cautela mientras hablo con la líder del simulacro bélico, Fand, una ninfa con la piel tan azulada como los pétalos de una flor. Me recuerda que mañana hay un entrenamiento previo al torneo.

Asiento con la cabeza mientras me muerdo el interior del carrillo. Nadie tiene por qué saber que mis esperanzas se han ido al traste. Nadie tiene por qué saber que nunca he tenido ninguna.

Más tarde, cuando Cardan, Locke, Nicasia y Valerian se sientan a almorzar, de repente escupen la comida, horrorizados. A su alrededor se encuentran otros jóvenes aristócratas menos odiosos, comiendo pan con miel, pasteles y palomas asadas, mermelada de flor de saúco con galletitas y queso, y racimos de uvas orondas. Las viandas que hay en cada una de las cestas de mis enemigos son las únicas que han sido aderezadas a conciencia con sal.

Cardan cruza una mirada conmigo y no puedo contener la sonrisa malévola que se dibuja en mis labios. Sus ojos brillan como ascuas, su odio resulta tan palpable que estremece el ambiente, como el aire que se extiende por encima de unas rocas negras en un caluroso día de verano.

—¿Has perdido el juicio? —me pregunta Taryn, mientras me agarra del hombro y me zarandea para que me dé la vuelta hacia ella—. Estás empeorando las cosas. Hay una razón por la que nadie se enfrenta ellos.

—Lo sé —respondo en voz baja, incapaz de borrar la sonrisa de mis labios—. Hay un montón de razones.

Taryn hace bien en preocuparse. Acabo de declarar la guerra.





No estoy contando bien esta historia. Hay algunos detalles que debería haber enumerado acerca de lo que supone criarse en Faerie. Si los he excluido de la historia se debe sobre todo a que soy una cobarde. No me gusta nada pensar en ello. Pero es posible que, si conoces algunos detalles relevantes sobre mi pasado, alcances a comprender mejor por qué soy como soy. Cómo se me metió el miedo hasta la médula. Cómo aprendí a fingir para ahuyentarlo.

Estas son tres cosas sobre mí que debería haberte contado antes, pero no lo hice:



Cuando tenía nueve años, uno de los guardias de Madoc me arrancó de un bocado la yema del dedo anular de la mano izquierda. Estábamos al aire libre y, cuando grité, me empujó tan fuerte que me golpeé la cabeza contra un poste de madera en los establos. Después me obligó a quedarme allí mientras mordisqueaba el trozo que me había arrancado. Me dijo lo mucho que odiaba a los mortales. Sangré un montón; no te imaginas la cantidad de sangre que puede llegar a salir de un dedo. Cuando terminó, me dijo que más me valía guardar lo ocurrido en secreto porque, de lo contrario, se comería el resto de mi cuerpo. Así que, claro está, no se lo conté a nadie. Hasta ahora, que te lo estoy contando a ti.

Cuando tenía once años me escondí debajo de la mesa de banquetes durante un baile y me encontró un miembro de la aristocracia que estaba bastante aburrido. Me sacó a rastras tirándome de un pie, mientras yo pataleaba y me retorcía. No creo que supiera quién era yo… Al menos, eso quiero creer. El caso es que me instó a beber y le hice caso; el verdoso vino de las hadas descendió por mi garganta como si fuera néctar. Danzó conmigo alrededor de la colina. Al principio resultó divertido, todo lo divertido que puede ser pasarte la mitad del tiempo gritando para que te dejen en el suelo y la otra mitad mareada y con ganas de vomitar. Pero cuando la sensación de diversión se disipó y yo seguía sin poder detenerme, comenzó a resultar aterrador. Sin embargo, a él le resultó igual de divertido verme asustada. La princesa Elowyn me encontró al final de la fiesta, llorando y vomitando. No me preguntó cómo había acabado así, se limitó a devolverme a Oriana como si fuera una chaqueta extraviada. Nunca se lo contamos a Madoc. ¿De qué habría servido? Todo el que me viera debió de pensar que me lo estaba pasando en grande.

Cuando yo tenía catorce años y Oak cuatro, me lanzó un hechizo. No lo hizo a propósito, o al menos, no terminaba de entender por qué no debería hacerlo. Yo no llevaba puesto ningún amuleto protector porque acababa de darme un baño. Oak no quería irse a la cama. Quería que jugara a las muñecas con él, y eso fue lo que hicimos. Me ordenó que le persiguiera y corrí tras él por los pasillos. Después descubrió que podía hacer que me abofeteara a mí misma, y aquello le hizo mucha gracia. Tatterfell vino a vernos unas horas más tarde y, tras contemplar mis mejillas enrojecidas y las lágrimas que cubrían mis ojos, se fue corriendo a buscar a Oriana. Durante semanas, Oak intentaba hechizarme entre risas para que le consiguiera dulces, para que le levantara en volandas o para que escupiera en la mesa durante la cena. Aunque nunca funcionó, aunque desde entonces empecé a llevar un collar de bayas a todas partes, tuve que contenerme durante meses para no pegarle una tunda. Oriana nunca me ha perdonado por contenerme de esa manera; cree que el no haberme vengado de él significa que planeo hacerlo en el futuro.



Ese es el motivo por el que no me gustan estas historias: resaltan mi vulnerabilidad. Por muy cuidadosa que sea, al final acabo dando un paso en falso. Soy débil. Soy frágil. Soy mortal.

Eso es lo que más detesto.

Aunque, por obra de algún milagro, consiguiera superar a las hadas, jamás podré ser como ellas.





La revancha no se hace esperar.

Durante el resto del día y parte de la tarde, estuvimos en clase de Historia. Un duende con cabeza de gato llamado Yarrow recita poemas épicos y nos hace preguntas. Cuantas más respuestas acierto, mayor es el enfado de Cardan. No hace ningún intento por disimularlo, mientras le dice a Locke lo aburridas que son esas lecciones y se burla del instructor.

Por una vez, terminamos antes de que haya oscurecido del todo. Taryn y yo emprendemos la vuelta a casa, ella me mira con preocupación. La luz del atardecer se filtra entre los árboles y yo inspiro hondo, absorbiendo el aroma de las pinochas. Siento una extraña serenidad, a pesar de la estupidez que he cometido.

—Eso no es propio de ti —dice Taryn al fin—. Tú no eres de las que buscan pelea con los demás.

—Seguirles la corriente no servirá de nada. —Le arreo un puntapié a una piedra—. Cuanto más se acostumbren a salirse con la suya, más derecho creerán que tienen para seguir haciendo lo que hacen.

—¿Y qué piensas hacer? ¿Enseñarles modales? —Taryn suspira—. Aunque alguien tuviera que hacerlo, no tendrías por qué ser tú.

Tiene razón. Sé que tiene razón. La ira que me ha cegado esta tarde se acabará disipando y lamentaré lo que he hecho. Seguramente, después de un sueño largo y reparador me sentiré tan horrorizada como Taryn. Lo único que he conseguido ha sido empeorar mis problemas, por mucho que mi orgullo haya salido reforzado.

«Tú no eres una asesina».

«Lo que te falta no tiene nada que ver con la experiencia».

Aun así, no me arrepiento; ahora que he saltado por el borde, lo único que quiero es caer.

Estoy a punto de decir algo cuando alguien me cubre la boca con la mano. Me hinca los dedos en la piel que rodea mis labios. Me revuelvo, giro sobre mí misma y veo que Locke tiene agarrada a Taryn por la cintura. A mí alguien me está sujetando las muñecas. Consigo apartar la mano que me cubre la boca y gritar, pero los gritos en Faerie son como el canto de los pájaros, demasiado comunes como para captar demasiada atención.

Nos empujan a través del bosque, riendo. Uno de los chicos lanza un grito de alegría. Me parece que Locke dice algo acerca de acabar pronto con la broma, pero sus palabras quedan eclipsadas entre tanto jolgorio.

Entonces noto un empujón por la espalda y después el desagradable abrazo del agua fría. Escupo, intentando respirar. La boca me sabe a fango y a juncos. Me impulso hacia arriba. Taryn y yo estamos sumergidas en el río hasta la cintura, mientras la corriente nos empuja hacia la parte más honda y peligrosa del río. Hinco los pies en el barro del fondo para que no me arrastre. Taryn está agarrada a una piedra, tiene el pelo empapado. Ha debido de resbalar.

—Hay nixes en este río —dice Valerian—. Si no salís antes de que os encuentren, os sumergirán y no os dejarán volver a la superficie. Después os desgarrarán la piel con sus dientes afilados —añade, lanzando una dentellada al aire.

Se encuentran repartidos a lo largo de la orilla. Cardan es el que está más cerca, Valerian se encuentra su lado. Locke desliza la mano por encima de los juncos y las espadañas con gesto abstraído. Ya no parece tan afable. Parece haberse aburrido de sus amigos, y también de nosotras.

—Las nixes no pueden evitar ser como son —dice Nicasia, que pega un puntapié en el agua para salpicarme en la cara—. Igual que vosotras no podréis evitar ahogaros.

Clavo los pies a fondo en el barro. El agua me anega las botas y hace que me resulte difícil mover las piernas, pero el fango las mantiene fijas en el sitio cuando logro enderezarme. No se cómo voy a conseguir llegar hasta Taryn sin resbalar.

Valerian está vaciando nuestras mochilas sobre la orilla. Nicasia, Locke y él se turnan para arrojar los contenidos al agua. Mis cuadernos con cubiertas de piel. Rollos de papel que se desintegran mientras se hunden. Los libros de cuentos y poemas épicos se zambullen con un chapoteo tremendo, y después se quedan encajados entre dos piedras. Mi pluma y mis plumillas relucen desde el fondo del río. El tintero se estrella contra sé las rocas y tiñe las aguas de color bermejo.

Cardan me observa. Aunque no ha movido un dedo, que esto es cosa suya. Su mirada me resulta tan inescrutable como la propia Faerie.

—¿Os hace gracia? —grito hacia la orilla. Estoy tan furiosa que no tengo cabida para el miedo—. ¿Os estáis divirtiendo?

—Muchísimo —responde Cardan. Después desliza la mirada desde donde estoy yo hacia las sombras que acechan bajo el agua. ¿Serán nixes? No sabría decirlo. Me limito a seguir avanzando hacia Taryn.

—Esto solo es un juego —dice Nicasia—. Lo que pasa es que a veces forzamos demasiado nuestros juguetes y se acaban rompiendo.

—Aunque tampoco es que os hayamos ahogado nosotros —añade Valerian.

Patino sobre unas rocas y me sumerjo, me veo arrastrada corriente abajo sin remedio, mientras trago agua cargada de lodo. Entro en pánico y empiezo a resollar con violencia. Extiendo la mano y me agarro a la raíz de un árbol. Recuperó el equilibrio, tosiendo y jadeando.

Nicasia y Valerian se están riendo. La expresión de Locke es indescifrable.

Cardan ha introducido un pie entre los juncos, como para ver mejor la escena. Furiosa y resoplando, avanzo a duras penas hacia Taryn, que se adelanta para agarrarme de la mano y apretarla con fuerza.

—Pensaba que te ibas a ahogar —dice, al borde de la histeria.

—No pasa nada —le digo. Tras hundir los pies en el barro, me agacho para coger una piedra. Encuentro una bastante grande y la saco a la superficie. La capa exterior es verde y resbaladiza, está cubierta de algas—. Si las nixes vienen a por nosotras, las ahuyentaré.

—Retírate —dice Cardan. Me está mirando directamente a mí. A Taryn no la mira ni siquiera de reojo—. No deberías haber intentado darnos una lección. Quítate la idea del torneo de la cabeza. Dile a Madoc que no tienes lugar entre nosotros, tus superiores. Hazlo y te salvaré.

Le miro fijamente.

—Lo único que tienes que hacer es darte por vencida —añade—. Es fácil.

Me quedo mirando a mi hermana. Es culpa mía que esté empapada y asustada. El agua del río está fría, a pesar del calor estival, y la corriente es muy fuerte.

—¿Y también salvarás a Taryn?

—Ah, ¿así que por ella estás dispuesta a hacer lo que te digo? —Cardan me lanza una mirada ávida, propia de un depredador—. ¿Eso te parece un gesto noble? —Hace una pausa y, durante ese tiempo, lo único que oigo son los jadeos de Taryn—. ¿Y bien?

Estoy atenta a las nixes, alerta ante cualquier indicio de movimiento.

—¿Por qué no me dices tú cómo quieres que me sienta?

—Interesante. —Cardan avanza otro paso y se agacha para que nuestras miradas se crucen—. Hay tan pocos niños en Faerie que nunca había visto dos idénticos. ¿Te sientes como si te duplicaran o más bien como si te partieran por la mitad?

No respondo.

Por detrás de Cardan, Nicasia agarra del brazo a Locke y le susurra algo. Él le dirige una mirada mordaz y ella hace un mohín. Quizá les fastidie que las nixes no nos estén devorando.

—Hermana gemela —dice Cardan con el ceño fruncido, dándose la vuelta hacia Taryn. Una sonrisa regresa a sus labios, como si se sintiera satisfecho por una nueva y atroz ocurrencia—. ¿Tú serías capaz de hacer un sacrificio parecido? Vamos a descubrirlo. Tengo una propuesta muy generosa que hacerte. Sube a la orilla y dame un beso en las mejillas. Una vez lo hayas hecho, y siempre que no defiendas a tu hermana ni de palabra ni de obra, no te pediré cuentas por su desafío. ¿No te parece un buen trato? Pero solo lo conseguirás si te reúnes ahora con nosotros y la dejas ahí para que se ahogue. Demuéstrale que siempre estará sola.

Al principio, Taryn se queda inmóvil, como si estuviera paralizada.

—Ve —le digo—. No me pasará nada.

Aun así, me duele cuando comienza a avanzar hacia la orilla. Pero es lógico que vaya. Estará a salvo, y el precio a pagar es lo de menos.

Una silueta pálida se separa de las demás y comienza a nadar hacia ella, pero al ver mi sombra en el agua titubea. Hago amago de lanzar la roca y la silueta retrocede. Prefiere las presas fáciles.

Valerian agarra a Taryn de la mano y la ayuda salir del agua como si fuera una dama de la nobleza. Tiene el vestido empapado, chorrea cuando se mueve, como los vestidos de las náyades y las hadas marinas. Taryn presiona sus labios azulados sobre las mejillas de Cardan, primero una y después la otra. Mantiene los ojos cerrados, pero él los tiene bien abiertos para mirarme.

—Di: «Renunció a mi hermana Jude —le dice Nicasia—. No la ayudaré. Ni siquiera la soporto».

Taryn me lanza una mirada fugaz de arrepentimiento.

—No tengo por qué decir eso. Eso no forma parte del trato.

Los demás se echan a reír. Cardan separa los juncos con el pie e interrumpe a Locke cuando intenta decir algo:

—Tu hermana ha renunciado a ti. ¿Ves lo que puedo conseguir con unas pocas palabras? Y las cosas aún pueden empeorar mucho más. Podemos hechizarte para que camines a cuatro patas y ladres como un perro. Podemos maldecirte para que te consumas por el deseo de oír una canción que jamás volverás a escuchar o por recibir una palabra amable de mis labios. Nosotros no somos mortales. Acabaremos contigo. Eres una criatura frágil e insignificante, ni siquiera nos costaría esfuerzo. Date por vencida.

—Jamás —respondo.

Cardan sonríe con suficiencia.

—¿Jamás? Jamás, al igual que para siempre, es un término tan grande que escapa a la comprensión de los mortales.

La silueta acuática no se mueve del sitio, seguramente porque la presencia de Cardan y los demás causa la impresión de que tengo amigos que podrían defenderme en caso de ataque. Aguardo para ver cuál es el siguiente movimiento de Cardan, sin quitarle el ojo de encima. Confío en tener un aspecto desafiante. Él me mira fijamente durante un instante largo y espantoso.

—Piensa en nosotros —me dice—. Durante el largo, bochornoso y chorreante camino a casa. Piensa bien tu respuesta. Esto solo es una pequeña muestra de lo que podemos hacer.

Dicho eso, nos da la espalda y, al cabo de unos segundos, los demás también se dan la vuelta. Observo cómo se aleja. Cómo se alejan todos.

Cuando desaparecen de la vista, subo a la orilla y me desplomó de espaldas sobre el barro al lado del lugar donde se encuentra Taryn. Inspiro hondo y resuello. Las nixes comienzan a salir a la superficie, nos contemplan con ojos hambrientos y opalescentes. Se asoman entre una mata de abrojos. Una de ellas comienza a reptar hacia nosotras.

Arrojo la piedra. No acierto ni de lejos, pero el chapoteo las sobresalta lo suficiente como para que no se sigan acercando.

Con un gruñido, me pongo en pie a duras penas para reanudar la marcha. Durante todo el camino a casa, mientras Taryn llora en silencio, pienso en lo mucho que los odio y en lo mucho que me odio a mí misma. Al rato no pienso en nada más que en levantar mis botas empapadas para dar un paso tras otro entre los escaramujos, los helechos y los olmos, para avanzar junto a cerezas coloradas, bayas y ciruelas damascenas, junto a las sílfides del bosque que anidan en los rosales, rumbo a casa para darme un baño y meterme en la cama en un mundo que no es el mío y que nunca podrá serlo.





Me duele la cabeza horrores cuando Vivienne me zarandea para despertarme. Salta sobre la cama, aparta la colcha de un puntapié y hace que la estructura chirríe. Yo hundo la cabeza en la almohada y me acurruco de costado, en un intento por ignorarla y volver a sumirme en un sueño profundo.

—Arriba, dormilona —dice, quitándome las mantas de encima—. Vamos a ir al centro comercial.

Suelto un bufido y ondeo una mano para que se vaya.

—¡Levántate! —me ordena, brincando de nuevo.

—Paso —refunfuño, tapándome con lo que queda de mis mantas—. Tengo que entrenar para el torneo.

Vivi deja de saltar y yo me doy cuenta de que lo que acabo de decir no es cierto. No tengo por qué combatir. Salvo que fui tan tonta como para decirle a Cardan que jamás me retiraría. Entonces me acuerdo del río, de las nixes y de Taryn. Ella tenía razón, mientras que yo había cometido un error catastrófico.

—Te invitaré a un café cuando lleguemos allí, a un café con chocolate y nata montada. —Vivi es incansable—. Vamos, Taryn nos está esperando.

Salgo medio rodando do la cama. Una vez en pie, me rasco la cadera y la fulmino con la mirada. Vivi me dedica una sonrisa encantadora y, muy a mi pesar, mi enfado comienza a desvanecerse. Vivi es egoísta a menudo, pero lo hace de un modo tan desenfadado, y te anima tanto a que te dejes llevar, que resulta fácil pasar un buen rato a su lado.

Me visto a toda prisa con las prendas modernas que guardo al fondo de mi armario: los vaqueros, una vieja camiseta gris con una estrella negra y unas relucientes Converse plateadas. Me recojo el pelo bajo un gorro de lana que ya ha perdido su forma original y, cuando me contemplo en el espejo de cuerpo entero (tallado de tal manera que parece que hubiera un par de faunos traviesos a ambos lados de cristal, lanzando miradas lascivas), la persona que me devuelve la mirada no es la misma de antes.

Puede que se trate de la persona en la que me habría convertido si me hubieran criado como humana.

Signifique lo que signifique eso.

Cuando éramos pequeñas, hablábamos a todas horas de regresar al mundo de los humanos. Vivi aseguraba que, si aprendía un poco más de magia, podríamos marcharnos. Buscaríamos una mansión abandonada y ella se ocuparía de hechizar a unos pájaros para que cuidaran de nosotras. Nos comprarían pizza y caramelos, e iríamos a la escuela solo si nos apetecía.

Sin embargo, cuando Vivi descubrió la manera de viajar hasta allí, la realidad se entrometió en nuestros planes. Resulta que los pájaros no pueden comprar pizza, ni siquiera aunque estén hechizados.

Me reúno con mis hermanas frente a los establos de Madoc, donde los corceles mágicos, ataviados con sus armaduras plateadas, descansan en las caballerizas al lado de unos sapos inmensos listos para ser ensillados y embridados, y de unos renos con grandes astas repletas de campanitas. Vivi se ha puesto unos vaqueros negros, una camiseta blanca y unas gafas espejadas que disimulan sus ojos felinos. Taryn lleva unos jeggings de color rosa, una chaqueta de punto y unos botines.

Intentamos imitar a las chicas que vemos en el mundo humano, en las revistas o en la pantalla de una sala de cine con aire acondicionado, comiendo chucherías tan dulces que hacen que me duelan los dientes. No sé qué pensará la gente al vernos. Para mí, vestirme así es como disfrazarme. Lo hago desde la ignorancia. Desconozco los comentarios que pueden suscitar estas zapatillas tan chillonas, del mismo modo que una niña disfrazada de dragón no puede saber qué opinaría un dragón de verdad sobre el color de sus escamas.

Vivi arranca tallos de hierba cana que crecen cerca de los abrevaderos. Después de localizar tres que reúnen los atributos necesarios, levanta el primero de ellos y lo sopla, diciendo:

—Corcel, álzate y llévanos adónde yo te ordene.

Una vez pronunciadas esas palabras, arroja el tallo al suelo y se convierte en un poni huesudo y amarillento con ojos color esmeralda y una crin que parece una densa capa de follaje. Relincha de un modo enérgico y un tanto extraño. Vivi arroja dos tallos más y entonces son tres los corceles de hierba cana los que se ponen a resoplar y a olisquear el terreno. Recuerdan un poco a los caballitos de mar y pueden cabalgar por tierra y aire, según las órdenes de Vivi, manteniendo su aspecto durante horas antes de volver a convertirse en simples hierbajos.

Resulta que desplazarse entre el mundo de las hadas y el de los mortales no es tan complicado. Faerie se extiende al lado y por debajo de los pueblos mortales, a la sombra de las ciudades mortales y en sus núcleos decadentes, ruinosos y devorados por los gusanos. Los seres feéricos viven en colinas, en valles y túmulos, en callejones y edificios abandonados por los mortales. Vivi no es la única hada de nuestras islas que se escabulle a través del mar para acceder al mundo de los humanos con cierta frecuencia, aunque la mayoría adopta una apariencia mortal para mezclarse con la gente. Hace menos de un mes, Valerian estuvo presumiendo de haber engañado a unos campistas para que se dieran un banquete con él y con sus amigos, donde se atiborraron de hojas podridas hechizadas para que parecieran manjares.

Me monto en mi corcel y me abrazo al cuello de la criatura. Siempre hay un momento, cuando comienza a moverse, en el que no puedo evitar sonreír. Hay algo en lo inverosímil de la situación —en la majestuosidad con que esos tallos se despliegan y sus pezuñas herbáceas impactan contra la gravilla para tomar impulso y elevarse por los aires— que me produce una descarga de adrenalina pura.

Contengo el grito que se encarama a mi garganta.

Cabalgamos sobre los acantilados y después sobre el mar, contemplando a las sirenas que brincan entre las centelleantes olas y a las selkies que se dejan llevar por la corriente. Atravesamos el banco de niebla que rodea las islas perpetuamente y las oculta de los mortales. De ahí pasamos a la otra orilla, dejando atrás el Two Lights State Park, un campo de golf y un aeropuerto. Aterrizamos en una pequeña arboleda separada del centro comercial de Maine por una carretera. La camiseta de Vivi aletea al viento mientras toma tierra. Taryn y yo desmontamos. En respuesta a unas palabras de Vivi, los corceles se convierten en tres simples tallos medio marchitos que no destacan entre lo demás.

—Recordad dónde hemos aparcado —dice Taryn con una sonrisa, después emprendemos la marcha hacia el centro comercial.

A Vivi le encanta este lugar. Le encanta beber batidos de mango, probarse sombreros y comprar lo que nos dé la gana con bellotas hechizadas para que parezcan dinero. A Taryn no le gusta tanto como a Vivi, pero le resulta divertido. Yo, en cambio, me siento como si fuera un fantasma cuando venimos aquí.

Avanzamos por el centro comercial como si fuéramos las reinas del lugar. Pero cuando veo a todas esas familias humanas juntas —sobre todo esas familias que tienen niñas pequeñas que no paran de reír y que tienen la boca pegajosa—, no me gusta lo que siento por dentro.

Ira.

No me imagino regresando aquí para llevar una vida como la suya, aunque sí me imagino acercándome a esas niñas y asustándolas hasta hacerles llorar.

Jamás haría algo así, desde luego.

Vamos, no creo que fuera capaz.

Me parece que Taryn se ha dado cuenta de cómo estoy mirando a una niña que está teniendo una pataleta delante de su madre. Al contrario que yo, Taryn se adapta bien a las cosas. Sabe lo que hay que decir en cada momento. No le importaría si la enviaran de vuelta a este mundo. Tampoco le molesta la situación que tiene ahora. Se acabará enamorando, tal y como dijo. Se transformará en una esposa o consorte y criará hadas que la querrán con locura y la sobrevivirán. El único lastre que tiene soy yo.

Cómo me alegro de que no pueda leerme el pensamiento.

—A ver —dice Vivi—, hemos venido porque las dos necesitabais animaros un poco. Así que, venga, animaos.

Miro a Taryn e inspiro hondo, dispuesta a disculparme. No sé si eso es lo que Vivi tenía en mente, pero es lo que sé que tengo que hacer desde que me levanté de la cama.

—Lo siento —murmuro.

—Supongo que estarás cabreada —dice Taryn al mismo tiempo.

—¿Contigo? —Me quedo perpleja.

Taryn agacha la cabeza y añade:

—Le juré a Cardan que no te ayudaría, pese a que ese día te acompañé para hacer precisamente eso.

Niego enérgicamente con la cabeza.

—En serio, Taryn, eres tú la que debería estar enfadada, acabaste en el agua por mi culpa. Salir de ese enredo fue lo más inteligente que pudiste hacer. Yo jamás me cabrearía por eso.

—Ah —dice Taryn—. Vale.

—Taryn me contó la jugarreta que le hiciste al príncipe —interviene Vivi. Me veo reflejada en sus gafas de sol, duplicada, cuadruplicada si cuento a Taryn—. Estuvo bastante bien, pero ahora vas a tener que hacer algo mucho peor. Tengo unas cuantas ideas.

—¡No! —exclama Taryn con vehemencia—. Jude no tiene por qué hacer nada. Sencillamente estaba disgustada por lo de Madoc y el torneo. Si les ignora, ellos también volverán a ignorarla. Puede que no lo hagan al principio, pero sí con el tiempo.

Me muerdo el labio porque no creo que eso sea cierto.

—Olvídate de Madoc. Lo de ser nombrada caballero habría sido un rollo de todos modos —dice Vivi, menospreciando aquello para lo que he estado preparándome durante años.

Suspiro. Su actitud me fastidia, pero también resulta reconfortante saber que ella no le da apenas importancia cuando a mí me ha abrumado tanto su pérdida.

—Entonces, ¿qué quieres hacer? —le pregunto a Vivi para zanjar la discusión—. ¿Vamos a ver una peli? ¿Quieres probar pintalabios? No olvides que me prometiste un café.

—Quiero que conozcáis a mi novia —dice Vivienne, y entonces me acuerdo de la chica de pelo rosa que salía en la ristra de fotos—. Me ha pedido que me vaya a vivir con ella.

—¿Aquí? —pregunto, como si pudiera haber otra opción:

—¿Al centro comercial? —Vivi se ríe al ver nuestras caras—. Hemos quedado aquí con el