মুখ্য Perfectos Mentirosos: Peligros y verdades

Perfectos Mentirosos: Peligros y verdades

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খন্ড:
2
সাল:
2021
সংস্করণ:
Primera
প্রকাশক:
Montena
ভাষা:
spanish
পৃষ্ঠা:
336
ISBN 10:
8418318538
বইয়ের সিরিজ:
Perfectos mentirosos
ফাইল:
EPUB, 541 KB
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1 comment
 
Evelen
Es un libro increible el misterio las traiciones de los personajes como se emvuelve la historia es impactante ame a los personajes y logre conectar con ellos ame a Adrik y a Jude los Ame a todos los secretos de todos te dan mas ganas de leer y descibrir cuales son los oscuros secretos de los personajes
04 March 2021 (05:12) 

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Todos los hechos de esta historia están narrados desde mi perspectiva. Ningún nombre o lugar ha sido cambiado, porque no me interesa proteger a nadie. Lo que me interesa es decir finalmente la verdad.





Prólogo





¿En dónde nos habíamos quedado?

			Ah, sí, en esa noche de la feria en honor a los fundadores, después de que mi plan contra Aegan fracasara y dejara su alma en un baño público por culpa de una diarrea, y Adrik se fuera con Artie a nuestro apartamento.

			Ahí, en un banco, yo. Junto a mí, Regan Cash. Y la pregunta: «¿Quién eres tú en realidad?».

			Bueno, es momento de contártelo. Es momento de contártelo todo: no me llamo Jude Derry, y definitivamente no había ido a Tagus solo a estudiar. Había ido porque solo quería una cosa: venganza.

			Lo sé, lo sé, debes de estar hecho un lío. Estarás pensando: «¡¿Qué p*tas estás diciendo, Jude del Carmen?!». También sé que se supone que debes confiar en mí. ¡Todos confían en las protagonistas! Las protas nunca mienten y nunca son malas. Jamás cambian la historia, de ninguna forma alteran los hechos y mucho menos omiten secretos, y si yo hice eso...

			Entonces supongo que esta siempre fue la historia de una villana.

			Para que entiendas este lío y el porqué de mis mentiras, hay que volver seis años atrás. Debemos irnos muy pero que muy lejos de Tagus, a Miami, la ciudad a la que llegan la mayoría de los inmigrantes. Tenemos que detenernos en un día en el que un muchacho de dieciocho años llamado Henrik Damalet recibió una llamada para decirle que había sido contratado como jardinero en la casa de una familia muy importante.

			Ese chico, Henrik, era mi hermano.

			Tras colgar el teléfono, le quedó estampada en la cara una sonrisa enorme. Todo acababa de cambiar para él y nuestra familia gracias a ese empleo. Por esa razón, mamá lloró, emocionada. Era una mujer muy delgada con la piel pálida, los ojos cansados, el cabello opaco, las u; ñas rotas y la existencia exhausta y adolorida. Llevaba cinco años enferma de algo incurable y nosotros no teníamos mucho dinero para pagar los medicamentos en un país en el que no tener un seguro médico significaba exclusión. Pero con el nuevo trabajo de Henrik en la casa de esa familia importante, todo sería diferente.

			Eso lo sabía muy bien la chica de trece años sentada en la mesa, es decir, yo. Me alegraba la idea, la posibilidad de un futuro mejor, pero me entristecía que mi hermano se fuera tan lejos, aunque también sabía que en su nuevo trabajo le pagarían bastante solo por ser jardinero y cuidar el enorme jardín de una mansión; además, tendría la posibilidad de seguir estudiando por la noche en un sitio mejor. Y eso era bueno para nosotros.

			—¿Cuándo vendrás a visitarnos? —le había preguntado yo con el corazón encogido.

			—Pediré vacaciones y seguro que podré venir los días de fiesta —me respondió, animado—. Pero llamaré todos los días al mediodía y por la noche, y te enviaré un móvil para que podamos enviarnos mensajes. Lo tengo todo planeado.

			—¿Y cómo se llama el tipo para el que vas a trabajar? —pregunté.

			—Adrien Cash —contestó Henrik con mucho orgullo.

			Se fue al día siguiente, y cuando volvió de nuevo a casa, lo hizo dentro de un ataúd.

			Sí, Henrik murió en la mansión de los Cash. Le practicaron una autopsia pero su muerte fue calificada como accidente: estaba limpiando las tejas, se cayó y falleció al instante.

			Ahí debió de haber acabado esa historia: luto, dolor y olvido.

			Pero no, yo nunca olvidé. Yo nunca creí que su muerte hubiera sido un accidente. Y no lo creí porque, antes de morir, Henrik me dio pistas de que algo así podía sucederle, solo que no las supe interpretar hasta muy tarde.

			Rebobinemos. Como él prometió el día antes de irse, a los dos meses me envió un móvil para que habláramos constantemente por mensajes. Todos los días me lo contaba todo: lo que hacía, lo que no, lo que comía, lo que ahorraba y lo que veía al salir a algún lado. No omitió ningún detalle. Me contó desde cómo era la mansión hasta cómo eran las personas que vivían en ella.

			Adrien Cash era tan rico por herencia familiar e inversiones que meaba en un retrete de oro y se limpiaba el culo con billetes de dólar. Bueno, no; pero nos gustaba hacer ese chiste. Era senador y no tenía esposa porque ella había muerto en un accidente. El enorme jardín que Henrik cuidaba había sido el sitio más querido de su mujer; por esa razón querían mantenerlo y lo trataban como si fuese una especie de altar en su memoria.

			Ese hombre, Adrien, tenía cuatro hijos: tres de la mujer fallecida y uno fuera del matrimonio, todos varones. Eran chicos malcriados y consentidos, que hacían y deshacían a su antojo. Solo uno de ellos le dirigía la palabra a mi hermano, y únicamente lo hacía porque disfrutaba dificultándole las cosas y molestándolo, porque molestar era lo que más le motivaba en la vida.

			Se llamaba Aegan.

			Aegan hacía cualquier cosa para hacerle la vida imposible a Henrik. Al principio, no resultó muy ingenioso: dañaba los arbustos para que culparan a mi hermano de haberlos podado mal; pisaba las flores; echaba basura en lugares limpios y se burlaba de él llamándole «jardimierdo» o «recogebasura», entre otros apodos denigrantes.

			Henrik siempre me decía que tenía la suficiente paciencia para soportarlo, que así era el mundo, que Aegan solo era demasiado joven y con una vida demasiado fácil para entender la magnitud de lo que hacía y decía. Pero yo no lo veía del mismo modo, y comencé a odiarlo. Todavía sin conocerlo, detestaba lo que mi hermano me contaba de ese chico cruel. Me sentía impotente la mayoría del tiempo, pero Henrik intentaba tranquilizarme asegurándome que en algún momento se cansaría.

			Aegan no se cansó. Peor aún, aumentó el nivel y la gravedad de sus jugarretas.

			Henrik me llamó una noche a reventar de furia porque Adrien le había ordenado mantener bien limpia la piscina para un evento especial que tendría lugar esa misma noche. Para asegurarse de ello, se levantó muy temprano y estuvo todo el día trabajando para dejar el área de la piscina impecable. A las seis de la tarde, se fue a su casa a descansar. A las seis treinta, cuando Adrien llegó, la piscina estaba llena de hojas, ramas y tierra, y tenía una tonalidad verdosa semejante al moho.

			Casi despiden a Henrik. Al final no lo hicieron porque, de alguna manera que no quiso contarme, se descubrió que el responsable de aquel desastre había sido Aegan, que había ensuciado la piscina a propósito. El hecho de que no hubieran despedido a Henrik enfureció a Aegan a unos niveles inimaginables, por lo que desde entonces se dedicó a meter a mi hermano en más problemas constantemente.

			Cuando Henrik me contaba las humillaciones que los hijos de Adrien Cash le hacían pasar, me llenaba de una rabia apoteósica. Y me enfurecía mucho más que Henrik dijera que debía aguantarlo porque el dinero que ganaba nos ayudaba de una forma difícil de conseguir con cualquier otro trabajo. Y en verdad nos había ayudado. Habíamos alquilado una casita en un sitio mejor y logramos empezar a pagar el tratamiento de mamá, e incluso se hicieron planes para que yo asistiera a una escuela privada.

			Pero yo no quería ir a ninguna estúpida escuela privada. Lo que yo quería era ir a visitar a Henrik, ver con mis propios ojos a ese tal Aegan, plantarme frente a él y darle un puñetazo en la cara para que dejara de ser tan imbécil.

			Pisé la casa Cash un mes antes de que Henrik muriera. Fui sola con un billete de autobús que pagué yo misma. Era sábado y mi hermano no se esperaba mi visita. Cuando llegué, me quedé parada frente a la enorme verja blanca que marcaba el inicio de los terrenos. Desde allí se veía la gigantesca estructura, erguida con arrogancia bajo un moderno diseño arquitectónico. Debía de tener más de tres plantas y muchísimas habitaciones, y estaba pintada de blanco con un tejado azul. Era hermosa, pero sentí cierto rechazo hacia ella.

			Ya adentro, resultó que Adrien se había ido de viaje y se había llevado a Aegan con él. Aleixandre, Adrik y Regan no estaban, así que no tuve la oportunidad de enfrentarme a ellos.

			Henrik me mostró la pequeña casita donde vivía, que estaba dentro del terreno de la mansión, pero no muy cerca del edificio principal para que no olvidara que era un simple empleado. Recuerdo que mi primer pensamiento fue: «¿Esta gente se quedó en 1850 o qué?», pero a pesar de todo la casita era compacta, simple, muy bonita e incluso acogedora.

			El problema fue que no pude concentrarme mucho en ella. Lo primero que me llamó la atención fueron otros detalles. Al ver a Henrik, me sentí muy feliz, pero también fue como ver a un desconocido. La sensación que experimenté al abrazarlo fue extraña. Cuando conoces a alguien de toda la vida, notas el momento en el que empieza a cambiar. Mi hermano había cambiado, y yo no sabía en qué momento había sucedido. Estaba más flaco de lo normal y tenía unas ojeras profundas que no le había visto ni cuando trabajaba doble turno. Su cabello era naturalmente lacio y castaño como el mío, y como le llegaba hasta la mitad del cuello, solía recogérselo en una coleta baja, pero en ese momento cada mechón de su pelo se veía opaco y descuidado.

			Su aspecto era distinto, y en sus ojos había unos destellos de... ¿preocupación?

			—¿Qué sucede, Henrik? —le pregunté mientras almorzábamos en la mesa individual de su casita. Él bajó la vista y la fijó en su plato de espaguetis. Yo insistí—. No soy estúpida. Quizá mamá se cree todo eso de que estás muy bien, de que adoras este lugar y de que tu jefe y su familia son excelentes, pero yo sé la verdad. ¿Esos chicos todavía se meten contigo?

			Henrik jugó con su tenedor por un momento. Tenía los dedos y los nudillos llenos de cicatrices y moretones por la jardinería. ¿Es que no usaba guantes? Claro que no, porque Aegan se los escondía.

			—Ya sabes que no les caigo nada bien; todo sigue igual... —admitió, neutral, esforzándose por no resaltar ninguna emoción.

			—Pero pareces preocupado. ¿Está pasando algo más? —insistí.

			Henrik suspiró. Reconocí ese gesto. Era el gesto de: «No he ganado mucho dinero hoy, pero diré que todo está bien». El gesto de: «Mamá tiene una recaída, pero haré parecer que las cosas van a mejorar». El mismo maldito gesto de: «Me escupen en la cara, pero yo la mantendré levantada de todos modos».

			No obstante, fue la primera vez que mi hermano decidió no ocultarme algo. Y lo hizo porque fue importante:

			—Últimamente, Aegan ha estado rondándome. Creo que pretende pillarme en algo para tener una buena base y acusarme, pero yo me mantengo profesional, y eso es lo que importa.

			Me quedé pasmada. El plato de espaguetis me pareció la cosa más repugnante del mundo.

			—¿Te vigila? Pero eso es... —me interrumpí, atónita, sin saber qué palabra usar de todas las que se me ocurrieron.

			—No es nuevo —admitió él en un tono de voz más bajo, como si la lejanía entre esa casita y la mansión no fuera más que de milímetros y pudieran escucharnos—, solo que ahora lo hace con mayor frecuencia. Aleixandre y él están todo el tiempo controlando qué hago y qué no. Y hace unos días pillé a Adrik saliendo de aquí, pero él no me vio.

			—¿Y qué podría estar haciendo aquí? —pregunté en un susurro.

			La preocupación se acentuó en su rostro, una preocupación que jamás le había visto expresar, ni siquiera durante los peores momentos de nuestra madre. Henrik era bastante bueno en demostrar calma para calmarme a mí, pero en ese instante no ocultó nada.

			—No lo sé, pero busqué por todas partes por si se les había ocurrido meter algo de la mansión para culparme de robo. No encontré nada que no fuera mío, pero esta actitud me está haciendo sospechar muchas cosas, y ninguna buena.

			—¡Tienes que decírselo a Adrien! —le insté, soltando el tenedor y mirándolo con la furia hirviendo bajo mi piel.

			Henrik negó con tranquilidad.

			—No va a creerme y podría despedirme. Aegan es su favorito. —Suspiró con resignación—. La verdad es que el padre no es muy distinto al hijo. Ninguno es muy distinto a los otros.

			Sentí que no podía contenerme más.

			—¡Tengo que hablar con alguno de ellos! —solté, y me levanté de la silla de golpe. Cada palabra me salía a reventar de furia—. ¡No, hablar no! ¡Con esos miserables no se puede hablar! ¡Haré algo que...!

			Henrik me tomó por el brazo para detenerme. Su agarre fue como el de mi madre: reconfortante y tranquilizador. A pesar de todo lo que estaba pasando, me miró con los ojos achinados por una sonrisa amplia sin despegar los labios.

			—Tienes solo dieciséis años, acuérdate de eso, Vengadora —me dijo con diversión. Eso de «vengadora» era por los superhéroes, porque solía decir que yo siempre quería salvar el día a la gente. Me miró a los ojos con calidez y cariño—. Estaré bien, y mantendré este trabajo el tiempo que dure, no tienes que preocuparte.

			Entonces volví a ser la niña de trece años que le hacía preguntas a su hermano; preocupada, pero al mismo tiempo haciendo un esfuerzo por sentir otra cosa que no fuera miedo, exigiéndome a sí misma ver el lado bueno de las cosas e imaginándome que todo mejoraría.

			—Pero ¿y si Aegan te culpa de algo que no has hecho? —le pregunté, intranquila, con un hilo de voz—. O peor aún, ¿y si te meten en un problema grave del que no puedas salir?

			Aun con lo aterrador que era imaginar las respuestas a esas preguntas, su expresión fue serena y esperanzadora.

			—El mundo es duro para las personas buenas, sí, pero les compensa por enfrentarlo —me dijo, y acompañó sus palabras con una sonrisa exhausta—. Lo que sea que llegue a hacer Aegan quedará en su conciencia. Al menos tú y yo sabremos que estamos limpios, pero sobre todo que jamás seremos iguales a ellos. ¿De acuerdo?

			—De acuerdo.

			Él no tenía permitido dejar que sus visitas se quedaran a dormir, así que nos despedimos por la tarde. Insistió en acompañarme, pero le dije que podía llegar a la verja sola. Por un momento, antes de atravesarla, me volví para mirar la casa. Me sentí preocupada, muy preocupada, por dejar a mi hermano allí. Quise correr y decirle: «Nos vamos a casa. Recoge tus cosas», pero yo solo tenía dieciséis años y Henrik estaba decidido a hacer lo que fuera para mantenernos. Y, por otra parte, no se equivocaba al insistir en que el dinero que ganaba allí no lo ganaría en ningún otro trabajo convencional.

			Me recordé que al menos tenía un techo, comida y un lugar privado, y quise resaltar esos detalles por encima de los alarmantes como el hecho de que los hijos de Adrien lo vigilaran de manera anormal.

			¿Qué era lo peor que podían hacer?

			Lo imaginé, pero por ingenua aparté la posibilidad. Después de todo, eran solo chicos, ¿no?

			Cuando me estaba acercando a la enorme verja para salir, un auto apareció por el camino asfaltado. Pensé en ocultarme en algún sitio, asustada ante la idea de que reprendieran a Henrik por mi culpa por haberme invitado, pero correr habría sido muy obvio y terminé quedándome plantada en el mismo sitio con mi gastada mochila colgando de los hombros.

			El coche se detuvo frente a la verja y esta comenzó a deslizarse hacia la derecha. Al mismo tiempo, la ventana del conductor descendió y un muchacho me miró con interés y con una divertida confusión.

			Tenía el cabello rubio desordenado y los ojos de un gris intenso. Recuerdo que pensé que parecía un actor de Disney Channel, solo que había un brillo descarado, travieso y astuto en su rostro, como si fuera un zorrillo experto en escabullirse y conseguir secretos escandalosos. Eso me hizo preguntarme si sería el famoso Aegan, pero al salir del embeleso me di cuenta de que era mayor. Aegan me llevaba dos años según lo que me había dicho Henrik, y ese chico parecía tener unos veinte.

			—No me sorprende ver chicas saliendo de aquí, pero tú tienes una interesante cara de susto —comentó con una rara vacilación. Se dio cuenta de que lo miraba con extrañeza y se apresuró a agregar—: Seguramente eres una de las chicas de Aegan. ¿Qué te ha hecho ese abominable ser?

			Quise protestar por hablarme como si fuera un objeto, pero comprendí que no estaba en todos sus sentidos cuando alzó una mano y vi que sostenía una cerveza. Se tomó un trago y exhaló de manera refrescante. Luego volvió a mirarme hasta que me hizo un gesto para que hablara porque, como una tonta, yo me había quedado pasmada.

			Y sí, mi cerebro falló al intentar procesar palabras inteligentes, de modo que recurrí a lo primero que se me ocurrió:

			—Solo vine a... vender algo —mentí con rapidez—. Ya me voy.

			No le di más explicaciones y me fui a paso rápido, dejándolo atrás.

			Poco después descubrí que había hablado con Regan. Otro poco después me enteré de que Regan era un hijo que Adrien Cash había tenido con una mujer con la que tuvo una relación años antes de casarse con la madre de los Perfectos mentirosos, pero con la que seguía viéndose mientras estaba comprometido con ella. De manera que tenía mucho sentido que la tarde que apareció en Tagus me preguntara si nos habíamos visto antes. A pesar de que había alcohol en su sistema durante nuestro encuentro, su memoria le envió destellos de mi cara.

			Esa también fue la última vez que pisé la mansión Cash. Un mes después, Henrik estaba muerto.

			La noticia ni siquiera llegó a nuestra casa. Llegó a la casa de la antigua novia de Henrik, con un abogado que buscaba a la familia de Henrik Tedman. La chica me llamó por teléfono y me avisó. Ese día entendí dos cosas:

			1. Mi hermano había ocultado nuestro apellido «Damalet» a la familia Cash por alguna razón. Había usado solo el apellido de nuestro padre, que ambos habíamos decidido no usar nunca.

			2. Aegan lo había matado. No tenía las pruebas, claro, pero tampoco tenía dudas. Si no lo había hecho con sus propias manos, seguro que había tenido algo que ver con su muerte. Todo me indicaba que sí. Él y sus hermanos lo habían estado rondando. Habían entrado en su casa por alguna macabra razón. Lo habían odiado, le habían hecho la vida imposible y al final hicieron lo único que les faltaba, cosa que era fácil de encubrir si nadaban en dinero y su padre tenía una mano puesta sobre la máquina que movía el mundo: la política.

			El señor Adrien Cash pagó el funeral, aunque no se lo pedimos. Costeó una corona y un buen ataúd. El abogado nos explicó que no lo podíamos abrir. Mi madre pudo haber reclamado hacerlo, pudo haber pedido que lo abrieran para ver a Henrik, pero entró en un estado de shock que la dejó sin habla. Yo no pude decir nada porque era menor de edad, así que no volvimos a ver el rostro de mi hermano de nuevo.

			De todas formas, mi madre ni siquiera pudo levantarse de la cama para ir al funeral. Me acompañó la exnovia de Henrik. Luego lo incineraron, lo pusieron en una cajita de madera, que Adrien también pagó, y finalmente yo lo llevé a casa. Lo puse sobre la mesita de la sala y me senté en el sofá a mirarlo.

			Lloré durante un buen rato, sola, en silencio, hasta que me di cuenta de que mi hermano me había dejado algo muy valioso al no usar nuestro apellido: la posibilidad de conocer la verdad.

			Esperé un año. Primero tuve que buscar ayuda para el estado de shock en el que vivía mi madre. Adrien Cash nos enviaba mensualmente un cheque para compensar nuestra pérdida. Venía en un sobre blanco con la dirección de la casa de la ex de Henrik. Ella me los entregaba. Con parte de ese dinero pagué las terapias psicológicas de mi madre. En una de ellas conocimos a Tina, una paciente que había sido tratada por depresión, pero que ya estaba superándola. Tina resultó ser una fabulosa ayuda, porque su compañía reanimó un poco a mi madre, aunque no logró hacerla hablar del todo. Aun así, como Tina no tenía hijos, se ofreció a acompañarla mientras yo iba a clases por las mañanas. Al principio, pensé que se trataba del poder de la amistad, pero después descubrí que era el poder del amor. Mi madre había sido violada por mi padre durante muchos años y de esa manera había contraído el sida. Nunca esperó volver a tener pareja debido a ello, ya que no quería perjudicar a ninguna persona. Pero Tina se quedó con nosotras, y eso me alivió por una parte.

			Mi madre ya tenía a alguien que la cuidaba, la amaba y no se molestaba si ella pasaba días sin pronunciar más de una palabra. Tal vez gracias a eso el recuerdo de Henrik empezó a paralizarla menos.

			Pero a mí... A mí me seguía doliendo de la misma forma, porque yo sabía la verdad, así que, sabiendo que mi madre estaba segura con Tina, empecé a elaborar mi plan.

			Primer paso: investigación.

			Debía analizar a los Cash y su entorno. Fue bastante fácil dar con Aegan. Al ser una familia reconocida públicamente, sus nombres estaban en todos lados, sus caras en todas las revistas y sus pasos eran seguidos en todas las redes sociales.

			La primera vez que vi sus caras fue en una página web con el pie de foto: «De izquierda a derecha: Aegan, Adrik, Aleixandre y el senador Adrien Cash». Los tres tenían el mismo cabello azabache de su padre, los mismos ojos grises, los mismos rasgos atractivos y el mismo porte de superioridad absoluta. Es decir, el aspecto que no esperas de un asesino, sino de un chico con el que sueñas salir.

			Varios artículos aseguraban que no solo eran guapos, sino que también eran buenos deportistas, inteligentes, generosos haciendo donaciones y elocuentes, y que sobre todo les gustaba ir de fiesta. Por eso busqué a Aegan en Facebook y escudriñando a fondo encontré un festival de música al que había confirmado que asistiría.

			Volví a viajar a su ciudad con mayor decisión. Me compré un vestido con lo que había ganado trabajando doble turno en una cafetería, y pagué un feo motel durante dos días. El festival era de noche, pero me presenté unas horas antes de que empezara para tantear el terreno. Quería ver cómo se comportaba y, sobre todo, cómo se comportaban las personas a su alrededor.

			Vi aparecer a los Cash a eso de las nueve y media de la noche, mezclada entre la gente, siendo una más bajo la enormidad de un cielo oscuro plagado de estrellas. Supe de inmediato quién era Aegan, quién era Adrik y quién era Aleixandre. Reconocí sus caras por las fotos que había visto, pero percibí sus personalidades por sus actitudes y por lo que Henrik me había contado de ellos.

			No fue raro darme cuenta de que la gente los adoraba. Nadie los veía tan repugnantes como yo. Todo el mundo miraba a Aegan como si fuera único en la raza humana. Se acercaban a saludarlo, se emocionaban con su presencia, y las chicas intentaban captar su atención. Escuché a unas que hablaban cerca de mí:

			—¿Aegan ha cortado ya con Eli?

			—No lo sé, a veces están juntos y otras veces no, pero si no está con ella tampoco está durante mucho tiempo con alguien. Y es mejor así. Nadie quiere que esté comprometido.

			—Una amiga salió con él el año pasado. Me contó unas cosas que... —soltó unas risitas juguetonas—. Ni te imaginas lo salvaje que es.

			—Aegan me mata, pero tengo cierta debilidad por Aleixandre. ¿Sabes cómo conseguir su número?

			—¡Claro! Puedes intentar escribirle y ver si entre todos sus chats te responde, pero yo tengo otra táctica.

			—¿Cuál?

			—Los pillaré en Tagus. Cuando me gradúe de la prepa, iré a estudiar allí. Aegan ya está en el primer año. Adrik empieza en un mes y Aleixandre entra el año próximo. Aegan todavía estará estudiando cuando yo vaya, y entonces tendré una oportunidad con él.

			Después de eso, me fui al motel, donde estuve pensando a fondo. En un primer momento quise volver a casa de inmediato y abandonar mis absurdas ideas. Después de todo, tenía que encontrar un trabajo y hacer lo mismo que había hecho Henrik: trabajar y seguir estudiando.

			Pero... no iba a lograrlo. Seguía enojada, llena de rabia, de dolor, de todos esos sentimientos que había acumulado con los años. No podía encontrar tranquilidad pensando en que Aegan seguía viviendo una vida feliz y fácil mientras que mi hermano estaba muerto. Recordaba la forma en que la gente lo miraba a él y a sus hermanos: como si no fueran unos asesinos o unos expertos en humillar a la gente, como si no hubieran matado a Henrik, como si no le hubieran amargado la vida sin ninguna razón, y volvía a sentirme impotente como cuando mi hermano me lo contaba todo por mensajes. Y de ahí pasaba a sentirme estúpida e inútil por no poder lograr enfrentarme a ellos, por no ser capaz de cumplir todo lo que había prometido hacer movida por la rabia durante las noches de insomnio.

			Así que, sentada en la camita individual del motel con las manos cubriéndome la cara por la frustración, recordé las palabras de aquella chica: «Los pillaré en Tagus. Iré a estudiar allí. Aegan ya está en el primer año».

			Y me pregunté qué pasaría si yo también fuera a Tagus...

			¿Cuáles eran las posibilidades?

			¿Podía lograrlo?

			Eso significaba convertir mi idea de enfrentarme a los Cash en algo mucho más grande, algo más comprometedor, en algo llamado «venganza». Era más arriesgado, sí, pero lo suficientemente cruel. Y crueldad era con exactitud lo que quería que los hermanos Cash probaran. Para conseguirlo, debía ser más meticulosa, más organizada, tener un plan completo. Pero no lo tenía, a decir verdad. Tan solo me pareció tentadora la idea de entrar en Tagus, acercarme a los Cash y descubrir cómo podía dañar a Aegan de manera permanente.

			Si fallaba, ¿qué perdería? Nada.

			Si ganaba, lo tendría todo: la paz mental, el descanso de mi hermano, la satisfacción de hacer pagar a los Cash por lo que seguramente consideraron un simple juego. Y si habían cometido un asesinato, su futuro solo podía estar en la cárcel. Podridos y olvidados. Bonita imagen.

			Mi siguiente paso fue investigar sobre Tagus. Dos cosas me quedaron claras: la matrícula era costosa y necesitaba un buen perfil que fuese aceptado. Lo de la matrícula no pareció mucho problema porque el resto del dinero de los cheques era suficiente para pagar un semestre si lo juntaba todo, pero... ¿y el perfil?

			Aunque Henrik había usado el apellido de nuestro padre no podía solo presentarme como Ivy Derry porque las conexiones podían hacerse de un momento a otro. Sentí que necesitaba otro nombre, otra identidad, una que fuese aceptada en Tagus, que no luciera como alguien que iba con dobles intenciones, y que para lograr eso necesitaba ayuda, porque, por supuesto, seguía siendo una adolescente.

			Después de pensarlo mucho, le conté mi plan a Tina, aunque de una forma un poco... diferente, je.

			Le dije que quería ir a Tagus a estudiar pero que los hijos de Adrien Cash también iban allí y que no quería que ellos supieran, de ninguna forma, que yo estaba relacionada con su antiguo jardinero. Le expresé mi deseo como si fuese lo único que quisiera en la vida hasta que la convencí de ayudarme. Yo ya tenía una idea: robar una identidad.

			Dos años atrás había muerto la hija de mi tía (la única hermana de mi madre). Esa chica se llamaba Jude Derry (nuestro apellido materno), y había muerto atropellada por un coche la noche de una fiesta a la que se escapó sin permiso. Ella ya no necesitaba la identidad, ¿no? Pues acordé que robaría el acta de defunción, de nacimiento y todos los papeles necesarios. Luego contactamos a un tipo. Tina lo conocía porque ella conocía a mucha gente que había ido a terapias por distintas razones. Ese tipo se encargaba de copiar identidades.

			De acuerdo, era algo ilegal, pero Tina creía que estaba protegiéndome de la familia Cash, y lo creía porque tal vez yo había sido muy buena mintiéndole... Aunque, si soy sincera, siempre sospeché que Tina lo sabía y que, en el fondo, ella también quería que yo hiciera lo que iba a hacer, porque la muerte de Henrik le había arrebatado a mamá de su estado normal.

			Después de mucho papeleo y pagos de los cheques mensuales de Adrien Cash, finalmente adopté el nombre de Jude Derry, pero Tina y yo también logramos hacer algo aparte: borramos a Henrik y a Ivy como hijos de mi madre y pasamos a Jude como su hija en ese lugar. Mira, yo no sé cómo las personas de los bajos mundos hacen eso, pero lo logran. Créeme, siempre hay alguien a quien sobornar.

			Entonces, si investigabas, Jude Derry no tenía ninguna relación con Henrik Damalet. Si Aegan llegaba a investigarme, averiguaría que mi madre estaba enferma. Hallaría a una Elein Derry tratada por VIH, lo que era verdad, pero nada más. Su única hija sería esa tal Jude. Mi madre no era capaz de hablar como para confirmar si era cierto o no.

			Después de que el trabajo más duro estuvo hecho, armé mi perfil con las buenas calificaciones de Jude. Realizado eso, busqué fotos de Jude para parecerme lo más posible a ella. Mi cabello era de un castaño que se veía claro a la luz del sol, el de ella era tan oscuro que parecía negro. Me lo teñí para oscurecerlo y me lo corté en capas para cambiar mi estilo. Tiré toda mi ropa vieja y conseguí comprar ropa que me daba un aire de chica un tanto rebelde. Tomé el sol para ponerme morena, le di forma a mis cejas y me hice agujeros en las orejas para ponerme pendientes. Hice todo lo que pude para cambiar mi aspecto, para dejar atrás a la chica que pensaba que una bofetada y una simple humillación serían suficiente castigo.

			Y Jude Derry se levantó de la tumba con un rostro nuevo y se fue a Tagus a destruir a los Cash.

			Los estuve evaluando por un par de meses. Analicé el entorno de Tagus e incluso trabajé por unas semanas en una cafetería cercana. ¿Recuerdas cuando en el primer libro, en esa fiesta organizada por Aegan en la terraza, una chica se me acercó y dijo que yo le recordaba a alguien? Pues tuvo razón, porque yo siempre estuve cerca, solo que ellos nunca me vieron.

			Claro que no todo resultó como esperaba. Hubo cosas inesperadas como conocer a Artie, que Kiana propusiera ese plan que resultó ser una buena tapadera, que los Perfectos mentirosos dirigieran un club secreto y prohibido bajo las reglas de Tagus, y el misterio de Eli Denvers. Otras cosas sí resultaron como esperé: que Aegan me escogiera para ser su novia fue la principal. Estudié mucho sus actitudes durante un tiempo antes de entrar en Tagus. Frecuenté los mismos sitios, observé a las chicas con las que salía y descubrí que todas tenían algo en común: eran sumisas. Aegan no sabía lo que era enfrentarse a un «no», y cuando alguien le negaba algo, hacía lo posible para revertir la situación.

			Yo sería la chica del «no».

			La noche en la que me senté en esa mesa y reté a Aegan jugando al póquer tuve que tomarme antes unos tragos para no flaquear, porque enfrentarme al asesino de mi hermano no fue nada fácil. Pero mi única esperanza era que eso funcionara y despertara su interés por mí. En cuanto lo logré, gané seguridad y me obligué a continuar.

			Cada humillación que Aegan me hizo pasar desde el día en que «me nombró» su novia me tentaba a rendirme, pero siempre pensaba que si Henrik había soportado tantas cosas durante tanto tiempo solo para alimentarnos a mamá y a mí, yo podía soportar también las humillaciones para finalmente destruirlo.

			Sabía con exactitud el tipo de personas que eran los Cash, pero empecé a dudarlo cuando me di cuenta de que Adrik actuaba de forma diferente a sus hermanos.

			Adrik... Lo admito, fue el gran fallo en mi plan. Jamás me esperé sentir algo por él, algo real que me llevara a cuestionarme mis intenciones, algo que me empujara a creer que quizá él no tuvo nada que ver con la muerte de Henrik, porque después de pensarlo muchas noches, me di cuenta de que mi hermano había mencionado muy pocas veces a Adrik cuando me hablaba de los chicos Cash.

			Pero Adrik era quien había entrado en casa de Henrik; mi hermano lo había visto.

			Eso me lo recordaba también cada noche.

			No puede gustarte uno de los asesinos.

			Pero ¿y si no es un asesino?

			¿Qué te asegura que no?

			¿Qué me asegura que sí?

			Solo sabía que Aegan y sus hermanos habían dañado de manera permanente a mi familia. Me habían hecho daño a mí. Me habían quitado a la única persona en todo el mundo que arriesgó su vida en una casa en la que jamás se sintió a gusto solo para asegurar la mía. Yo debía ser fuerte. No podía tener miedo.

			No podía abandonar.

			Nunca fui una persona cruel, pero la muerte de Henrik me cambió. Tal vez otros habrían reaccionado de forma diferente. Tal vez a ti no te parece gran cosa lo que hice, pero cuando solo tienes pan, y el pan se acaba, aprendes a apreciar el pan. Dentro de la fatalidad y la desesperanza que flotaba en nuestras vidas, Henrik siempre fue el «todo puede mejorar». Entonces, cuando él murió solo quedaron las cosas terribles: mi madre en estado de shock, la casa vacía y su voz en mi cabeza diciendo repetitivamente que los hijos de Adrien estaban maquinando algo contra él. Así que pensé de manera fría, tal como había prometido que haría, y me esmeré en alcanzar mi objetivo aun sabiendo que el triunfo podía arrastrarme igual que el fracaso.

			Era peligroso, pero continué. Era absurdo, pero no me detuve. Era una maldad, pero lo vi como un acto de justicia.

			Y de verdad estuve segura de que ganaría. Es decir, había llegado a Tagus con la única intención de joderles la vida de alguna forma estúpida, pero había encontrado una maraña entera de mentiras y crímenes. Después de humillaciones, cagadas y muchas improvisaciones, sentí que yo tenía toda la ventaja. Fue incluso como si una mano invisible y mágica pusiera la situación a mi favor, o como si Henrik me ayudara a llevar a cabo mi plan.

			Gran equivocación.

			Me creí una araña en un universo de hormigas. La realidad es que la hormiga siempre fui yo, atrapada en la telaraña de los Cash.

			Y la araña mayor estaba a punto de comerme:

			Regan Cash.

			Debía responderle.





			1

			Tres perfectos mentirosos salieron un día: uno fue a decir muchas mentiras, otro fue a guardar un gran secreto, y el último, como siempre, se esmeró en fingir que era uno de ellos.

			Estaba atrapada.

			Lo único que podía quedarme bien en ese momento era una etiqueta en la frente que dijera: capturada. Ni siquiera tuve idea de qué hacer o decir. Me temblaban las manos, me sudaban las axilas, un hormigueo me hacía tiritar los labios. Por supuesto que mi cabeza estaba como loca intentando maquinar mil maneras de librarme de esa situación, de elaborar una buena mentira, pero una voz se alzaba entre todas diciéndome: «No podrás. Él lo sabe todo».

			Ante mi prolongado silencio, Regan soltó una risa tranquila que marcó el final de su teatrillo y lo devolvió a su maliciosa normalidad.

			—Estaba seguro de que te había visto antes, pero no recordaba dónde, y llegué a creer que eran solo ideas mías —comentó con ese encanto y esa nota de diversión omnipresente en su manera de hablar—. Luego entendí que no me acordaba porque fue hace demasiado tiempo...

			De acuerdo, al principio había confiado en que Regan no tenía nada que pintar en Tagus. El universo tuvo que haber dado una vuelta muy rebuscada y maquiavélica para llevarlo hasta allí. Eso me tomó por sorpresa. Desde que lo vi aparecer la tarde del aniversario del fundador, comencé a ponerme muy nerviosa. Pensé que mi cambio lo despistaría, que no podría recordarme porque me había visto solo una vez, y hacía años, en un ligero estado de ebriedad; pero lo subestimé.

			—¿Y qué piensas hacer? —no pude evitar preguntar, todavía muy quieta.

			Regan se encogió de hombros. Sus ojos, poco confiables, sonreían con la astucia y la seguridad de un empresario. Parecía incluso que estar ahí exponiendo los secretos de alguien fuera algo en lo que le sobrara experiencia.

			—¿Aplaudirte?, porque me costó confirmar mis sospechas —contestó. Luego me miró de arriba abajo con admiración—. Y solo tienes dieciocho años. Estoy asombrado, Jude. —Hizo un mohín al darse cuenta de que se había equivocado—. Perdón, ¿cómo prefieres que te llame ahora? ¿Jude o... Ivy?

			Ivy, mi verdadero nombre. Escucharlo me hizo contener aire. Mierda al cubo.

			—Mejor quedémonos con Jude —añadió guiñándome un ojo—, así parecerá menos raro. Ahora, cuéntamelo todo, porque no eres solo una chica que apareció y tuvo la suerte de ser la novia de mi hermano, ¿no?

			Me miró con una incitadora complicidad, como si esperara que yo se lo contara todo al instante, que me comportara como una tonta y le escupiera cada detalle.

			Pasé a modo supervivencia.

			—No sé qué es lo que quieres saber exactamente —fue lo que salió de mi boca. Me sorprendió mi capacidad de control.

			Regan alzó ligeramente los hombros.

			—Quiero saber cuál es el secreto —dijo con suma tranquilidad—. Debe de haber uno, ¿no? Porque no hay ninguna mancha en tu pasado, no hay ningún historial de crímenes, nada relevante en la vida de esa chica llamada Ivy Damalet. Sí, eres hija de Elein Derry, una mujer enferma, pero no hay nada más... ¿Por qué te cambiaste el nombre si no tienes un pasado sucio y escandaloso que ocultar? —En ese punto entornó los ojos con una ligera suspicacia y lanzó la pregunta con una nota más seria y exigente que un momento atrás—: ¿Quién era Ivy? ¿Y qué ha venido a hacer aquí?

			A pesar de que todo lo que había dicho sobre mí era cierto, me centré en una sola cosa: no había nombrado a Henrik. No había dicho: «Eres la hermana del que fue jardinero en mi casa». ¿Acaso...? ¿Acaso esa parte no la sabía?

			Considerarlo me abrió una ventana en el cuarto oscuro en el que sentía que Regan me había metido había un momento. Tal vez había una posibilidad...

			Sí, tenía que recurrir a cualquier cosa, porque hasta que él no me dijera directamente que sabía que yo era la hermana de Henrik, no afirmaría nada ni soltaría la lengua.

			—Ivy era una chica que no valía la pena conocer —me limité a responder.

			—Pero ¿qué clase de chica...? ¿Una fugitiva? ¿Una joven inocente? ¿Una asesina? —me preguntó con cierta impaciencia por mi enigmática respuesta.

			Esperó a que contestara, y al ver que tardaba en hacerlo, hizo un movimiento con la mano para invitarme a hablar. Maquiné mentalmente mil posibilidades. Todas me parecieron malas, pero...

			Al menos surgió una idea.

			—Bien, te diré la verdad —suspiré, y fijé la vista en sus ojos (una buena táctica para darle fuerza a una mentira) antes de continuar hablando con serenidad y un aire de aflicción intencional—: Me cambié el nombre porque mi padre era un delincuente y un abusador. Mi madre y yo huimos de él, así que necesitábamos nuevas identidades. Por eso no encontraste nada en mi pasado. No lo hay. Solo un mal padre.

			Regan me contempló en silencio. Traté de mostrarme calmada, a pesar de que los latidos del corazón me martilleaban los oídos y el pecho. Era lo mejor que se me había ocurrido. No sonaba falso ni inventado. Era algo muy real que sucedía a menudo. Si lo cuestionaba...

			—¿Y eso cómo se conecta con que hace años te vi salir de mi casa? —me preguntó tras un momento de análisis.

			A partir de este momento las mentiras salieron de mi boca como si las hubiera planeado desde hacía años y no las hubiese improvisado en ese mismo instante para intentar salvarme. Las pronuncié con tranquilidad y con un buen control de voz. Y parecerá admirable esa habilidad, pero cuando una mentira se cubre con otra mentira, es muy malo. Es terrible. Es como esconder un sarpullido en vez de curarlo. Ese sarpullido se extenderá y al final todos lo verán, pero lo único que yo necesitaba en ese instante era convencer a Regan, así que me arriesgué:

			—No vengo de una familia con dinero —empecé a decir—. Cuando no iba a la escuela, me dedicaba a ir de casa en casa vendiendo distintas cosas. Comencé en mi zona, pero después descubrí que de nada servía intentar vender algo a gente sin dinero, y busqué las zonas de los ricos. Pero aun así no era mucho lo que ganaba, así que... —probé con una expresión de ligera vergüenza— con la excusa de vender, lo que hacía era inspeccionar qué había en las casas de esas personas para poder robar. Por eso me viste allí. En ese momento te dije que estaba vendiendo algo, pero era la mentira que utilizaba para ver qué podía sacar de tu casa.

			Regan elevó las cejas con cierta sorpresa. Mil cosas debían de estar pasando por su mente y una sola resonaba en la mía: «Que se lo crea, que se lo crea, que se lo crea...».

			—¿Así que no hay un objetivo detrás de esa falsa identidad? —preguntó.

			—No —contesté como si ya hubiera entregado cada una de mis cartas—. La falsa identidad me protege de que ese imbécil no nos encuentre a mi madre y a mí.

			Asintió con lentitud, pero de repente su ceño se hundió de manera ligera y detecté algo de desconcierto en su rostro. Creí necesario añadir algo, ampliar la información sobre el «padre abusador», pero Regan empezó a hablar como si estuviera relatando una historia.

			—Una chica que nunca ha tenido mucho dinero llega a Tagus, la universidad más cara del estado, y a los pocos días es elegida novia del popular Aegan Cash. Parece un simple golpe de suerte, porque ni siquiera es tan bonita o tan interesante como para justificar el haber sido escogida por un chico fanático de las copias Barbie, pero entonces te enteras de que su nombre es falso y de que, de hecho, la viste salir de tu casa hace años. Y aunque te parece de lo más raro o, mejor dicho, demasiado conveniente, ella te asegura que todo eso no es más que una simple y casi sorprendente casualidad. —Ladeó la cabeza y buscó mis ojos de la misma forma que un detective buscaría los de un delincuente en la sala de interrogatorios—: ¿Es lo que estás queriendo decirme? ¿O me equivoco en alguna parte?

			Me miró tan fijamente que tuve que gritarme a mí misma:

			«No tragues saliva».

			«No muevas la pierna».

			«No desvíes la mirada».

			«No titubees».

			«Eres Jude y lo que dices es verdad».

			—No te equivocas, es justo así —afirmé asintiendo con la cabeza.

			Regan curvó la boca hacia abajo y pasó a verse algo asombrado.

			—Bueno, admito que me suena rebuscado, pero eso de robar..., bueno, ni siquiera has perdido tu habilidad —dijo entre risas que no compartí—. Estar con Adrik y, también, con Aegan...

			Ah, claro, lo sucedido con Adrik ya era de conocimiento público. Aunque cada cosa que soltaba Regan con esa voz clara y maquiavélica no era solo un comentario, era un «también puedo usar esto contra ti».

			Notó mi rigidez e intentó corregirse con risas más serenas.

			—No te estoy juzgando —me aclaró, como si fuéramos superamigos—. A decir verdad, estoy muy sorprendido. Eres la cosa más simple del mundo, y, sin embargo, has logrado enganchar a dos Cash. Un gran logro.

			Supongo que solo «la cosa más simple del mundo» pudo soltar la peor mentira del mundo:

			—Bueno, es que me gustaron ambos.

			Regan no tuvo nada que decir a eso.

			—¿Qué crees que pensaría Aegan si supiera que tu identidad es falsa? —En su rostro apareció una ligera, sutil y maliciosa sonrisa que me recordó mucho a la de sus hermanos—. Es impulsivo, no perdería su tiempo buscando información, solo actuaría movido por la rabia del momento, y como la rabia iría dirigida a ti... —Hizo una pausa como si me invitara a imaginar las peores situaciones—. Las cosas no terminarían nada bien, ¿verdad?

			Por supuesto que no. Supiera o no que yo era la hermana de Henrik, si Aegan se enteraba de que Jude no era mi verdadero nombre, de que le había estado mintiendo, se encargaría de destruirme. Era el monstruo que posiblemente había matado a mi hermano y que tal vez había matado a alguien más cuyo nombre no sabía, eso según lo que había oído en el club aquella noche mientras él hablaba con un desconocido y yo escuchaba oculta en el conducto de ventilación. Me esperaba lo peor de él.

			—Él solo lo sabrá si tú se lo dices —lancé.

			—Y no voy a hacerlo —me aseguró. De nuevo destelló la mirada de empresario a punto de cerrar un trato—. Voy a creerte y guardaré tu secreto mientras hagas algo a cambio.

			Me mantuve en calma, como si no estuviera a punto del colapso emocional.

			—En ningún momento esperé que fueras a guardarme el secreto sin más —me atreví a soltar con sarcasmo.

			—Es que es muy aburrido eso de hacer cosas sin obtener algo a cambio, ¿verdad? —Regan frunció la nariz con desagrado—. Es mejor cuando hay reciprocidad.

			Ni siquiera me sorprendieron sus filosofías egoístas.

			—Bien, ¿qué es lo que quieres, Regan? —exigí—. Dímelo.

			Hizo un silencio de suspenso porque su astucia era tan cruel que él sabía que me estaba impacientando, que necesitaba saber qué demonios quería a cambio de su silencio.

			Y lo que soltó definitivamente no me lo esperaba.

			—¿Sabes?, desde hace un tiempo tengo la sospecha de que Aegan ha hecho algo muy malo.

			Se me paralizaron hasta los parpadeos. Un frío helado me recorrió la piel. Pasé del miedo a la perplejidad en un microsegundo.

			—¿Algo como qué? —Me salió de forma automática. Tuve que tragar saliva.

			—Es algo que podría meterlo en problemas de los que no podría salir por sí solo —dijo Regan, serio—. Él quizá crea que sí, pero tengo la sensación de que necesitaría mi ayuda o la de nuestro padre, solo que a mí me detesta demasiado como para pedírmela y a nuestro padre le teme demasiado como para contarle la verdad de los hechos si se supiera algo de lo que sea que haya hecho.

			Sentí que mis pulmones no estaban obteniendo todo el aire que necesitaba. ¿Acaso se refería a... lo de Henrik? ¿Acaso Regan tenía las mismas sospechas que yo? ¿Sería posible?

			—Pero ¿a qué te refieres exactamente? —insistí.

			—Lo sabrás en su momento —se limitó a decir—. Pero te diré que quiero ayudarlo, solo que no puedo hacerlo si no estoy seguro de mis sospechas. Y eso es lo que quiero de ti, que me ayudes a confirmarlo todo.

			Puse cara de desconcierto.

			—¿Cómo haría eso?

			—Logrando que Aegan confíe en ti. —Regan esbozó una pequeña sonrisa maliciosa—. Jude, quiero que tú seas la novia que él nunca ha tenido, esa de la que se enamore tanto que no dude en contarte sus más oscuros secretos.

			De acuerdo, eso definitivamente no me lo había esperado. Quería que siguiera siendo novia de Aegan, un objetivo parecido al que yo quería, aunque diferente al mismo tiempo. Mucho más difícil.

			Pero ¿estaba hablando de Henrik? ¿Sospechaba que Aegan lo había matado? Necesitaba saberlo.

			—¿En verdad crees que Aegan va a decirme algo tan importante como lo que tú sospechas? —pregunté en un tono absurdo—. Es más inteligente que eso.

			—Si estuviera enamorado de ti, quizá sí...

			—Aegan no va a enamorarse de mí jamás —le aseguré.

			Regan me miró como si yo no supiera nada de nada y fuera un pequeño e inocente cachorrito. Suspiró divertido y dijo:

			—Jude, tienes más posibilidades de las que crees —suspiró de nuevo con su tono divertido—. Créeme, de alguna forma le interesas. Lo conozco lo suficiente como para notarlo. Justo ahora no es nada profundo o real, te considera su juguete, pero podrías pasar a ser algo más. Tú lo impresionas, lo descolocas; esa es una ventaja.

			Pestañeé. Me sonó incluso chistoso.

			—¿De verdad?

			—Sí. Lo que necesito es que él confíe en ti lo suficiente, y luego, cuando te lo pida, tú harás algo por mí.

			—¿Qué?

			La forma en la que los maquiavélicos ojos de Regan se entornaron y su boca reprimió una sonrisa me indicó que era algo malo, algo peligroso, pero no logré definir qué entre mi nerviosismo e inquietud.

			—Lo sabrás en su momento —decidió mantener el misterio—. Mientras tanto, yo te ayudaré a lograr que mi hermano se enamore de ti. Te diré cuáles son sus puntos débiles, y le atacarás por ahí. ¿Cómo están ahora? ¿Siguen siendo novios después de que él se enterara de lo de Adrik?

			Bueno, después de que se enterara de lo de Adrik, sí, pero después de lo que me había dicho en el baño mientras casi se moría de diarrea, eso de que habíamos terminado y que ya no éramos novios... Tenía la sospecha de que había cortado conmigo de verdad...

			—No lo sé, creo que está enojado y...

			—Vas a recuperarlo —dictaminó—. Empezaremos con esto.

			Metió la mano en el bolsillo de su pantalón de lino color caqui y sacó una hoja doblada en un perfecto cuadro. Me la entregó y me animó a desdoblarla. Cuando lo hice, vi varias cosas escritas, pero por mi nerviosismo no las entendí.

			—¿Qué es esto?

			—Es la lista de las cosas que puedes hacer para atacar los puntos débiles de Aegan. Empezarás por ahí.

			Oh, Dios. Pensé en cuánto me habría ayudado esa bendita lista al principio para tenerlo comiendo de mi mano, pero también pensé en lo increíblemente cruel que era aquello, incluso más cruel que mi plan de fingir ser una novia enamorada. Pero ¿era más cruel que asesinar a alguien? No.

			—Aegan no va a caer, aunque haga todas estas cosas...

			—Lo intentaremos —dijo Regan—. ¿Aceptas?

			Obviamente, no respondí al instante, como si pudiera darme el lujo de dudar. Por un momento incluso creí entender por qué Aegan detestaba tanto a Regan. No por ser medio hermanos, sino porque era un enemigo digno de admirar. Aquello era inteligente. Sabía que a mí no me convenía que supieran que mi identidad era falsa. Y hablando de conveniencias, en realidad el trato me servía de alguna forma. Todavía había cosas que yo necesitaba descubrir: ¿quién era la joven que estaba muerta? Porque Aegan había hablado de una chica muerta aquella noche en el club secreto nocturno, junto con ese tipo desconocido. Ese podía ser mi billete para el éxito, porque también había un móvil con pruebas. Pruebas reales que asustaban a Aegan.

			Necesitaba encontrar ese móvil. Si lo hallaba, no habría fallo. Aegan estaría atrapado. Además, mantenía mi promesa personal de venganza. No quería abandonar por muy peligroso que fuera que Regan supiera mi verdadero nombre. Él no sabía lo de Henrik, pero llegaría a eso en cualquier momento, y haría cualquier cosa horrible con mi secreto. Debía lograr algo antes de que eso ocurriera; si ya no podía demostrar que la muerte de mi hermano había sido culpa de Aegan, demostraría que era un monstruo de cualquier manera.

			¿Que él se salvara y yo cayera?

			Jamás.

			Sabía que el mismísimo diablo estaba delante de mí (por cierto, era condenadamente guapo y aterrador al mismo tiempo), pero prefería que el apellido Cash cayera, aunque yo también tuviera que caer.

			—Tenemos un trato —acepté.

			Regan extendió una sonrisa complacida y se levantó del banco con intención de irse, pero de repente se volvió como si hubiese recordado algo.

			—Por supuesto, ni se te ocurra intentar irte o escapar, porque eso me molestaría bastante —me advirtió con una suavidad amenazante—. Y soy muy bueno encontrando gente. Estaremos en contacto por mensajes. Tengo tu número.

			Asentí.

			En el instante en que Regan se alejó por los caminos de una feria casi desolada, tomé muchísimo aire, como si no hubiera estado respirando desde hacía rato, como si me hubiera estado asfixiando. Mi cuerpo amenazó con hiperventilar e incluso sentí un ligero mareo por lo abrumador que había sido soltar todas esas mentiras, arriesgándome a que Regan supiera que eran eso: mentiras; pero logré mantenerme consciente y tras un momento pude ponerme en pie e irme.

			Obviamente, no volví al apartamento. No quería escuchar los sonidos de felicidad de Artie mientras se enrollaba con Adrik, porque sabía que eso era lo que estaban haciendo. Pues no, gracias. Fui a la biblioteca, el único lugar en Tagus que estaba abierto las veinticuatro horas para que los alumnos se desvelaran estudiando. Me recosté en uno de los sofás de lectura fingiendo leer un libro y pensé un rato.

			En cierto momento se me ocurrió enviarle un mensaje a Aegan para comprobar cómo estaba la situación y así poder calcular cuáles eran mis probabilidades de éxito:

			«¿Estás bien?».

			Su respuesta llegó minutos después:

			«No vuelvas a hablarme en tu jodida vida».

			Tal vez sí estaba bastante molesto conmigo.

			Recuperarlo sería difícil.





			2

			A dar la cara, Jude

			De acuerdo, mente centrada para los nuevos planes.

			Todo había dado un giro dramático: yo ya no era un intento de Cady Heron en Chicas pesadas; era como la Andie Anderson de Cómo perder a un hombre en diez días, pero con otro objetivo: Cómo enamorar a un hombre en un mes.

			Todavía más difícil: un hombre como Aegan.

			Y el triple de difícil: siendo una chica como yo.

			¡Yo tenía todo lo que a Aegan le desagradaba! Nunca me había creído que yo en verdad le gustara. Me había elegido como novia solo para fastidiarme la vida, para vengarse por haberlo humillado en el póquer. Intentar cumplir lo que Regan me había pedido iba a ser muy difícil, porque no solo debía mantenerme cerca de él, que era mi plan inicial, sino que tenía que ganármelo, debía intentar hacerle sentir algo real por mí.

			¿Aegan sentía?

			Bueno, primero tenía que trazar un camino hacia el supuesto móvil con pruebas. Eso también sería complicado porque no tenía ni una pequeña pista. Ni siquiera sabía de quién podía ser ese teléfono. El asunto no se trataba de Eli. Entonces ¿quién era? ¿Cómo lo averiguaba? ¿Por dónde debía empezar?

			Tal vez mi ayudante anónimo podría echarme una mano... Era lo más valioso que tenía en ese momento, solo que no me había enviado ningún mensaje más. Decidí enviarle algo yo:

			Necesito tu ayuda. ¿Quién es la chica muerta? ¿Lo sabes?

			A la espera de alguna respuesta, debía empezar con la primera cosa de la lista que me había pasado Regan:

			Cena especial.

			Sonaba bastante cliché, pero no se trataba de la cena ni de la comida, se trataba del hecho de que alguien preparara algo solo para él, de que alguien le tuviera el suficiente cariño como para tomarse el tiempo de organizarle algo especial. Eso era lo que daba en su punto débil, y por ahí pretendía atacar. Así que con mis cosas en una cesta, fui al apartamento Cash. Era un domingo por la tarde. Por un lado, estaba lista para triunfar como falsa novia; por otro lado, estaba nerviosa, asustada, inquieta, porque... ¿y si veía a Adrik? ¿Qué cara tendría que poner? ¿La de «no me importa que hayas besado a otra chica»? ¿O la de «no pienso en ti como una tontita antes de dormir»? ¿O tal vez la de «claro que no me tiemblan las piernas cuando estás cerca porque me dan ganas de besarte, estúpido»?

			Aunque en un primer momento no tuve que preocuparme por Adrik, porque la escenita que me encontré mientras subía las escaleras fue extraña: Aleixandre dormido en uno de los escalones, tendido como un borracho muerto. Me impactó. Esa imagen estaba lejos del Aleixandre Cash pulcro y decente. Su camisa estaba fuera del pantalón y desabrochada en el pecho, su cabello estaba tan despeinado como el de Adrik, le faltaba un zapato e incluso se le veían varios chupetones en el cuello, ya sabes...

			Uy, ¿qué te ha pasado, amiguito?

			Frente a él, estaba Owen, de pie, con las manos metidas en los bolsillos, mirándolo fijamente. No me vio al instante porque estaba muy concentrado observando a Aleixandre con una expresión tan neutral que me intrigó, pero luego notó que no estaba solo y alzó la mirada hacia mí. Apareció una sonrisa cálida en su rostro de chico de playa.

			—Jude Derry —dijo como una invitación a que me acercara—. ¿Y esa cesta?

			—Oh, vengo a... —empecé a decir mientras subía el resto de los escalones, pero mi mente se fue de nuevo al casi cadáver de Aleixandre—. ¿Qué le ha pasado? No tiene buen aspecto.

			—Supongo que se fue de fiesta anoche. —La sonrisa de Owen flaqueó de forma intrigante—. Lo encontré así hace un momento.

			¿Y se había limitado a quedárselo mirando? ¡Qué raro! ¿O no...? Una parte de mí sospechó algo, pero lo dejé para pensarlo después.

			—¿Quieres que te ayude a llevarlo adentro? —propuse con un encogimiento de hombros.

			—¿Tienes fuerza suficiente? —Enarcó una ceja.

			—Soy la novia de Aegan, eso te da fuerza para cualquier cosa.

			—Touché —dijo, ampliando su sonrisa aún más.

			Dejé la cesta en el suelo y ambos procedimos a cargar a Aleixandre, Owen por las piernas y yo por los brazos. Pesaba como un muerto, en serio, pero logramos llevarlo hasta el sofá de la sala. Cuando lo dejamos caer sobre él, el suave golpe lo despertó. Abrió los ojos abruptamente y extendió los brazos como para defenderse de algo.

			—¡Yo no sabía la verdad! —gritó de golpe. Fue una reacción chistosa, pero misteriosa.

			¿Qué verdad?

			Al darse cuenta de la situación, nos miró a ambos intentando reconocernos.

			—Bienvenido a la vida —le saludó Owen con mucho ánimo—. ¿Café? ¿Zumo? ¿Más alcohol? ¿Qué desea el señorito Cash?

			Hubo un momento de silencio hasta que Aleixandre soltó aire y volvió a dejarse caer en el sofá como derrotado, cansado y aún algo ebrio.

			—Vete —le soltó groseramente a Owen.

			—Pero si Jude y yo acabamos de llegar. Hemos venido solo a verte —resopló Owen de vuelta, aún divertido—. ¿Qué modales son esos?

			Aleixandre no estaba de humor.

			—¡Que te largues!

			—¿Qué hiciste anoche? —preguntó Owen con curiosidad, en lugar de irse.

			—Una mierda que no te importa —zanjó Aleixandre.

			Jamás lo había escuchado hablar así. Sus estados de ánimo habituales eran: alegre o coqueto, nunca grosero, nunca desaliñado. En ese instante sonó como... Aegan.

			—¿«Esa mierda» —repitió Owen— te sirvió para descargarte por lo de la rueda de la fortuna? Porque sí, todos hablan de que te estabas besando con un chico esa noche. Y sí, hasta hay un vídeo. Y sí, me reí.

			Aleixandre abrió los ojos de golpe y miró solo a Owen. Las preguntas le salieron muy rápido:

			—¿Quién hizo lo de la rueda? ¿Lo sabes?

			Oh, yo sí lo sabía..., pero obviamente no iba a decírselo.

			—Ni idea. —Owen encogió los hombros—. Pero te dije que tarde o temprano alguien se enteraría de que andabas con un chico. Habrías evitado lo sucedido si hubieras sido honesto sobre esa relación.

			Las cejas azabaches de Aleixandre, que parecían ser uno de los rasgos más característicos de los Cash, se hundieron en una expresión furiosa. Su mandíbula se tensó.

			—¿Honesto? ¿Por qué demonios tenía que ser honesto con algo que no es real? —soltó, claramente muy enfadado.

			Se me escapó mi lado chismoso.

			—¿Qué no es real? —pregunté.

			Aleixandre se dio cuenta de que yo también estaba presente en la sala y se quedó algo paralizado con los ojos bien abiertos... ¿Tal vez dije algo que no debía a alguien que no tenía que escucharlo? No me respondió.

			—Levántate y ve a darte un baño —carraspeó Owen, cambiando de tema—. Tenemos cosas que hacer hoy.

			Pero Aleixandre no se levantó. Todo lo contrario, suspiró y volvió a cerrar los ojos, negando con la cabeza, enfadado. Owen aguardó unos segundos para darle una nueva oportunidad. Al ver que Aleix no pensaba moverse, se dio la vuelta y caminó hacia la cocina con su actitud relajada. Lo vi abrir el refrigerador. Sirvió agua fría en un vaso. Luego cerró el refrigerador, volvió a la sala, me guiñó un ojo con coquetería y arrojó el agua fría a la cara a Aleixandre. El pequeño de los Cash saltó sobre el sofá y se levantó de golpe con los ojos grises abiertos como platos y la cara empapada.

			—Buen chico —sonrió Owen al verlo de pie—. Ve y báñate, que hoy no vas a evitar nada que no debas. Te esperaré.

			Aleixandre le dedicó una mirada asesina, una mirada en la que brilló cierto resentimiento.

			—Puedo evitar hacer lo que se me antoje —le soltó—. Eso me lo enseñaste tú.

			Sin decir nada más, se fue de la sala, tal vez a ducharse o tal vez a dormir en su habitación. Dejó un silencio flotando en la sala. Miré a Owen con curiosidad. Permanecía quieto, mirando en dirección hacia donde Aleixandre se había ido. Me pregunté si debía preguntar algo. Tenía demasiada curiosidad. ¿Qué no era real? ¿Qué había evadido Owen? ¿Y esa mirada dolida, Aleix?

			—Nunca me va a perdonar —suspiró Owen de pronto, y fue de nuevo hacia la cocina, esa vez para buscar algo que beber.

			—¿A qué te refieres? —intenté averiguar. Traté de no sonar muy interesada, a pesar de que, demonios, quería saber el chisme.

			Para mi sorpresa, me respondió mientras abría una lata de cerveza.

			—Hace unos años me fui durante mucho tiempo para evitar afrontar algo importante. No les dije nada ni a él, ni a Aegan, ni a Adrik, solo desaparecí. Estuvo mal.

			Pretendía preguntar qué había sido eso tan importante que había evitado afrontar cuando...

			Adrik apareció.

			La puerta de entrada se abrió y entró en el apartamento con su mochila al hombro y unos libros en las manos. No lo había visto desde la feria, pero sentí como si hubiera pasado una eternidad. Se veía igual de distante que siempre e igual de ojeroso. ¿No dormía bien? ¿Sufría de insomnio? ¿Por qué? Paseó la mirada entre Owen y yo.

			—Mi amargado favorito —le saludó Owen, y luego puso su atención en mí de nuevo—. Por cierto, Jude, no me has dicho para qué es esa cesta que traes.

			Las palabras casi se me atoraron en la garganta porque Adrik escuchaba mientras iba hacia la nevera por algo de beber. Me pareció que lo peor que debía hacer, además de mentir, era mentir delante de él...

			De todas formas, me llené de valor y dije:

			—Es que prepararé una cena especial para Aegan. Vine temprano para preguntarles si pueden dejarme el apartamento para estar a solas con él esta noche. Ya saben...

			Lo que se escuchó tras mi última palabra fue la puerta de la nevera cerrándose con fuerza, aunque Adrik se limitó a abrir su lata con tranquilidad. Ninguna emoción reconocible en su rostro; solo distancia, frialdad.

			—¿De verdad? —reaccionó Owen con sorpresa—. A Aegan le va a encantar eso.

			—Sí, él está molesto conmigo por lo de la diarrea —confesé—. Cree que yo tuve algo que ver y...

			—¿Y no fuiste tú? —preguntó Owen con divertida suspicacia.

			—Oh, no, ¿cómo puedes pensar que fui yo? —Me hice la que jamás podría hacerle algo así de malo a su amado novio.

			Adrik habló por primera vez:

			—La persona que hizo eso fue bastante inteligente. Jamás lo habían humillado así.

			Y mientras bebía su cerveza, me miró tan fijamente que lo único que pude hacer fue desviar mi atención hacia otra parte, nerviosa. Él debía saberlo, pero yo no iba a aceptarlo.

			—No merecía que le hicieran algo así —fue lo que salió de mi boca.

			—Sí, hay cosas que Aegan en definitiva no se merece, y hay cosas que sí —dijo Owen de forma enigmática—. Pero claro que te dejarán el apartamento para que puedan estar solos, ¿verdad, Adrik?

			Owen se acercó a Adrik y le dio unas palmadas en la espalda. Adrik no pareció muy dispuesto, pero tras unos segundos aceptó:

			—Por supuesto.

			—¿Y sabes qué más? —dijo Owen, sonriendo con entusiasmo—. Nosotros te ayudaremos a prepararlo todo.

			Me quedé paralizada. Adrik hundió las cejas de inmediato y lo observó en un claro «¿qué demonios pasa contigo?». Owen se mantuvo tan feliz como un emoji.

			—Oh, no... —intenté rechazar.

			—Nada de «oh, no» —me interrumpió él con un gesto de advertencia—. Te ayudaremos para que todo quede perfecto; porque mereces reconciliarte con Aegan. Ustedes dos hacen una buena pareja. Tienen sus... altibajos, pero al fin y al cabo tienen sentimientos reales el uno por el otro y sobre todo muy pero muy claros, sin ningún tipo de confusión. —Miró a Adrik de una forma extraña—. ¿Verdad, Adrik?

			Adrik no dijo nada al instante. Fue un momento incluso incómodo. Me sentí rara, como si estuviera perdiéndome algo importante. Al final habló, de nuevo sin ninguna emoción reconocible:

			—Claro.

			Owen juntó las manos y las frotó con entusiasmo.

			—Empecemos.

			Me ayudó a sacar todo lo que había dentro de la cesta. La mayoría eran ingredientes para los tacos (que era la comida favorita de Aegan, según Regan). También traía unas velas y un vestido ajustado de color negro que había visto en una tienda y que usaría esa noche, porque no sería la desaliñada Jude, no, sería la hermosa y elegante Jude que Aegan siempre había querido ver, con maquillaje incluido. Toma esa, Cash, ¡ja!

			Luego comenzamos a cortar los ingredientes para los tacos. Mientras, Owen le pidió a Adrik que preparara de forma creativa el espacio donde Aegan y yo comeríamos. A Adrik, con su cara de culo y su aura de solo querer estar en otra parte del mundo, se le ocurrió poner un escritorio frente al ventanal y le colocó una sábana blanca encima. Luego le puso las velas y dijo:

			—Listo.

			Owen dejó el cuchillo y enarcó una ceja. Juzgó el trabajo de Adrik con una sola mirada.

			—¿Esa es tu creatividad?

			—Pues yo apreciaría esto. —Adrik alzó los hombros.

			—Ya, pero no sé si recuerdas que la cena no es para ti —le dijo Owen con suavidad—, así que no tienes que guiarte por tus gustos.

			La mirada de Adrik se posó en mí por un mínimo instante, como si hubiese sido yo quien indirectamente le hubiese dicho eso. Sentí que quiso decirme un montón de cosas, cosas como: «Te odio», pero luego apretó la mandíbula y empezó a quitar todo lo que había puesto.

			—¿Cómo lo hago entonces? —preguntó con amargura.

			Owen pensó un momento. Sus ojos color miel chispearon ante una idea ingeniosa.

			—Que sea en el suelo. Estiras la sábana allí y pones las velas en medio. Es relajado y les dará libertad para acercarse en cualquier momento y...

			—Ya lo he entendido —soltó Adrik para callarlo.

			Owen amplió su sonrisa relajada.

			—Siempre he dicho que eres el más inteligente.

			Admitiré que por una parte fue horrible verlo preparar las cosas mientras Owen y yo cocinábamos los tacos, pero por otra parte me resultó satisfactorio. ¿Qué? ¡Él me había hecho mirarlo besar a Artie en la feria! Lo que él estaba haciendo ahora era nada en comparación. Pero fue mi pequeña venganza.

			En cuanto terminó de poner la sábana y las velas, soltó:

			—Terminado, ya me voy.

			Fue directo a la puerta, con toda la intención de largarse, pero Owen actuó rápido:

			—Claro que no te vas, ven a cortar la lechuga —le ordenó, señalando la lechuga sobre la encimera.

			—No puedo —se negó Adrik, tomando sus llaves.

			Owen insistió:

			—Sí puedes.

			—Las manos me dejaron de funcionar —aseguró Adrik, sarcástico—. He hecho un trabajo duro.

			—Adrik... —dijo Owen, esta vez con ese tono amenazante que usa quien sabe algo importante sobre ti, y luego añadió con cierta lentitud—: No te vas a morir por ayudarnos.

			Me sorprendió que eso lo detuviera. Se quedó parado frente a la puerta con las llaves en la mano, como pensando. Tras unos segundos, con una cara de «maldita sea, ¿por qué esto me está pasando a mí?», nos miró.

			—Bien —aceptó quedarse.

			Después de eso, se mantuvo en silencio mientras preparábamos la cena. Owen, sin embargo, no calló: habló de cuánto le gustaban los tacos a Aegan, de cuánto iba a disfrutar con la cena, de cuán genial era que se me hubiera ocurrido aquello... Cuando todo estuvo listo, Owen se mostró complacido. Me deseó suerte y luego de sacar a Aleixandre a rastras de su habitación, ya bañado, se fue.

			Por un momento solo quedamos Adrik y yo. Él se acercó a la ventana, sacó un cigarrillo y empezó a fumarlo con mucha calma. Aun así, el ambiente cambió por completo. Un silencio denso flotó entre nosotros hasta que...

			—Así que eres de las que organiza cenas románticas —comentó él. Sonó muy sereno—. Estoy impresionado.

			No, yo no lo era. Yo no hacía esas cosas. Estaba obligada a hacerlo y no podía decirlo.

			—Es mi novio, debo esforzarme —fue lo que dije.

			—Tu novio... —pronunció sin mirarme, más como si estuviera analizando la palabra.

			—Sí —reafirmé.

			Se apartó de la ventana y comenzó a acercarse a mí. Fue tan inesperado que no supe cómo reaccionar, aunque fue más que nada esa estúpida debilidad que él siempre me causaba lo que me bloqueó todo —pensamientos, coordinación, sentido común— y me impidió alejarme.

			Su comisura derecha se elevó con malicia, porque lo notó.

			—¿Tu novio te pone así de nerviosa? —me preguntó a medida que se acercaba.

			Confundida y sí, nerviosa, logré retroceder con torpeza.

			—¿Qué ha-haces?

			—¿Te hace tartamudear? —Siguió avanzando con total intención.

			—Adrik...

			—¿Dices su nombre con el mismo tono de voz rendido con el que dices el mío?

			Mi espalda dio contra el refrigerador. No pude escapar más. Él se detuvo muy cerca, y mi corazón, que latía rapidísimo por la intensidad de los sentimientos que debía reprimir, casi me dejó sin aliento. Lo peor: mi rostro lo expresó todo. Mis labios entreabiertos, mis ojos bien abiertos...

			Adrik me contempló por un instante, malvado y divertido. No fui capaz de decir algo, aunque quise con todas mis fuerzas.

			—Eso supuse —dijo tras un momento, y volviendo a poner su expresión indiferente añadió—: Buena suerte en la cena entonces.

			Me dio la espalda y de la forma más cruel del mundo, se fue.

			Me quedé un momento allí, contra el refrigerador, temblando. Una parte de mí estuvo decepcionada por el hecho de que se fuera, pero lo reprimí. Nada de Adrik. ¡Ya nada de ese ser! El centro de mi falso mundo debía ser Aegan. Esa noche era para Aegan. Confié en que no podía salir mal.

			Confié...


Aegan apareció una hora después. Entró en el apartamento como un emperador egipcio entrando en un sitio donde había un problema que solo él podía resolver. Llevaba un pantalón gris por encima de los tobillos y una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos. Ese estilo era muy años cincuenta, pero le sentaba bastante bien. Se veía poderoso, como si fuera el líder de una mafia universitaria cuyo objetivo era traficar con orgasmos. Vale, exagero, pero es que trato de hacer una descripción poética y atractiva.

			—¡Llegu...! —No completó la palabra al verme junto al borde de la sábana, frente al ventanal, sonriente.

			Lo había tomado totalmente por sorpresa. Hundió las cejas con confusión y al mismo tiempo me hizo un repaso completo. Luego volvió a examinarme como si acabara de ver a su enemigo arrodillándose ante él. Le pareció extraño todo: la sábana, las velas, los platos, el lugar, mi posición y sobre todo mi aspecto, pero sonreí. Sonreí ampliamente y de manera encantadora.

			—Hola —lo saludé. Mi voz sonó acaramelada.

			—¿Qué es esto? —dijo al instante, desconfiado.

			—Te he preparado algo especial.

			—¿Tú? —soltó, aún más desconfiado.

			—Sí —asentí, y señalé la sábana en el suelo—. Ven, por favor.

			—¿Para qué?

			Dios mío, ¿por qué hacía esa pregunta tan estúpida si todo era obvio? Me esforcé en no perder la paciencia.

			—Vamos a comer juntos —le expliqué.

			—¿Dónde están los demás? —exigió saber.

			—Estamos solos.

			—¿Por qué?

			—¡Porque sí, demonios! —Me salió con cierta exasperación, pero rápidamente recuperé mi postura de novia paciente y forcé mi sonrisa—. Solo ven a sentarte conmigo para que cenemos.

			Ahí reaccionó y dio algunos pasos hacia delante. Con una ceja enarcada miró el camino delante de él.

			—¿Has puesto minas en el suelo o algo así? —resopló.

			—No, tonto... —Me reí de forma estúpida—. Solo... sentémonos.

			Se sentó frente a mí. Yo hice lo mismo. Crucé las piernas con decencia para que mi vestido se viera lo más corto posible, pero que al mismo tiempo no se viera mi ropa interior. Cogí la copa de vino y bebí. Me sentí de lo más ridícula, como si estuviera frente a una cámara para un casting porno, pero, bueno, las cosas que había que hacer...

			—Cenaremos tu comida favorita —le dije tras beber un trago—. Tacos.

			Él lo observó todo con ligera suspicacia. Estábamos tan acostumbrados al extraño pero malvado juego de «ser novios» que no confiábamos el uno en el otro, pero me mostré sin dobles intenciones, transparente, como una chica que está frente al chico que le gustaba.

			—Me sorprende —admitió Aegan simplemente.

			Asentí con orgullo, me llevé la copa a la boca y bebí. Fue un movimiento lento y premeditado, tan delicado y sensual que ni yo misma entendí de dónde me había salido. Por un momento temí verme tan falsa como un cocodrilo usando un tutú, pero Aegan miró mis labios de manera inevitable. Luego, desconcertado por eso mismo, volvió a mis ojos.

			—No me veo tan mal, ¿verdad? —comenté con una sonrisa amplia y presuntuosa.

			—Siempre te ves igual —contestó.

			Tomó su copa y bebió un trago largo. Apenas la alejó de su boca y la dejó junto a su plato, se relamió los labios. Hice lo mismo y luego me incliné un poco hacia delante para ganar más cercanía. Él de nuevo frunció el ceño, como si cada movimiento mío o cada palabra lo desconcertara demasiado. Sus ojos claros y fieros se acentuaron bajo esas cejas azabache.

			—Nunca estamos solos —le dije—. Nunca podemos hablar.

			—¿Y de qué tendríamos que hablar? —inquirió como si la pregunta y la respuesta fueran una tontería.

			¿Listos para el espectáculo? ¿Preparados para la interpretación más épica que verán en sus vidas?

			Tres..., dos..., uno...

			¡Acción!

			—Escucha. —Fingí tomar aire, como si decir lo que iba a decir me pusiera nerviosa. Me aseguré de mirarlo a los ojos. Eso era importante. No quería que atisbara nada de duda o falsedad en mí—. Sé que soy un juego de noventa días para ti. Sé que quizá me escogiste solo para vengarte por haberte retado aquella noche. Sé que en realidad nunca te he gustado, y acepté todo eso porque en un principio sentí que eras un idiota y que también podía buscar una forma de molestarte. Solo que... las cosas no han salido como esperaba.

			El ceño fruncido de Aegan se suavizó un poco. La actitud cautelosa y suspicaz perdió fuerza. Fue como si le pusieran enfrente un problema matemático que, en vez de preocuparle, lo dejara descolocado y le alborotara los pensamientos en un intento por comprenderlo y resolverlo. Buscó de nuevo la copa, quizá porque se le secó la garganta o quizá porque la confusión le exigió líquido, pero aproveché el instante en que se la llevó a la boca para lanzarle la bomba:

			—Esto me ha terminado gustando.

			No bebió. Volvió a hundir el ceño y me miró, quieto, muy quieto. Probablemente, se estaba preguntando a sí mismo: «¿He oído bien?». Devolvió la copa a su lugar. Examinó mi rostro en busca de algo: un fallo, un error, algo que le permitiera gritar: «¡Te pillé, mentirosa!», pero no lo encontró. Me mantuve en mi papel, centrada en mi engaño, como si se me hubiera metido en el cuerpo el espíritu de Meryl Streep.

			—¿Con «esto» te refieres a...? —empezó a preguntar, tal vez para comprobar si su deducción era cierta.

			—A ti.

			Aproveché su ligera estupefacción para ejecutar alguna maniobra. Extendí una mano y, ante la probabilidad de que la apartara porque era un imbécil, la coloqué sobre su mejilla y le obligué a sostenerme la mirada.

			—No te estoy diciendo que te amo ni te estoy pidiendo nada más de lo que te gusta dar —añadí en un tono más suave e íntimo—. Me refiero a que no todo el tiempo tenemos que detestarnos. Podríamos..., no sé..., estar de acuerdo en alguna cosa.

			—¿En cuál?

			—En la que tú quieras.

			Pronuncié cada palabra con detenimiento y con una sonrisa leve pero juguetona. Más claro imposible, ¿no? Le estaba dando luz verde para acelerar en la vía que tomara, y para no dejarle dudas, bajé la mano que había colocado en su mejilla y la dejé descansar sobre su pierna. Con esto último todo se esclareció para él. La confusión desapareció de su rostro y dio paso a la mirada depredadora y felina que lo caracterizaba. Sus labios formaron una curva diabólica.

			Lo di por ganado en cuanto se inclinó hacia mí. Dejé que hiciera lo que fuera a hacer mientras me repetía a mí misma: «Es guapo, huele bien, besa bien, sabe lo que hace, no pasarás un mal rato. Es cruel, pero está bueno. Solo cierra los ojos e imagina que...».

			Su boca hizo contacto con la mía. Fue un toque suave, provocativo. Su aliento me rozó, cálido y fresco. Luego besó mi comisura derecha, un gesto incluso tierno, y siguió por mi mejilla. Tomaría el rumbo hacia mi cuello. Teníamos la privacidad para ponernos así de atrevidos. Si Aegan quería, podía quitarme la ropa ahí mismo; nadie interrumpiría. Por eso cerré los ojos y me concentré en las sensaciones: sus besos sobre mi piel y una de sus manos sosteniendo mi rostro para atraerme hacia el suyo. Incluso, para motivarlo, le di un apretón en su pierna, la cual seguía tocando. Entonces llegó al lóbulo de mi oreja, y cuando pensé que haría algún truco excitante...

			—¿Por qué debería creerte? —susurró con ese tono metódico y propio de un enemigo que me causó un escalofrío.

			Evité estremecerme para no delatarme, pero algo dentro de mí se desequilibró. Algo gritó: «¡Peligro! ¡Ten cuidado!». Y pensé y calculé bien mis palabras antes de pronunciarlas:

			—Vamos, Aegan, ¿es que no te gusto ni un poco?

			La sonrisa de Aegan se ensanchó de forma diabólica.

			—¿Que si me gustas, aunque sea un poco? —repitió con suavidad y diversión—. ¿Tú? ¿La chica que apareció de repente, me retó, me insultó, luego se esmeró en molestarme, luego se besó con mi hermano, luego creyó que yo le había hecho algo malo a mi ex y al final me dio un laxante en lugar de una pastilla para el resfriado para que todos se burlaran de mí?

			Me quedé de piedra por lo inesperado de ese contraataque, pero evité que todo eso llegara a mi expresión y la mantuve imperturbable. De todas formas, mató el momento. Solo pude echarme hacia atrás y volver a mi lugar.

			Hice un esfuerzo por explicarme.

			—No tuve nada que ver con lo que te pasó en la tarima, y sobre lo de Adrik...

			—¿Eso fue tu plan para intentar demostrarme que crees que él es mejor que yo? —me interrumpió.

			—No, fue...

			—Porque tú no sabes nada, Jude —aseguró—. Sobre nada.

			Me sentí a punto de ser empujada contra la espada y la pared, así que reaccioné con lo primero que se me ocurrió.

			—Iré por los tacos.

			Me levanté rápido, pero en un movimiento ágil Aegan me tomó de la muñeca y me detuvo. Miré su rostro. Ya no sonreía, ya no parecía feliz; su expresión se había ensombrecido de una manera severa y temible.

			—Siéntate, Jude —dijo secamente, y no logré diferenciar eso de una amenaza, una advertencia, una orden o una exigencia. Pareció todas esas cosas al mismo tiempo.

			Me senté. Entonces, empezó a acribillarme a preguntas y mis respuestas tuvieron que ser muy rápidas:

			—¿Quién te dijo que me prepararas esta cena?

			—Se me ocurrió a mí.

			—¿Quién te dijo que los tacos son mi comida favorita?

			—Se lo pregunté a Aleixandre. Y sí, me equivoqué enrollándome con Adrik, pero estaba muy enfadada porque eres cruel conmigo todo el tiempo...

			Su resoplido de desconcierto me interrumpió:

			—¿Se supone que te gusto, pero no aceptas mi personalidad?

			—Aegan, quiero decir que...

			—¿Que tu solución al estar enfadada es correr a besarte con mi hermano en lugar de hablar conmigo?

			—¡Para empezar ni me dejas hablar! —exclamé al perder un poquito la paciencia—. ¡Y pensé que el asunto de haberme besado con Adrik ya no importaba porque dijiste que lo habían hablado!

			—Deberías pensar un poco mejor, aunque sería mucho esfuerzo para ti.

			Todo mi esfuerzo por ser paciente se agotó tras eso último.

			—¿Por qué hablas como si tú fueses una víctima? —solté.

			—Porque lo soy —aseguró con un tonito tan falso que me molestó más.

			—No, no lo eres —refuté—. Lo único que te ha molestado tanto de todo lo que he hecho es desafiarte. Del resto, no soy capaz de causarte un daño sentimental. Y lo sé, lo sé muy bien porque nunca he sido tu novia solo porque te gusto.

			Quiso esbozar una sonrisa burlona, pero la reprimió.

			—Tal vez es cierto —admitió, medio pensativo—. Tal vez no. No importa, porque puedo hacer que todo se vea como yo quiero, y lo que yo quiero es que tú te veas como la mala, esa es la verdad. Es lo que he querido desde el primer día que te elegí.

			Una peligrosa punzada de rabia me atenazó, porque yo siempre había sabido que esa imagen de chico caballeroso no era real, que lo admitiera solo agrandaba mi ira.

			Él se levantó del suelo con decisión, listo para abandonarme, pero por Regan, sus órdenes y mi plan no podía permitirlo.

			—Aegan, lo de Adrik ya no tiene importancia —me apresuré a decir contra cada centímetro de mi orgullo y de mi ira—. Estoy contigo, quise que fuera así, y lo sigo queriendo, aunque me trates de esta forma.

			Se detuvo justo al pasar por mi lado. Pensé que había tenido éxito porque se volvió hacia mí y se agachó. Su rostro quedó a la altura del mío, chasqueó la lengua y formó una línea con los labios con una falsa empatía. Fingió sentirse mal por mí de una forma que fue adrede y un poquito exagerada.

			—Sigue intentándolo, que esto casi me lo creo. —Inesperadamente, cogió mi barbilla. Jamás lo desprecié tanto como en ese momento, pero lo odié con todo mi ser cuando canturreó con la misma docilidad y algo de lástima—: Ahora lárgate a tu apartamento, quítate ese ridículo vestido y repítete a ti misma una cosa: «No debo seguir intentando verle la cara de estúpido a Aegan, porque yo no juego con él, es él quien puede jugar conmigo».

			Sin más, se perdió por el pasillo y pronto lo que escuché fue su puerta cerrarse con la fuerza suficiente para entenderse como un «no pienso compartir una cena contigo».

			Quise ponerme de pie, ir a su estúpida puerta, golpearla como loca y gritarle mil groserías junto a un «¡nadie nunca te va a amar de verdad, Aegan Cash», pero no tuve tiempo para ser impulsiva o para lamentarme por mi fracaso porque mi teléfono vibró de repente.

			Lo saqué para mirar qué me había llegado. Era un mensaje. ¡Del anónimo! Me quedé confundida.

			Me había enviado una ubicación por Google Maps, y un pequeño mensaje: «M., C.».

			¿M., C.? ¿Mucho culo? ¿Muérete, compañera?

			¿Qué rayos significaba eso?





			3

			Es alguien a quien ya viste, solo recuerda

			En mi primer tiempo libre del día siguiente, fui a la ubicación que me había enviado el anónimo.

			No mentiré, notaba cómo la adrenalina corría por mis venas. Me sentía como Nancy Drew. Aunque... no tan inteligente. Me intrigaba demasiado lo que podía descubrir, e incluso me di cuenta de que el anónimo me caía bien, a pesar de que no sabía cuáles eran sus verdaderas intenciones. Podía ser una trampa, podía ser un plan para llevarme hasta un punto en el que quedaría atrapada, o podía estar ayudándome para que yo pudiera dar con una gran verdad y exponer a Aegan.

			Pero ¿por qué el anónimo querría eso? ¿Por qué odiaba tanto a Aegan?

			La ubicación me llevó a uno de los edificios de facultades y luego al primer piso, a una sala llamada Sala de Trofeos. Era un espacio dedicado a cada logro obtenido por algún equipo o por algún estudiante de Tagus en alguna cosa importante como deportes, competencias matemáticas, científicas, literarias, audiovisuales, etc. Había estantes y vidrieras por doquier. Las paredes estaban plagadas de fotografías, cuadros y repisas. No había nadie, a pesar de que estaba abierto al público.

			Le envié un nuevo mensaje al anónimo:

			«Ya estoy aquí».

			Aguardé su respuesta, pero como pasaron varios minutos y no llegó, hice lo que me había dicho la última vez: busqué. Busqué sin saber qué estaba buscando. Me detuve a mirar cada trofeo, a leer en sus placas e incluso a mirar dentro de ellos. ¿Y si alguien había escondido algo importante en alguno? Mejor ser precavida.

			Pero... no encontré nada dentro de los trofeos (buh) y tampoco en las placas. Solo vi un montón de premios de varios Cash, incluido Adrien Cash por fútbol y debate, aunque... luego encontré algo. O mejor dicho, me di cuenta de algo en una fotografía.

			Estaba dentro de uno de los estantes. Era la foto de un equipo. Estaban uno al lado del otro, muy juntitos. En la fila de delante, todos permanecían sentados. Uno de los rostros, específicamente el de una chica, me llamó mucho la atención. Tenía el cabello largo y marrón. Era hermosa, parecía casi angelical, feliz, y yo la había visto antes...

			La busqué en los recovecos de mi mente. Sentía que la conocía, que ya había visto ese rostro, pero ¿dónde? Muy intrigada, miré la placa rectangular debajo de la foto. Decía: 2018 - equipo de tagus. No había nombres.

			No logré conectar nada en ese instante, pero sospeché que esa foto tenía relación con algo. No podía ser simple casualidad que el anónimo me enviara hasta allá y yo reconociera una de las caras. Tal vez de eso se trataba, así que abrí el cristal y la robé. Luego salí de la Sala de Trofeos como si no hubiese pasado nada, damas y caballeros.

			Tenía una idea de cómo podía averiguar quién era esa chica, el problema era que para ello tendría que hacer algo que no tenía muchas ganas de hacer: pedir ayuda a Kiana y Dash, que habían confiado en mi plan y me habían visto no ponerlo en marcha la noche de la feria. ¿Con qué cara podía presentarme ante ellos? Es decir, podía hacerlo, pero ¿qué mentiras les diría? Acumular más mentiras no entraba en mis planes iniciales.

			Bueno, era hora, ¿no? Ellos eran mi fuente de información más importante en Tagus. Estaba segura de que podían reconocer esa cara.

			Mientras caminaba por el campus rumbo al Bat-Fit, nuestro punto de encuentro, en donde además a Dash le encantaba desayunar, me di cuenta de que Tagus estaba deslumbrante ese día, como si las humillaciones sucedidas en la feria le hubieran dado un brillo especial. ¿Tal vez toda la institución se nutría de las desgracias ajenas? Los alumnos cuchicheaban por los pasillos y se reían de algo que podía hacer sospechar a cualquiera. Había nuevos anuncios sobre nuevos eventos en los paneles informativos y los perfiles oficiales de los distintos clubes estaban siendo actualizados. En algunos comentarios, la gente todavía se burlaba de Aegan y el asunto de Aleixandre causaba más risa que otra cosa.

			Eso le molestaba. Aleixandre estaba afectado, aunque todavía no entendía muy bien la razón. Parecía ser más complicada que solo «aceptar que le gustaba un chico».

			Como fuera, vi a Kiana y a Dash apenas pisé el interior del Bat-Fit. Estaban sentados en una mesa, hablando. No se habían enfadado cuando se mostró el vídeo del beso con Adrik en el auditorio y me habían defendido. Tuve la esperanza de que comprenderían mis razones para no cumplir el plan en la feria (razones inventadas, por supuesto).

			—¡Por fin apareces! —soltó Kiana en el instante en que me senté frente a ellos—. ¡No has respondido a ninguno de nuestros mensajes! ¿Qué fue lo que pasó?

			Ah, sí, había recibido sus mensajes, pero los había ignorado todos.

			Intenté explicarles:

			—Yo...

			Pero Kiana me interrumpió:

			—¡Lo tuviste todo a tu favor y no hiciste nada!

			Lo intenté de nuevo:

			—Es que...

			Pero soltó:

			—¡Era el momento perfecto!

			Un nuevo intento:

			—Sí, pero...

			Y una nueva interrupción:

			—¡Y no hiciste nada!

			—¡Déjala hablar! —le gritó Dash.

			Kiana cerró la boca. Él asintió y me hizo un gesto con las manos para que siguiera hablando.

			—Sentí miedo, ¿de acuerdo? —suspiré, tratando de sonar lo más honesta posible—. Por primera vez me pregunté: «¿Y si esto está mal?».

			Hubo un silencio entre nosotros. Dash se me quedó mirando como si tratara de leerme la mente y Kiana pestañeó. Creí que los había convencido hasta que ella soltó:

			—Oh, Dios, está enamorada de ellos.

			De-mo-nios.

			—¿Qué? ¡No! —me defendí.

			—¿Lo estás? —preguntó Dash, confundido.

			—¡Que no!

			—¡Entonces no tiene sentido! —exclamó Kiana con frustración—. ¡Nuestro plan era perfecto, pudiste haber humillado a Aegan delante de todos y hoy no se hablaría de otra cosa! En cambio, solo se habla de Aleixandre y de la diarrea de Aegan, cosas que todos habrán olvidado dentro de una semana cuando salga un nuevo chisme.

			Dash, que radiaba con su camisa verde de mangas largas, fue sincero:

			—Admitiré que yo estoy muy satisfecho con lo que se dice de Aleixandre.

			Quise decir algo, pero Kiana intentó calmarse a sí misma.

			—Bueno, tal vez podamos pensar otro plan —sugirió, jugando con nuevas ideas mentales—. Aún eres su novia, ¿no? Aún tienes tiempo para...

			—No —le interrumpí—. No quiero pensar otro plan.

			—¿Cómo que no? —Se quedó perpleja.

			—No quiero hacer nada contra Aegan —dije sin más.

			—¿Por qué no?

			Su cara de desconcierto fue épica. Incluso la cara de confusión de Dash fue curiosa. Sí, sí; tal vez era un poco difícil de creer que de la noche a la mañana yo ya no quisiera humillar al Cash que más odiaba, pero idear un nuevo plan de humillación con ellos solo podía perjudicarme. Lo que necesitaba a partir de ahora era mantener a Aegan lo más cerca de mí que fuese posible, así conseguiría que Regan estuviera lo suficientemente contento para que no me delatara y conseguiría una forma de cumplir mis objetivos y luego largarme definitivamente.

			Sin dar una respuesta a la pregunta de Kiana, saqué de mi mochila la fotografía robada de la Sala de Trofeos y la puse en la mesa.

			—Díganme algo, ¿saben quién es esta chica? —La señalé en la imagen.

			Sus miradas se fueron hacia el lugar que indicaba mi dedo. Hubo un silencio un poco largo, de hecho, extrañamente largo. Noté algo de repentina incomodidad en Dash, sabes, ¿no? Como cuando ves una cosa que no esperaste ver jamás y que ahora que ves no sabes ni cómo sentirte. En Kiana una seriedad profunda.

			—Esta es... Melanie Cash —dijo Dash finalmente.

			Oh, por los dioses de los nombres. Melanie Cash. ¿M. C.? ¿Eso significaban las letras del mensaje del anónimo?

			—Era —corrigió Kiana a Dash con una voz más seria de lo normal.

			Las preguntas me salieron con estupefacción:

			—¿Era? ¿Cash? ¿Los Cash tienen una hermana?

			—Una prima —aclaró Dash—. Y la tenían.

			Quise saberlo todo pero ya.

			—¿Qué pasó con ella?

			—Murió.

			—¿Cómo?

			Kiana alzó los hombros. Su aspecto rudo lograba intimidar a veces, pero en ese momento su aspecto más su mal humor generado por mí dieron la impresión de que quería golpear a alguien.

			—Se supo que estaba muerta; solo eso —dijo ella, molesta—. Pero ¿qué vamos a saber nosotros? ¿Realmente sabemos algo sobre los Cash? Todo a su alrededor es un misterio, un misterio que pensamos que tú desvelarías en la feria y que no puedo entender por qué no lo hiciste.

			—Solo descubrí que no soy tan cruel como creí que era —mentí.

			Dash pareció un poco sorprendido, pero Kiana no. Ella formó una línea con los labios en una expresión dura.

			—Bueno, yo acabo de descubrir que no eres tan inteligente como creí que eras —me soltó.

			Se reacomodó su mochila y se fue notablemente enojada. Dash y yo la vimos alejarse por un segundo, impactados, luego él se volvió hacia mí. Tuve la impresión de que iba a decirme algo, de que quería soltar algo importante, pero entonces apretó los labios en un gesto de arrepentimiento y se fue muy rápido tras el rastro de Kiana.

			Me quedé como: «¡¿Qué demonios acaba de pasar?!».

			No tuve tiempo para procesarlo todo porque alguien me tomó del brazo de repente. Cuando me giré, era nada más ni nada menos que Artie. Era más baja que yo, pero mucho más guapa. Su cabello corto, negro y ondulado era fabuloso, y la manera en la que se delineaba los ojos era impecable. Entendía perfectamente que Aegan se hubiera fijado en ella y, también, que lo hubiera hecho Adrik, aunque un poco menos. De todas formas..., su preciosa cara tenía una expresión preocupada. Nada raro. Artie solía ir asustada por la vida.

			—Lander me lo contó todo —me dijo sin saludar—. ¿Qué vídeo pretendías poner en las pantallas de la feria?

			Oh, Lander; la traición, hermano...

			—Era un vídeo que había grabado Aegan —mentí.

			Ella hundió las cejas, desconcertada.

			—Aegan no hizo ningún vídeo, ¿o se te olvida que yo también estuve en el comité? No me mientas.

			Uh, bueno, sí había olvidado eso, pero ¡ese día estaba mintiendo demasiado! Obviamente mi reacción fue ponerme en modo defensa.

			—¿Y por qué no puedo mentir? ¿Porque tú eres la única que puede hacerlo? —No pude evitar soltarle una pulla.

			No se lo esperó y así quedó reflejado en su cara.

			De acuerdo, era un poco absurdo que la primera conversación que teníamos después de haber «discutido» fuera esa. Seguía sintiendo un extraño malestar por habernos enfadado, pero también seguía pensando que había sido estúpido ocultarme el resto de la verdad sobre Eli. Entonces estaba algo confundida con respecto a nuestra relación. Tal vez sí había empezado a considerarla una amiga. Mi primera amiga, de una forma rara. Había guardado el secreto del plan, pero también otros secretos importantes que podían cambiar las cosas, como que se había acostado con Aegan. Y eso podía cambiar algo porque... ¿en verdad podía confiar en ella?

			De todas formas, para evitar discutir otra vez, me fui. Le di la espalda y la dejé atrás. No quería ser cruel con ella, ni enfrentarla. Además, tenía algo más importante en lo que pensar. Por ejemplo: si la chica muerta era Melanie Cash, entonces la nueva pregunta era: ¿cómo había muerto?

			¿Era ella a quien Aegan había matado? ¿Las pruebas de eso estaban en el móvil que él buscaba?

			Nueva investigación abierta.





			4

			Intentos, ridículos intentos

			Lo de Melanie sin duda era importante, pero por el momento no estaba segura de dónde obtener más información. Mientras, debía seguir intentando ganarme a Aegan, por lo que el resto de esa semana me la pasé haciendo intentos que... Bueno, aquí te cuento cómo salieron.

			Primero aparecí en la clase de debate de Aegan con una camiseta con su cara estampada, que decía: el mejor novio del mundo. La cara estampada era de una de sus imágenes de Instagram en donde sonreía de forma maliciosa. Era ridículo y tal vez daba más miedo que otra cosa, pero yo solo quería que se diera cuenta de que estaba allí para apoyarlo, que jamás me avergonzaría de él, que estaba orgullosa. Tú sabes, todas esas tonterías.

			Él no me vio cuando llegué, estaba sentado detrás del chico que hablaba en ese momento, mirando un papel. Los demás tampoco me prestaron mucha atención porque estaban escuchando atentamente, así que me senté en una de las últimas sillas. Unos segundos después, el chico terminó y Aegan se levantó, se situó frente al podio y empezó a hablar con esa voz grave, confiada y enérgica que lo caracterizaba.

			En un primer momento me irritó su aspecto, que como siempre era perfecto desde los zapatos relucientes hasta la combinación de chaqueta y camisa, pero mientras lo escuchaba hablar me di cuenta de que era algo más que un ser irritable. Era bueno en su oratoria. Sonaba inteligente. Me hizo pensar: «Esto es lo que él en verdad quiere hacer, es lo que le gusta. Este idiota podría ser un impresionante político», porque en realidad no parecía un idiota, su dominio del tema era impecable y su postura era poderosa. En serio podía estar debatiendo sobre en dónde tirar la basura y aun así inspiraría a cualquiera.

			Claro que nada de eso podía impresionarme a mí. Esperé hasta que pronunció la última palabra y entonces me levanté de la silla y aplaudí con entusiasmo. Aegan me miró. Todos me miraron, porque, por supuesto, fui la única persona que estaba montando un escándalo, je.

			—¡Increíble! —solté como novia orgullosa y feliz de mi novio.

			Pensé que le halagaría, pero no. La cara de Aegan fue de horror y pasmo total. Me miró de arriba abajo y se detuvo en la imagen estampada en mi camiseta. Fue una risa burlona de algún alumno lo que hizo que él despertara. Entonces, como si tuviera que detenerme muy rápido, llegó hasta mí, me tomó del brazo y me sacó del aula. Me soltó afuera, indignado.

			—¡¿Quién te dijo que podías meterte en mi clase?! —se quejó—. ¡¿Y qué demonios es eso que traes puesto?!

			Pestañeé, genuinamente confundida.

			—¿No te gusta?

			—¡¿A quién puede gustarle?! —Su cara demostró aún más espanto.

			—Es para que veas que estoy orgullosa de ti —expliqué.

			Él endureció el gesto. Su mandíbula se tensó de repente. La mirada que me dedicó fue de ira suprema, como si quisiera que yo fuera diminuta para poder agarrarme con los dedos y lanzarme lejos por una ventana.

			—¿Sabes lo que quiero ver? —soltó con su voz aterradora—. A ti desapareciendo ya.

			—Pero... ¿por qué? —me defendí sin entender—. ¿Qué tiene de malo lo que he hecho? Soy tu novia y solo intento...

			Me interrumpió, amenazante:

			—No vuelvas a aparecer así. Y no somos novios, que te quede claro de una vez.

			Me dio la espalda para entrar de nuevo en el aula.

			—Pero, Aegan... —protesté.

			Se detuvo y se giró con violencia.

			—Pero ¡nada! —casi gritó, y me señaló con su poderoso dedo para agregar con una lentitud intimidante—: No juegues con mi paciencia, Jude, porque cuando la pierdo soy algo que jamás en tu vida has visto. De hecho, lo único que me impide mostrarte ese lado justo ahora es que mi reputación y mi imagen me importan más que nada, pero créeme que ganas no me faltan de mandarte a la mierda delante de todos.

			Dicho eso, entró de nuevo en el aula dando un portazo.

			¿Cómo que ponerte una camiseta con la cara del chico que te gusta no es un bonito gesto? Y que conste que eso es sarcasmo, je.

			A pesar del desplante, no me rendí. Mi próxima idea la ejecuté al día siguiente, tras pasarme toda la condenada noche preparándolo todo. La verdad es que jamás me había esmerado tanto en algo como me esmeré en esa porquería «supuestamente romántica» que vi en un anuncio. Compré diez globos, escribí diez frases superdulces en pequeños papelitos y luego los metí en los globos y los inflé. La parte difícil, obviamente, fueron las frases. Al final me limité a copiar cosas de Google.

			Después, muy temprano, fui al edificio de los Cash y puse los globos en el coche de Aegan. En los globos ponía pínchame, para que él los explotara. Cuando el vehículo quedó como de circo, me oculté detrás de un árbol que había cerca de la acera a esperar a que Aegan saliera para ir a clase. Tardó como veinte minutos. Cuando vio el coche...

			Se detuvo de golpe. Se quedó quieto por un momento mirándolo. Yo, ansiosa, contuve la sonrisa preéxito. Aegan se acercó a uno de los globos. Leyó lo que estaba escrito. Quería que rompiera el globo ya para que viera que eso era la mejor cosa que alguien había hecho por él en la vida.

			Pero...

			De un manotazo lo arrancó del coche y el globo salió volando hacia el cielo. Luego hizo lo mismo con el resto, sin compasión, con frialdad, como si dentro de su cuerpo no hubiera alma. Los globos volaron hacia el olvido y todo mi trabajo voló hacia el fracaso.

			Me quedé paralizada junto al árbol. Mi farsa no funcionó. Vi que entonces Aegan subió al coche, lo arrancó y fue marcha atrás. Durante un momento su ventanilla quedó frente donde estaba yo y él giró la cabeza para mirarme. Con una expresión dura e inhumana, me enseñó el dedo medio. Y luego aceleró.

			Estúpido, acababa de menospreciar mis falsos sentimientos, idiota.

			¡¡¡Aun así seguí sin rendirme!!! Mi siguiente y mejor idea estuvo lista dos días después. Contraté a un grupo de música a capela y lo envié a donde Aegan solía almorzar. No quise ir con ellos por si no reaccionaba bien, así que le pedí a uno de los del grupo que lo grabara todo para mí.

			Bueno, eso fue... un desastre. Aegan ni siquiera los dejó cantar. Al instante se levantó de la silla y se fue del restaurante sin decir una palabra. Ese fracaso me estresó mucho. De hecho, cada fracaso fue estresándome un poco más. Durante un día entero estuve de muy mal humor, rompiéndome la cabeza en busca de una idea mejor. Hasta que, de pronto, supe que debía pasar al siguiente nivel y hacer algo muchísimo más arriesgado, algo que no podía fallar por ley natural.

			Fue un viernes, en el comedor. Me aseguré de dejarle un mensaje anónimo en su buzón de voz para que se presentara allí. La llamada la hice desde un teléfono público, utilizando una aplicación de voz para que reprodujera el mensaje en el altavoz que decía: «Ven o revelaré tu secreto». Por supuesto que llegó puntual. Atravesó las puertas con pinta de estar dispuesto a destrozar a puñetazos a quien le había enviado ese mensaje. Para no perder la oportunidad, yo actué rápido. Me subí a una de las mesas y mira, no sé con qué valor grité:

			—¡¡¡Atención!!!

			Al instante, todas las miradas se fijaron en mí y el comedor entero se sumió en un silencio expectante. Aegan se quedó inmóvil con los ojos grises bien abiertos. Entonces, sin vergüenza, mirándolo solo a él, hablé ante todos:

			—Sé que nada de lo que he hecho ha funcionado, y lo entiendo. Desde un principio ha parecido que los dos nos odiamos. Incluso crees que he hecho cosas para perjudicarte, pero eso no es cierto. La verdad es que me gustas, Aegan Cash, muchísimo. Estoy loca por ti hasta el punto de que no me da vergüenza admitirlo delante de todos de esta forma tan ridícula y tan cliché. Juro que lo que más quiero en este momento es volver a ser tu novia. Volver a ser tuya.

			Los cientos de ojos que pestañeaban de asombro se deslizaron hacia él. Su figura inmóvil pareció congelada. Sentí que finalmente había dado en el blanco, que acababa de quebrar su coraza. Un anuncio público y romántico..., ¿quién se resistía a eso?

			Pues... él.

			De pronto, todo su rostro se tensó de ira. De una ira intimidante. Y debí habérmelo esperado porque una vez yo lo rechacé en el comedor, ¿no? Pues él hizo lo mismo.

			—No —pronunció con fuerza. De hecho, dio un paso adelante y no intentó ser caballeroso o cuidadoso, simplemente explotó—: Estoy harto de tus «sorpresas». Todas son ridículas. Tú te ves ridícula. No quiero ser tu novio, no quiero que te acerques a mí, no quiero oírte, porque no estás ni jamás estarás a mi altura. Eres vacía, mentirosa, y me hiciste creer que yo te gustaba. Jugaste con mis sentimientos solo para luego engañarme con mi propio hermano, quien estoy seguro no tiene la culpa de haber caído en tus trucos sucios. Así que una cosa más como esta y voy a pedir una orden de alejamiento contra ti. Aléjate ya. No necesito esto de nadie.

			Cada palabra resonó en el comedor y tal vez en los pasillos cercanos. Creo que varios incluso grabaron el momento con su móvil. Todo mi valor se me fue al culo. Me quedé ahí parada sin control de mis músculos. Entonces Aegan se dio la vuelta, dándome la espalda otra vez, y se fue. El silencio p