মুখ্য Seis de cuervos

Seis de cuervos

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KETERDAM. Un bullicioso foco de comercio internacional donde cualquier cosa se puede conseguir por el precio adecuado. Y nadie es más consciente de esto último que el prodigio criminal Kaz Brekker. A Kaz le acaban de ofrecer la oportunidad de llevar a cabo el mayor golpe de su vida, un mortal asalto a una fortaleza que podría hacerle más rico de lo que jamás se había atrevido a imaginar en sus sueños más salvajes. Pero no puede realizarlo por si solo… Un preso con sed de venganza. Un tirador de primera incapaz de rechazar una apuesta. Un fugitivo acostumbrado al lujo. Una espía conocida como el Espectro. Una Mortificadora que usa su magia para sobrevivir en los suburbios. Un ladrón con un don especial para las huidas imposibles. Los miembros del grupo de Kaz son los únicos que pueden evitar la destrucción del mundo. Bueno, lo serán si no se matan entre ellos primero.
খন্ড:
1
সাল:
2015
সংস্করণ:
001
প্রকাশক:
ePubLibre
ভাষা:
spanish
পৃষ্ঠা:
427
ISBN 10:
8416387583
ISBN 13:
9781250076960
ISBN:
41934
বইয়ের সিরিজ:
Seis de cuervos
ফাইল:
EPUB, 3.13 MB
ডাউনলোড (epub, 3.13 MB)

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Sombra y hueso

Year:
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Language:
spanish
File:
AZW3 , 1.78 MB
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Seis de cuervos

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Language:
spanish
File:
AZW3 , 3.39 MB
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KETERDAM. Un bullicioso foco de comercio internacional donde cualquier cosa se puede conseguir por el precio adecuado. Y nadie es más consciente de esto último que el prodigio criminal Kaz Brekker. A Kaz le acaban de ofrecer la oportunidad de llevar a cabo el mayor golpe de su vida, un mortal asalto a una fortaleza que podría hacerle más rico de lo que jamás se había atrevido a imaginar en sus sueños más salvajes. Pero no puede realizarlo por si solo…

Un preso con sed de venganza.

Un tirador de primera incapaz de rechazar una apuesta.

Un fugitivo acostumbrado al lujo.

Una espía conocida como el Espectro.

Una Mortificadora que usa su magia para sobrevivir en los suburbios.

Un ladrón con un don especial para las huidas imposibles.

Los miembros del grupo de Kaz son los únicos que pueden evitar la destrucción del mundo. Bueno, lo serán si no se matan entre ellos primero.





Leigh Bardugo





Seis de cuervos


Seis de cuervos - 1



ePub r1.2

Titivillus 29.12.2018





Título original: Six of crows

Leigh Bardugo, 2015

Traducción: Miguel Trujillo Fernández



Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1





Para Kate…

Arma secreta, amiga inesperada.





oost tenía dos problemas: la luna y su bigote.

Se suponía que tenía que hacer la ronda alrededor de la casa Hoede, pero los últimos quince minutos se los había pasado merodeando por el muro sureste de los jardines, tratando de pensar en algo inteligente y romántico que decirle a Anya.

Ojalá los ojos de Anya fueran azules como el mar, o verdes como una esmeralda. Pero sus ojos eran marrones, hermosos y soñadores… ¿Marrones como el chocolate fundido? ¿Marrones como el pelaje de un conejo?

—Dile que su piel es como la luz de la luna y ya está —le había recomendado su amigo Pieter—. A las chicas eso les encanta.

Era una solución perfecta, pero el tiempo de Ketterdam no cooperaba. En todo el día no había habido un atisbo de brisa en el puerto, y una niebla de un gris lechoso había cubierto los canales de la ciudad y sus retorcidos callejones. Incluso ; allí, entre las mansiones de la Geldstraat, el aire cargaba con un hedor de pescado y agua de cloaca, y el humo de las refinerías de las islas exteriores de la ciudad había embadurnado el cielo nocturno de una neblina salada. La luna llena en lugar de una joya parecía una ampolla amarillenta que necesitara un pinchazo.

¿Tal vez podría hacer un cumplido sobre la risa de Anya? El problema era que nunca la había oído reír. No se le daban muy bien las bromas.

Joost echó un vistazo a su reflejo en uno de los paneles de cristal de las puertas dobles que llevaban desde la casa hasta el jardín lateral. Su madre tenía razón. Incluso con su uniforme nuevo, seguía pareciendo un bebé. Se pasó el dedo con suavidad por encima del labio superior. Ojalá le saliera más bigote. Desde luego, parecía más poblado que el día anterior.

Llevaba menos de seis semanas siendo guardia de la stadwatch, y no le había resultado ni por asomo tan emocionante como esperaba. Pensaba que se dedicaría a perseguir ladrones por el Barril, o a patrullar los puertos y ser el primero en ver los cargamentos que dejaban en el muelle. Pero desde el asesinato de aquel embajador en la casa consistorial, el Consejo Mercante había estado refunfuñando acerca de la seguridad, así que, ¿dónde estaba él? Caminando en círculos alrededor de la casa de un afortunado mercader. Aunque no era un mercader cualquiera. El concejal Hoede ocupaba una alta posición en el gobierno de Ketterdam. Era la clase de hombre que podía hacer carrera.

Joost se ajustó el abrigo y el rifle y después dio una palmada a la pesada porra que llevaba a la cadera. A lo mejor le caía en gracia a Hoede. Tiene ojo de águila y es rápido con el garrote, diría el concejal. Este muchacho se merece un ascenso.

—Sargento Joost Van Poel —susurró, saboreando el sonido de las palabras—. Capitán Joost Van Poel.

—Deja de mirarte.

Joost se giró con las mejillas ardiendo mientras Henk y Rutger entraban a zancadas en el jardín. Los dos eran mayores, más altos y de hombros más anchos que Joost, y eran guardias de la casa, sirvientes privados del concejal Hoede. Eso significaba que vestían un uniforme de color verde pálido, llevaban sofisticados rifles de Novyi Zem, y nunca permitían que Joost olvidara que tan solo era un humilde soldado de la guardia de la ciudad.

—Acariciarte esa pelusilla no va a hacer que crezca más rápido —dijo Rutger, con una sonora carcajada.

Joost trató de recuperar un poco la dignidad.

—Tengo que terminar mi ronda.

Rutger le dio un codazo a Henk.

—Eso significa que va a meter la cabeza en el taller Grisha para echar un vistazo a su chica.

—Oh, Anya, ¿podrías utilizar tu magia Grisha para que me crezca el bigote? —se burló Henk.

Joost se giró sobre los talones con las mejillas ardiendo y bajó a zancadas por el lado este de la casa. Le habían estado molestando desde su llegada. De no haber sido por Anya, probablemente le hubiera suplicado a su capitán que lo reasignara. Tan solo había intercambiado unas pocas palabras con la muchacha durante sus rondas, pero ella siempre era lo mejor de la noche.

Y tenía que admitir que también le gustaba la casa de Hoede, por los pocos vistazos que había logrado echar a través de las ventanas. Hoede tenía una de las mayores mansiones de la Geldstraat, con suelos hechos de relucientes baldosas de piedra blancas y negras, y brillantes paredes de madera oscura iluminadas por lámparas de cristal que flotaban como medusas bajo los techos artesonados. A veces a Joost le gustaba hacer como si esa fuera su casa, como si él fuera un rico mercader que estuviera paseando por su bonito jardín.

Antes de doblar la esquina, Joost respiró hondo. Anya, tus ojos son como… ¿la corteza de un árbol? Ya se le ocurriría algo. De todos modos, se le daba mejor actuar con espontaneidad.

Le sorprendió ver abiertas las puertas con paneles de vidrio del taller de los Grisha. Más que las baldosas azules pintadas a mano de la cocina, o que las repisas de las chimeneas con tulipanes en macetas, aquel taller era un testimonio de la riqueza de Hoede. Contar con un Grisha a tu servicio no era barato, y Hoede tenía a tres.

Pero Yuri no se encontraba sentado junto a la alargada mesa de trabajo, y a Anya no se la veía por ningún sitio. Tan solo Retvenko estaba allí, despatarrado sobre una silla con su túnica azul oscuro, con los ojos cerrados y un libro abierto sobre el pecho.

Joost se quedó junto a la entrada y después se aclaró la garganta.

—Estas puertas deberían estar cerradas con llave toda la noche.

—Esta casa parecer horno —contestó Retvenko sin abrir los ojos, arrastrando las palabras con su profundo acento ravkano—. Dile Hoede que si dejo de sudar, cierro las puertas.

Retvenko era un Vendaval, mayor que los otros dos Grisha, con algunos mechones de cabello plateado. Algunos rumores decían que había luchado en el bando perdedor durante la guerra civil de Ravka y tras la lucha había huido a Kerch.

—Estaré encantado de transmitir tus quejas al concejal Hoede —mintió Joost. La temperatura de la casa siempre estaba demasiado alta, como si Hoede tuviera la obligación de quemar carbón, pero Joost no iba a ser quien lo mencionara—. Hasta entonces…

—¿Traes noticias de Yuri? —lo interrumpió Retvenko, abriendo al fin sus ojos enormemente caídos.

Joost lanzó una mirada intranquila a los cuencos de uvas rojas y los montones de terciopelo color borgoña sobre la mesa de trabajo. Yuri había estado tratando de dotar del color de la fruta a las cortinas de la Señora Hoede, pero había caído gravemente enfermo unos días antes y Joost no lo había vuelto a ver. El polvo había comenzado a acumularse sobre el terciopelo y las uvas se estaban estropeando.

—No he oído nada.

—Pues claro que no oyes nada. Demasiado ocupado pavoneando ese estúpido uniforme púrpura.

¿Qué tenía de malo su uniforme? ¿Y por qué tenía Retvenko que estar ahí siquiera? Era el Vendaval personal de Hoede y a menudo viajaba con los cargamentos más preciados del mercader, garantizando vientos favorables para llevar a las naves a puerto con rapidez y seguridad. ¿Por qué no podía estar en el mar?

—Creo que Yuri puede estar en cuarentena.

—Vaya ayuda —dijo Retvenko con una mueca—. Puedes dejar de estirar cuello como ganso ansioso —añadió—. Anya no está.

Joost sintió que su cara se calentaba otra vez.

—¿Dónde está? —preguntó, tratando de sonar autoritario—. Tendría que estar dentro después de que oscurezca.

—Hace una hora Hoede se la lleva. Igual que la noche que vino por Yuri.

—¿Cómo que «vino por Yuri»? Yuri cayó enfermo.

—Hoede viene por Yuri, Yuri vuelve enfermo. Dos días después, Yuri desaparece para siempre. Ahora Anya.

¿Para siempre?

—Quizás había una emergencia. Si necesitaban curar a alguien…

—Primero Yuri, ahora Anya. Yo seré próximo, y nadie se dará cuenta salvo pobre oficial Joost. Vete ya.

—Si el concejal Hoede…

Retvenko levantó un brazo y una ráfaga de aire empujó a Joost hacia atrás. Este tropezó tratando de mantenerse en pie e intentó agarrarse al marco de la puerta.

—He dicho «ya».

Retvenko trazó un círculo en el aire y la puerta se cerró. Joost la soltó justo a tiempo de evitar que le aplastara los dedos y se derrumbó en el jardín lateral.

Se puso en pie tan rápido como pudo y se limpió el barro del uniforme mientras la vergüenza se retorcía en su estómago. Uno de los paneles de cristal se había rajado por el portazo. A través de la grieta vio que el Vendaval sonreía con suficiencia.

—Esto te lo descontarán de tu sueldo —dijo Joost, señalando el panel destrozado. Odiaba lo débil e insignificante que sonaba su voz.

Retvenko agitó la mano y las puertas temblaron sobre sus goznes. Sin pretenderlo, Joost dio un paso hacia atrás.

—Ve a hacer tu ronda, perrillo guardián —gritó Retvenko.

—Qué bien ha ido —digo Rutger con una risita, reclinado contra la pared del jardín.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

—¿No tienes nada que hacer mejor que seguirme? —preguntó Joost.

—Todos los guardias tienen que ir al cobertizo. Incluido tú. ¿O estás demasiado ocupado haciendo amigos?

—Le estaba pidiendo que cerrara la puerta.

Rutger negó con la cabeza.

—No hay que pedir, sino ordenar. Son sirvientes. No invitados de honor.

Joost echó a caminar tras él, con las entrañas todavía revueltas por la humillación. Lo peor era que Rutger tenía razón. Retvenko no tenía ningún derecho a hablarle de ese modo. Pero ¿qué se suponía que podía hacer Joost? Aunque hubiera tenido el valor de enzarzarse en una pelea con un Vendaval, sería como enfrentarse a un jarrón caro. Los Grisha no eran solo sirvientes; eran las posesiones más preciadas de Hoede.

Pero ¿qué había querido decir Retvenko con lo de que se habían llevado a Yuri y a Anya? ¿Habría estado cubriendo a Anya? Los Grisha contratados se quedaban en la casa por una buena razón. Recorrer las calles sin protección era arriesgarse a que los encontrara un tratante de esclavos y no se les volviera a ver. A lo mejor ha quedado con alguien, especuló Joost con tristeza.

Sus pensamientos quedaron interrumpidos por el resplandor de luz y actividad que había abajo, en el cobertizo que daba al canal. Al otro lado del agua podía ver otras magníficas casas de mercaderes, altas y esbeltas, y los pulcros gabletes de sus tejados formaban una silueta oscura contra el cielo nocturno, con los jardines y embarcaderos iluminados por faroles relucientes.

Algunas semanas atrás le habían dicho a Joost que iban a hacer obras en el cobertizo de Hoede y que no fuera por allí durante sus rondas. Pero cuando él y Rutger entraron, no vio pintura ni andamios. Habían puesto los gondels y remos contra la pared. Los demás guardias de la casa se encontraban ahí con su uniforme verde marino, y Joost reconoció a dos guardias stadwatch de púrpura. Pero la mayoría del interior la ocupaba una caja enorme, una especie de celda independiente que parecía hecha de acero reforzado, con las uniones llenas de remaches y una enorme ventana en una de las paredes. El cristal estaba algo ondulado y, a través de él, Joost podía ver a una chica sentada frente a una mesa, aferrando las sedas rojas a su alrededor. Tras ella, un guardia stadwatch se encontraba firme.

Anya, comprendió Joost con un sobresalto. Los ojos castaños de la chica estaban muy abiertos y asustados, y su piel pálida. El niño que tenía sentado enfrente parecía el doble de aterrorizado. Tenía el pelo revuelto por el sueño, y sus piernas colgaban de la silla agitándose con nerviosismo en el aire.

—¿Por qué tantos guardias? —preguntó Joost. Tenía que haber más de diez de ellos dentro del cobertizo. El concejal Hoede también se encontraba allí junto con un mercader a quien Joost no conocía, los dos vestidos de negro como solían ir los mercaderes. Joost se puso recto cuando vio que estaban hablando con el capitán de la stadwatch. Esperaba haberse quitado todo el barro del uniforme—. ¿Qué es esto?

Rutger se encogió de hombros.

—¿Qué más da? Es un cambio en la rutina.

Joost volvió a mirar a través del cristal. Anya lo estaba mirando, con los ojos desenfocados. El día que el muchacho llegó a la casa Hoede, ella le curó un moratón en la mejilla. No había sido nada, los restos de un verde amarillento causados por un golpe que se había dado en la cara durante un ejercicio de entrenamiento, pero al parecer Hoede lo había visto y no le gustaba que sus guardias parecieran rufianes. Habían enviado a Joost al taller de los Grisha, y Anya lo había sentado bajo un brillante cuadrado de luz del sol invernal. Sus dedos fríos habían recorrido su piel y, aunque el picor había sido terrible, apenas unos segundos después era como si el moratón jamás hubiera existido.

Cuando Joost le dio las gracias Anya sonrió, y él sintió que estaba perdido. Sabía que su causa no tenía esperanza alguna. Incluso aunque ella tuviera algún interés en él, Joost jamás podría permitirse comprar su servicio a Hoede, y ella jamás podría casarse salvo que Hoede lo decretara. Pero eso no le había impedido pasarse para saludarla o llevarle pequeños regalos. Lo que más le había gustado era el mapa de Kerch, un bonito dibujo de su isla nación, rodeada de sirenas que nadaban por el Mar Auténtico y barcos empujados por vientos retratados como hombres de mejillas gruesas. Era un obsequio barato, de los que los turistas compraban en el Stave Oriental, pero había parecido gustarle.

Se arriesgó a levantar una mano como saludo, pero Anya no mostró ninguna reacción.

—No puede verte, idiota —se rio Rutger—. El cristal es un espejo al otro lado.

Las mejillas de Joost se sonrosaron.

—¿Cómo iba a saber eso?

—Abre los ojos y presta atención por una vez.

Primero Yuri, ahora Anya.

—¿Para qué necesitan a una Sanadora Grisha? ¿Está herido ese niño?

—A mí me parece que está bien.

El capitán y Hoede parecieron alcanzar alguna clase de acuerdo.

A través del cristal, Joost vio que Hoede entraba en la celda y daba una palmada de ánimo al niño. Debía de haber rendijas de ventilación en la celda, porque oyó que decía:

—Sé un chico valiente y habrá algunos kruge para ti. —Después tomó la barbilla de Anya con una mano con manchas de cirrosis. Ella se tensó y Joost notó una presión en las tripas. Hoede sacudió un poco la mano de Anya—. Haz lo que te diga y esto terminará pronto, ¿ja?

Ella le dirigió una pequeña sonrisa tensa.

—Por supuesto, Onkle.

Hoede susurró unas palabras al guardia que había tras ella y después salió. La puerta se cerró con un fuerte golpe y Hoede echó un pesado cerrojo.

Hoede y el otro mercader ocuparon posiciones casi enfrente de Joost y Rutger.

—¿Estás seguro de que esto es sensato? —preguntó el mercader a quien Joost no conocía—. Esa chica es una Corporalnik. Después de lo que le pasó a tu Hacedor…

—Si fuera Retvenko, estaría preocupado. Pero Anya tiene un carácter dulce. Es una Sanadora, no es propensa a la agresión.

—¿Y has bajado la dosis?

—Sí, pero tenemos el acuerdo de que si acaba pasando lo mismo que con el Hacedor, el Consejo me compensará. No pueden pedirme que lo costee. —Cuando el mercader asintió con la cabeza, Hoede le hizo una señal al capitán—. Adelante.

Lo mismo que con el Hacedor. Retvenko decía que Yuri había desaparecido. ¿Era eso a lo que se refería?

—Sargento —dijo el capitán—, ¿estás listo?

—Sí, señor —respondió el guardia dentro de la celda, sacando un cuchillo.

Joost tragó saliva con fuerza.

—Primera prueba —añadió el capitán.

El guardia se agachó y le dijo al niño que se subiera la manga. Este obedeció y extendió el brazo, metiéndose el pulgar de la otra mano en la boca. Ya es mayor para eso, pensó Joost. Pero el niño debía de estar muy asustado. Joost había dormido con un oso hecho con un calcetín hasta casi cumplir los catorce años, algo de lo que sus hermanos mayores se habían burlado sin piedad.

—Te va a escocer solo un poco —aseguró el guardia.

El niño mantuvo el pulgar en la boca y asintió con la cabeza, con los ojos muy abiertos.

—Esto no es necesario… —dijo Anya.

—Silencio, por favor —ordenó Hoede.

El guardia le dio una palmada al niño y después le hizo un corte de un rojo brillante en el antebrazo. Él empezó a llorar de inmediato.

Anya trató de levantarse de la silla, pero el guardia le puso una mano severa sobre el hombro.

—No pasa nada, sargento —aseguró Hoede—. Deja que lo cure.

Anya se inclinó hacia delante y tomó la mano del niño con cuidado.

—Shhh —dijo con suavidad—. Deja que te ayude.

—¿Va a doler? —preguntó él. Anya sonrió.

—Para nada. Solo picará un poco. Quédate quieto, ¿vale?

Joost se inclinó para acercarse. En realidad nunca había visto a Anya sanando a otro.

Ella se quitó un pañuelo de la manga y limpió el exceso de sangre. Después sus dedos rozaron con cuidado la herida del niño. Joost observó con asombro mientras la piel parecía reformarse y unirse con lentitud.

Unos pocos minutos después, el niño sonrió y extendió el brazo. Estaba algo rojizo, pero por lo demás suave y sin marcas.

—¿Ha sido magia?

Anya le dio un golpecito en la nariz.

—Más o menos. La misma magia que hace tu propio cuerpo con el tiempo suficiente y un vendaje.

El chico parecía casi decepcionado.

—Bien, bien —comentó Hoede con impaciencia—. Ahora la parem.

Joost frunció el ceño. Nunca había oído esa palabra.

El capitán dio una señal a su sargento.

—Segunda secuencia.

—Extiende el brazo —le dijo el sargento al niño una vez más. Este negó con la cabeza.

—No me gusta esa parte.

—Hazlo.

El labio inferior del niño tembló, pero extendió el brazo. El guardia volvió a cortarlo y después puso un pequeño sobre de papel sobre la mesa, delante de Anya.

—Trágate el contenido del paquete —le ordenó Hoede a Anya.

—¿Qué es? —preguntó ella con voz temblorosa.

—Eso no es tu problema.

—¿Qué es? —repitió.

—No va a matarte. Vamos a pedirte que hagas algunas tareas sencillas para juzgar los efectos de la droga. El sargento está ahí para asegurarse de que haces solo lo que te dicen y nada más, ¿comprendes? —Ella apretó la mandíbula, pero asintió con la cabeza—. Nadie va a hacerte daño. Pero recuerda que si dañas al sargento no podrás salir de esa celda. Las puertas están cerradas desde fuera.

—¿Qué es esa cosa? —susurró Joost.

—No lo sé —respondió Rutger.

—¿Hay algo que sepas? —murmuró él.

—Sé que hay que mantener la boca cerrada.

Joost frunció el ceño.

Con manos temblorosas, Anya tomó el pequeño sobre y lo abrió.

—Adelante —dijo Hoede.

Ella echó la cabeza hacia atrás y se tragó el polvo. Durante un momento se quedó sentada, esperando con los labios apretados.

—¿Es jurda? —preguntó esperanzada. Joost también sintió esperanza. La jurda no era nada que hubiera que temer, se trataba de un estimulante que todos en la stadwatch masticaban para permanecer despiertos durante las guardias tardías.

—¿A qué sabe? —preguntó Hoede.

—Como la jurda, pero más dulce, es… —Anya inhaló con brusquedad. Sus manos se aferraron a la mesa y sus pupilas se dilataron tanto que sus ojos parecían casi negros—. Ooooh —añadió con un suspiro que era casi un ronroneo.

El guardia tensó su agarre sobre su hombro.

—¿Cómo te sientes?

Ella miró al espejo y sonrió. La lengua se asomó entre los dientes blancos, teñidos como de óxido. Joost sintió frío de pronto.

—Igual que el Hacedor —murmuró el mercader.

—Sana al niño —ordenó Hoede.

Ella agitó la mano en el aire, con un gesto casi despectivo, y el corte sanó casi al instante. La sangre se elevó brevemente de la piel en unas gotitas rojas y después se desvaneció. La piel parecía completamente limpia, sin rastro alguno de sangre. El niño sonrió ampliamente.

—Eso ha sido magia sin duda.

—Parece magia —señaló Anya con la misma sonrisa escalofriante.

—No lo ha tocado —se maravilló el capitán.

—Anya —dijo Hoede—. Escucha bien. Vamos a decirle al guardia que haga la siguiente prueba.

—Mmm —tarareó ella.

—Sargento —continuó Hoede—. Córtale el pulgar al niño.

El niño aulló y comenzó a llorar otra vez. Se metió las manos bajo las piernas para protegerlas.

Debería detener esto, pensó Joost. Debería encontrar una forma de protegerla, protegerlos a los dos. Pero ¿qué haría después? No era nadie: nuevo en la stadwatch, nuevo en la casa. Además, descubrió con un estallido de vergüenza, quiero conservar mi trabajo.

Anya se limitó a sonreír e inclinó la cabeza hacia atrás para mirar al sargento.

—Dispara al cristal.

—¿Qué ha dicho? —preguntó el mercader.

—¡Sargento! —ladró el capitán.

—Dispara al cristal —repitió Anya.

La cara del sargento quedó distendida. Inclinó la cabeza hacia un lado, como escuchando una melodía distante, y después se descolgó el rifle y apuntó a la ventana de observación.

—¡Agachaos! —gritó alguien.

Joost se tiró al suelo cubriéndose la cabeza mientras los rápidos disparos llenaban sus oídos y unos trozos de cristal llovían sobre sus manos y su espalda. Sus pensamientos eran un clamor de pánico. Su mente trataba de negarlo, pero sabía lo que había visto. Anya había ordenado al sargento que disparara al cristal. Le había obligado a hacerlo. Pero eso no podía ser. Los Corporalki Grisha se especializaban en el cuerpo humano. Podían pararte el corazón, ralentizar tu respiración, partirte los huesos. Pero no podían meterse en tu cabeza.

Durante un momento, hubo silencio. Entonces Joost se puso en pie con todos los demás, buscando su rifle. Hoede y el capitán gritaron al mismo tiempo.

—¡Apresadla!

—¡Disparadle!

—¿Sabes cuánto dinero vale? —replicó Hoede—. ¡Que alguien la capture! ¡No disparéis!

Anya levantó las manos, y sus mangas rojas se extendieron.

—Esperad —dijo.

El pánico de Joost se desvaneció. Sabía que había estado asustado, pero su miedo ya era algo distante. Estaba lleno de expectación. No sabía lo que iba a pasar, ni cuándo, solo que llegaría y que era esencial que estuviera preparado para ello. Tal vez fuera malo, tal vez bueno, pero en realidad no le importaba. Su corazón estaba libre de preocupación o deseo. No anhelaba nada, no quería nada; tenía la mente silenciosa y la respiración constante. Tan solo necesitaba esperar.

Vio a Anya levantarse y coger al niño en brazos. La oyó tarareándole con ternura alguna canción ravkana.

—Abre la puerta y entra, Hoede —dijo. Joost oyó las palabras, las comprendió, las olvidó.

Hoede caminó hasta la puerta y abrió el cerrojo. Entró en la celda de acero.

—Haz lo que te diga y esto terminará pronto, ¿ja? —murmuró Anya con una sonrisa.

Sus ojos eran estanques negros y sin fondo. Su piel estaba iluminada, resplandeciente, incandescente. Un pensamiento apareció en la mente de Joost: hermosa como la luna.

Anya cambió el peso del niño en sus brazos.

—No mires —murmuró contra su pelo—. Ahora —le dijo a Hoede—, coge el cuchillo.





az Brekker no necesitaba un motivo. Esas eran las palabras que se susurraban en las calles de Ketterdam, en las tabernas y cafeterías, en los oscuros y sangrientos callejones del distrito del placer conocido como el Barril. El chico al que llamaban Manos Sucias no necesitaba un motivo más de lo que necesitaba permiso para partir una pierna, romper una alianza o cambiar la fortuna de un hombre con el giro de una carta.

Por supuesto que se equivocaban, pensó Inej mientras cruzaba el puente sobre las aguas negras del Beurskanal hasta la plaza principal desierta que había frente al Intercambio. Cada acto de violencia era deliberado, y cada favor iba unido a hilos suficientes como para montar un espectáculo de marionetas. Kaz siempre tenía sus motivos. Pero Inej nunca podía estar segura de que fueran buenos, sobre todo esa noche.

Inej comprobó sus cuchillos, recitando sus nombres en silencio como hacía siempre cuando pensaba que podía haber problemas. Era un hábito práctico, pero también un consuelo. Los cuchillos eran sus compañeros. Le gustaba saber que estaban listos para lo que quiera que trajera la noche.

Vio a Kaz y los demás reunidos cerca del gran arco de piedra que marcaba la entrada este al Intercambio. Había tres palabras talladas en la roca sobre ellos: Enjent, Voorhent, Almhent. Industria, Integridad, Prosperidad.

Se mantuvo cerca de las tiendas cerradas que delimitaban la plaza, evitando las franjas de luz temblorosa que emitían las farolas de gas. Mientras avanzaba, hizo inventario del grupo que Kaz había llevado con él: Dirix, Rotty, Muzzen y Keg, Anika y Pim, y sus ayudantes elegidos para el parlamento de esa noche, Jesper y Gran Bolliger. Estaban empujándose y golpeándose entre ellos, riendo y dando pisotones para sobrellevar la oleada de frío que había sorprendido a la ciudad esa semana, el último jadeo del invierno antes de que la primavera llegara con fuerza. Todos eran matones y rufianes, seleccionados de entre los miembros más jóvenes de los Despojos, la gente en la que Kaz confiaba más. Inej se fijó en el brillo de los cuchillos que llevaban al cinto, las tuberías de plomo, las pesadas cadenas, los mangos de las hachas con clavos oxidados, y aquí y allá el resplandor aceitoso del cañón de alguna pistola. Se deslizó en silencio entre sus filas, examinando las sombras cerca del Intercambio para buscar señales de espías de la Punta Negra.

—¡Tres barcos! —decía Jesper—. Los enviaron los shu. Estaban quietos en el Primer Puerto con los cañones fuera y las banderas rojas ondeando, llenos de oro hasta las velas.

Gran Bolliger soltó un silbido bajo.

—Me hubiera gustado ver eso.

—A mí me hubiera gustado robar eso —replicó Jesper—. La mitad del Consejo Mercante estaba ahí abajo muriéndose de los nervios y chillando, tratando de averiguar qué hacer.

—¿No quieren que los shu paguen sus deudas? —preguntó Gran Bolliger.

Kaz negó con la cabeza, y su pelo oscuro brilló a la luz de la farola. Era una colección de líneas duras y contornos entallados: mandíbula afilada, complexión esbelta, un abrigo de lana ceñido sobre los hombros.

—Sí y no —dijo con su voz áspera como la sal de roca—. Siempre está bien tener a un país en deuda contigo. Las negociaciones son más amistosas.

—A lo mejor los shu se han cansado de ser amistosos —replicó Jesper—. No tenían que enviar todo ese tesoro de golpe. ¿Creéis que ellos mataron a ese embajador?

Los ojos de Kaz encontraron certeros a Inej entre la multitud. En Ketterdam llevaban semanas sin dejar de hablar sobre el asesinato del embajador. Casi había destruido las relaciones entre los kerch y los zemeni, y había provocado un tumulto en el Consejo Mercante. Los zemeni culpaban a los kerch. Los kerch sospechaban de los shu. A Kaz no le importaba quién fuera el responsable; el asesinato lo fascinaba porque no podía descubrir cómo lo habían logrado. En uno de los pasillos más abarrotados de Stadhall, a plena vista de más de una docena de agentes del gobierno, el embajador de comercio zemeni había entrado en el servicio. Nadie más entró ni salió, pero cuando su ayudante llamó a la puerta unos minutos después no hubo respuesta. Cuando derribaron la puerta encontraron al embajador boca abajo sobre las baldosas blancas, con un cuchillo en la espalda y el agua del lavabo todavía corriendo.

Kaz había enviado a Inej a investigar el lugar más tarde. El lavabo no tenía otra entrada, ni ventanas ni conductos de ventilación; y ni siquiera Inej había dominado el arte de meterse en las cañerías. Y aun así, el embajador zemeni estaba muerto. Kaz odiaba los enigmas que no podía resolver y había pensado con Inej cien teorías que justificaran el asesinato, aunque ninguna resultaba satisfactoria. Pero tenían problemas más graves esa noche.

Ella vio que les hacía una señal a Jesper y Gran Bolliger para que se despojaran de sus armas. La ley de la calle dictaba que para un parlamento de esa clase cada lugarteniente estaría secundado por dos de sus soldados de a pie y que todos estarían armados. Parlamento. La palabra parecía un engaño; extrañamente remilgada, una antigualla. Sin importar lo que decretara la ley de la calle, aquella noche olía a violencia.

—Venga, entrega tus pistolas —le dijo Dirix a Jesper.

Con un gran suspiro, él se quitó los cintos donde llevaba las pistolas. Inej tenía que admitir que parecía menos él sin sus armas. El tirador de primera zemeni tenía miembros largos y la piel morena, y siempre estaba en movimiento. Apretó los labios contra los mangos perlados de sus preciados revólveres y dio a cada uno de ellos un triste beso.

—Cuida bien de mis bebés —dijo Jesper mientras se los entregaba a Dirix—. Si veo un solo arañazo o muesca en ellos, escribiré «perdóname» en tu pecho a balazos.

—No querrías gastar la munición.

—Y estaría muerto a la mitad de perdón —añadió Gran Bolliger mientras soltaba un hacha de mano, una navaja automática y su arma favorita, una gruesa cadena con un gran peso a un extremo, en las manos expectantes de Rotty.

Jesper puso los ojos en blanco.

—La cuestión es mandar el mensaje. ¿Qué sentido tiene un tipo muerto con «perd» escrito en el pecho?

—Haz otra cosa —dijo Kaz—. «Lo siento» también valdría y requiere menos balas.

Dirix se rio, pero Inej se dio cuenta de que acunaba los revólveres de Jesper con gran suavidad.

—¿Qué hay de eso? —preguntó Jesper, haciendo un gesto hasta el bastón de Kaz.

La risa de este fue grave y carente de humor.

—¿Quién negaría su bastón a un pobre lisiado?

—Si el lisiado eres tú, entonces cualquier hombre con sentido común.

—En ese caso estupendo, porque vamos a reunirnos con Geels. —Kaz se sacó un reloj del bolsillo del chaleco—. Ya casi es medianoche.

Inej dirigió su mirada hacia el Intercambio. Era poco más que un gran patio rectangular rodeado de almacenes y oficinas de envío. Pero durante el día era el corazón de Ketterdam, desbordante de ricos comerciantes comprando y vendiendo la carga de los barcos mercantes que pasaban por los puertos de la ciudad. Ahora eran casi las doce, y el Intercambio estaba desierto salvo por los guardias que patrullaban el perímetro y el tejado. Los habían sobornado para que mirasen a otro lado durante el parlamento de esa noche.

El Intercambio era una de las pocas partes restantes de la ciudad que no habían sido divididas y reclamadas en las incesantes escaramuzas entre las bandas rivales de Ketterdam. Se suponía que se trataba de un territorio neutral, pero a Inej no le parecía que lo fuera. Le parecía como el silencio que hay en el bosque antes de que las cuerdas se tensen y el conejo comience a gritar. Le parecía una trampa.

—Esto es un error —dijo. Gran Bolliger se sobresaltó; no sabía que se encontraba allí. Inej oyó el nombre que los Despojos eligieron para ella y que susurraban entre sus filas: el Espectro—. Geels trama algo.

—Pues claro que sí —replicó Kaz. Su voz tenía la textura áspera y erosionada de la piedra contra la piedra. Inej siempre se había preguntado si ya le sonaba así cuando era pequeño. Si es que alguna vez había sido pequeño.

—Entonces, ¿por qué hemos venido aquí hoy?

—Porque eso es lo que quiere Per Haskell.

Hombre viejo, métodos viejos, pensó Inej aunque no lo dijo, y le pareció que los demás Despojos estaban pensando lo mismo.

—Va a matarnos a todos —dijo.

Jesper estiró sus largos brazos sobre su cabeza y sonrió, mostrando unos dientes blancos que contrastaban con su piel oscura. Todavía no había soltado su rifle, y la silueta de este sobre su espalda le hacía parecer un pájaro desgarbado de largos miembros.

—Estadísticamente, lo más probable es que solo mate a alguno de nosotros.

—No es algo de lo que bromear —señaló Inej. Kaz le dirigió una mirada divertida. Ella sabía cómo sonaba: seria y quisquillosa, como una vieja bruja gritando terribles augurios desde la puerta de su casa. No le gustaba, pero sabía que tenía razón. Además, las viejas debían de saber algo, o no vivirían para acumular arrugas y gritar desde sus escaleras de entrada.

—Jesper no está bromeando, Inej —dijo Kaz—. Está calculando las probabilidades.

Gran Bolliger hizo crujir sus enormes nudillos.

—Bueno, yo tengo cerveza y una sartén de huevos esperándome en el Kooperom, así que no voy a ser yo quien muera esta noche.

—¿Quieres apostar? —preguntó Jesper.

—No voy a apostar por mi propia muerte.

Kaz hizo girar el sombrero sobre su cabeza y se pasó los dedos enguantados por el ala en un rápido saludo.

—¿Por qué no, Bolliger? Lo hacemos todos los días.

Tenía razón. La deuda de Inej con Per Haskell significaba que se jugaba la vida cada vez que aceptaba un nuevo trabajo o encargo, cada vez que salía de su habitación en el Listón. Aquella noche no era diferente.

Kaz golpeó los adoquines con el bastón mientras las campanas de la Iglesia del Trueque comenzaban a sonar. El grupo quedó en silencio; había acabado el momento de hablar.

—Geels no es inteligente, pero sí lo bastante listo como para darnos problemas —dijo Kaz—. Da igual lo que oigáis, no os unáis a la lucha salvo que yo dé la orden. Permaneced alerta. —A continuación dirigió un breve asentimiento a Inej—. Y tú permanece oculta.

—Sin llantos —dijo Jesper mientras le tiraba su rifle a Rotty.

—Sin funerales —murmuraron los demás Despojos como respuesta. Entre ellos era la forma de desearse buena suerte.

Antes de que Inej pudiera fundirse entre las sombras, Kaz le dio un golpecito en el brazo con la cabeza de cuervo de su bastón.

—Vigila a los guardias del tejado. Puede que Geels los haya comprado.

—Entonces… —comenzó ella, pero Kaz ya había desaparecido.

Inej levantó las manos, frustrada. Tenía cien preguntas, pero como siempre, Kaz se aferraba con fuerza a las respuestas.

Correteó hasta la pared del Intercambio que daba al canal. Solo los tenientes y sus ayudantes tenían permitido entrar durante el parlamento. Pero por si acaso a la Punta Negra se le ocurría alguna idea, los demás Despojos estarían esperando justo fuera del arco este con las armas preparadas. Ella sabía que Geels tendría a su grupo de Puntas Negras fuertemente armados en la entrada oeste.

Inej encontraría la forma de entrar. Las reglas del juego limpio entre las bandas eran de los tiempos de Per Haskell. Además, era un Espectro: la única regla que se le aplicaba era la de la gravedad, y algunos días también la desafiaba.

El nivel inferior del Intercambio estaba dedicado a almacenes sin ventanas, así que Inej localizó una cañería para escalar. Algo le hizo dudar antes de rodearla con la mano. Sacó un hueso de luz del bolsillo y lo agitó, emitiendo así un pálido resplandor verde sobre la cañería. Estaba resbaladiza por el aceite. Siguió la pared, buscando otra opción, y encontró una cornisa con una estatua de los tres peces voladores de Kerch a su alcance. Se puso de puntillas y tanteó la parte superior de la cornisa. Estaba cubierta de cristales rotos. Me están esperando, pensó con sombrío placer.

Se había unido a los Despojos hacía menos de dos años, solo unos días después de su decimoquinto cumpleaños. Había sido una cuestión de supervivencia, pero le agradaba saber que en ese corto espacio de tiempo se había convertido en alguien que sus enemigos tenían en mente a la hora de tomar precauciones. Aunque si los Puntas Negras pensaban que con trucos así evitarían que el Espectro consiguiera su objetivo, estaban tristemente equivocados.

Sacó dos picos de escalada de los bolsillos de su chaleco acolchado y metió primero uno y después el otro entre los ladrillos del muro mientras se elevaba, encontrando con los pies los salientes y rugosidades más pequeños en la piedra. Cuando era niña, aprendió a caminar en la cuerda floja descalza, pero las calles de Ketterdam eran demasiado frías y húmedas para eso. Tras algunas malas caídas, había pagado a un Hacedor Grisha que trabajaba en secreto en una licorería de la Wijnstraat para que le hiciera unas sandalias de cuero con suelas nudosas de goma. Encajaban a la perfección con su piel y se aferraban a cualquier superficie con seguridad.

En el segundo piso del Intercambio, subió hasta el alféizar de una ventana lo bastante ancho como para sentarse encima.

Kaz había hecho lo que había podido para enseñarle, pero ella no era tan hábil como él allanando casas y necesitó unos cuantos intentos para forzar el cerrojo. Al fin oyó un «clic» satisfactorio y la ventana se abrió a un despacho desierto, con las paredes cubiertas de mapas marcados con rutas de comercio y pizarras con precios de acciones y nombres de barcos. Se metió dentro, volvió a echar el cerrojo y se abrió camino junto a los escritorios con sus pulcras pilas de pedidos y cuentas.

Cruzó unas altas puertas y salió a un balcón que daba al patio central del Intercambio. Todas las oficinas de envíos tenían uno. Desde allí se anunciaban los nuevos barcos y las llegadas de existencias, o se colgaba la bandera negra que indicaba que una nave se había perdido en el mar con todo su cargamento. El suelo del Intercambio explotaba en un frenesí de trueques, los corredores extendían la palabra por toda la ciudad, y el precio de los bienes, los anticipos y los beneficios en las travesías subía y bajaba. Pero esa noche todo era silencio.

Un viento sopló desde el puerto, llevando el olor del mar y agitando los cabellos sueltos que habían escapado del moño trenzado en la nuca de Inej. Abajo, en la plaza, vio el balanceo de la luz de una lámpara y oyó el golpe sordo del bastón de Kaz sobre la piedra mientras él y sus ayudantes atravesaban el lugar. En el lado opuesto vio otras lámparas que se dirigían hacia ellos. Los Puntas Negras habían llegado.

Inej se levantó la capucha. Se subió a la barandilla y saltó en silencio hasta el balcón vecino y después al siguiente, siguiendo a Kaz y a los otros por la plaza, permaneciendo tan cerca como podía. El abrigo oscuro de Kaz se movía bajo la brisa salada, su cojera era más pronunciada esa noche, como siempre cuando hacía frío. Podía oír a Jesper manteniendo un flujo animado de conversación, y la risa entre dientes baja y retumbante de Gran Bolliger.

Mientras se acercaba al otro lado de la plaza, Inej vio que Geels había elegido llevar a Elzinger y Oomen, tal como ella había predicho. Inej conocía las fortalezas y debilidades de cada miembro de los Puntas Negras, por no mencionar a los Perdigueros de Harley, los Liddies, los Gaviotas Cuchilla, los Leones Moneda y cualquier otra banda que trabajara en las calles de Ketterdam. Era su trabajo saber que Geels confiaba en Elzinger porque habían ascendido entre los Puntas Negras juntos, y porque Elzinger tenía la constitución de un cúmulo de rocas: unos dos metros de altura, lleno de músculos, y una cara ancha y aplastada sobre un cuello grueso como un tronco.

De pronto se alegró de que Gran Bolliger estuviera con Kaz. Que este hubiera elegido a Jesper para ser uno de sus ayudantes no era ninguna sorpresa. Por inquieto que fuera Jesper, con o sin sus revólveres era el mejor en una pelea, e Inej sabía que haría cualquier cosa por Kaz. No estuvo tan segura cuando vio que había elegido también a Gran Bolliger. Era un gorila en el Club Cuervo, perfectamente capaz de lidiar con borrachos y maleantes, pero demasiado pesado como para ser muy útil en una pelea de verdad. Sin embargo, al menos era lo bastante alto como para mirar a Elzinger a los ojos.

Inej no quería pensar demasiado en el otro segundo de Geels. Oomen la ponía nerviosa. No era tan intimidatorio físicamente como Elzinger; de hecho, parecía un espantapájaros: no era flacucho, pero parecía que debajo de su ropa tuviera el cuerpo formado con los ángulos equivocados. Se decía que una vez había aplastado el cráneo de un hombre con las manos desnudas, se había limpiado las palmas en la camiseta y había seguido bebiendo.

Inej trató de calmar la intranquilidad que la atravesaba y escuchó mientras Geels y Kaz hablaban de naderías en la plaza y sus ayudantes tanteaban a los otros para asegurarse de que nadie llevara nada.

—Qué travieso —dijo Jesper mientras sacaba un pequeño cuchillo de la manga de Elzinger y lo tiraba al otro lado de la plaza.

—Limpio —declaró Gran Bolliger mientras dejaba de tantear a Geels y avanzaba hacia Oomen.

Kaz y Geels hablaron del tiempo y de la sospecha de que en el Kooperom estaban sirviendo bebidas aguadas ahora que habían subido el alquiler, sin sacar la verdadera razón por la que habían ido allí esa noche. En teoría iban a hablar, disculparse, acordar respetar los límites del Quinto Puerto y después salir todos a buscar algo para beber juntos… o al menos eso era lo que había insistido Per Haskell.

Pero ¿qué sabe Per Haskell?, pensó Inej mientras buscaba a los guardias que patrullaban en el tejado, tratando de distinguir sus sombras en la oscuridad. Haskell dirigía a los Despojos, pero esos días prefería sentarse en la calidez de su habitación, beber cerveza tibia, construir maquetas de barcos y contar largas historias de sus hazañas a cualquiera que lo escuchara. Parecía creer que las guerras territoriales podían resolverse como antaño: con una corta pelea y un apretón de manos amistoso. Pero cada uno de los sentidos de Inej le decía que eso no era lo que iba a pasar. Su padre habría dicho que las sombras tenían cuentas pendientes esa noche. Algo malo iba a pasar.

Kaz tenía ambas manos enguantadas descansando sobre la cabeza de cuervo tallada de su bastón. Parecía totalmente tranquilo, con la cara estrecha oscurecida por el ala de su sombrero. A la mayoría de los miembros de las bandas del Barril les gustaba destacar: estridentes chalecos, relojes con gemas falsas, pantalones de todo patrón y diseño imaginables. Kaz era la excepción: la imagen de la sobriedad, sus chalecos y pantalones oscuros eran de corte simple y líneas severas. Al principio Inej pensaba que era cuestión de gusto, pero acabó comprendiendo que era una broma dedicada a los honorables mercaderes. Le gustaba parecer uno de ellos.

—Soy un hombre de negocios —le había dicho—. Ni más, ni menos.

—Eres un ladrón, Kaz.

—¿No es eso lo que acabo de decir?

Ahora parecía alguna clase de sacerdote que hubiera acudido para predicar ante un grupo de artistas de circo. Un sacerdote joven, pensó la chica con otra punzada de intranquilidad. Kaz decía que Geels estaba viejo y cascado, pero desde luego no parecía así esa noche. El teniente de los Puntas Negras tal vez tuviera arrugas alrededor de los ojos y carrillos hinchados bajo las patillas, pero parecía curtido y seguro de sí mismo. A su lado, Kaz parecía… bueno, que tenía diecisiete años.

—Seamos justos, ¿ja? Lo único que queremos es más reservas —dijo Geels, dando unos golpecitos a los botones espejados de su chaleco verde lima—. No es justo que vosotros tengáis el dinero de todos los turistas que desembarcan en el Quinto Puerto.

—El Quinto Puerto es nuestro, Geels —replicó Kaz—. Los Despojos tienen el derecho de ir a por todos los pichones que vengan buscando un poco de diversión.

Geels negó con la cabeza.

—Eres joven, Brekker —dijo con una risa indulgente—. A lo mejor no comprendes cómo funcionan estas cosas. Los puertos pertenecen a la ciudad, y tenemos tanto derecho a ellos como cualquiera. Todos tenemos que ganarnos la vida.

Técnicamente, aquello era cierto. Pero el Quinto Puerto estaba prácticamente abandonado cuando Kaz lo había tomado. Lo había dragado y después había construido los muelles y el embarcadero, y había tenido que hipotecar el Club Cuervo para hacerlo. Per Haskell había despotricado contra él y lo había llamado estúpido por los gastos, pero había acabado cediendo. Según Kaz, las palabras exactas del anciano habían sido «agarra esa cuerda y cuélgate». Pero el beneficio había compensado los gastos en menos de un año. Ahora el Quinto Puerto ofrecía amarraderos a los buques mercantes, y a barcos de todo el mundo llenos de turistas y soldados dispuestos a contemplar las vistas y probar los placeres de Ketterdam. Los Despojos eran los primeros en recibirlos, conduciéndolos a ellos (y a sus carteras) a burdeles, tabernas y antros de juego propiedad de la banda. El Quinto Puerto había vuelto muy rico al anciano y había consolidado a los Despojos como jugadores de primera categoría en el Barril de una forma que ni siquiera el éxito del Club Cuervo había conseguido. Pero con los beneficios venía la atención indeseada. Geels y los Puntas Negras llevaban todo el año causando problemas a los Despojos, traspasando los límites del Quinto Puerto y escogiendo pichones que no eran suyos por derecho.

—El Quinto Puerto es nuestro —repitió Kaz—. No vamos a negociarlo. Os estáis metiendo en nuestro territorio y habéis interceptado un cargamento de jurda que debería haber llegado hace dos noches.

—No sé de qué estás hablando.

—Sé que es fácil, Geels, pero intenta no hacerte el tonto conmigo.

Geels dio un paso hacia delante. Jesper y Gran Bolliger se tensaron.

—Deja de flexionar los músculos, chico —dijo Geels—. Todos sabemos que el anciano no tiene estómago para una pelea de verdad.

La risa de Kaz era seca como el susurro de las hojas caídas.

—Pero soy yo quien está sentado a tu mesa, Geels, y me gustan los platos fuertes. Así que si quieres una guerra, me aseguraré de que tengas guerra hasta hartarte.

—¿Y si ya no estuvieras, Brekker? Todos saben que eres la columna vertebral de la organización de Haskell; si te partiera en dos, los Despojos se derrumbarían.

Jesper resopló.

—Estómago, columna vertebral. ¿Qué será lo siguiente, el bazo?

—Cállate —gruñó Oomen. Las reglas del parlamento dictaban que solo los tenientes podían hablar cuando comenzaban las negociaciones. Jesper formó las palabras «lo siento» con la boca e hizo una elaborada pantomima de cerrarse los labios con llave.

—Estoy bastante seguro de que me estás amenazando, Geels —dijo Kaz—. Pero quiero tenerlo claro antes de decidir qué hacer al respecto.

—Estás muy seguro de ti mismo, ¿verdad, Brekker?

—De mí y de nada más.

Geels comenzó a reír y le dio un codazo a Oomen.

—Escucha a este pedazo de mierda engreído. Brekker, estas calles no son tuyas. Los niños como tú son pulgas. Aparece una nueva plaga cada pocos años para dar por saco hasta que un gran perro decida rascar. Y déjame que te diga que estoy cansado del picor. —Cruzó los brazos, y de él emanaba placer en oleadas arrogantes—. ¿Y si te dijera que hay dos guardias de la ciudad apuntándoos con sus rifles a ti y a tus chicos ahora mismo?

A Inej le dio un vuelco el estómago. ¿A eso se refería Kaz cuando dijo que Geels podría haber comprado a los guardias?

Kaz echó un vistazo al tejado.

—¿Contratar a guardias de la ciudad para que maten por ti? Eso parece demasiado costoso para una banda como los Puntas Negras. No estoy seguro de creer que tus arcas puedan soportarlo.

Inej subió a la barandilla y saltó de la seguridad del balcón en dirección al tejado. Si sobrevivían a esa noche, iba a matar a Kaz.

Siempre había dos guardias de la stadwatch en el tejado del Intercambio. Unos cuantos kruge de los Despojos y los Puntas Negras se habían asegurado de que no interfirieran con el parlamento, una transacción bastante común. Pero Geels estaba hablando de algo muy diferente. ¿De verdad había logrado sobornar a unos guardias de la ciudad para que dispararan por él? De ser así, las posibilidades de los Despojos de sobrevivir a esa noche bailaban sobre la punta de la navaja.

Como en la mayoría de edificios de Ketterdam, el Intercambio tenía un tejado a dos aguas muy pronunciado para mantener alejada la lluvia, así que los guardias patrullaban por una pequeña pasarela que daba al patio. Inej lo ignoró. Era más fácil de transitar, pero la dejaría demasiado expuesta. En lugar de eso escaló hasta la mitad de las resbaladizas tejas y comenzó a arrastrarse, con el cuerpo inclinado en un ángulo precario, moviéndose como una araña mientras mantenía un ojo en la pasarela de los guardias y una oreja en la conversación de abajo. Tal vez Geels estaba mintiendo. O tal vez había dos guardias encorvados sobre la barandilla con Kaz, Jesper y Gran Bolliger en las mirillas.

—Ha sido difícil —admitió Geels—. Somos una organización pequeña ahora mismo, y los guardias de la ciudad no son baratos. Pero merecerá la pena el premio.

—¿Te refieres a mí?

—Me refiero a ti.

—Me siento halagado.

—Los Despojos no durarán una semana sin ti.

—Les daría un mes solo por la inercia.

El pensamiento repiqueteó ruidosamente en la cabeza de Inej. Si Kaz muriera, ¿me quedaría? ¿O escogería no saldar mi deuda? ¿Me enfrentaría a los sicarios de Per Haskell? Si no se movía más deprisa, tal vez lo descubriría pronto.

—Rata de cloaca arrogante. —Geels se rio—. No puedo esperar a borrarte esa expresión de la cara.

—Pues hazlo —dijo Kaz, e Inej se arriesgó a mirar abajo. Su voz había cambiado, y todo el humor desapareció.

—¿Debería hacer que te metan una bala en la pierna buena, Brekker?

¿Dónde están los guardias?, pensó Inej, acelerando el paso. Corrió por el escarpado borde del tejado. El Intercambio se extendía a lo largo de casi media manzana de la ciudad. Había demasiado territorio que cubrir.

—Deja de hablar, Geels. Diles que disparen.

—Kaz… —dijo Jesper con nerviosismo.

—Venga. Encuentra tus huevos y dales la orden.

¿A qué estaba jugando Kaz? ¿Es que quería morir? ¿O tan solo había supuesto que Inej encontraría a tiempo a los guardias?

Volvió a mirar abajo. Geels irradiaba expectación. Respiró hondo y su pecho se hinchó. Los pasos de Inej flaquearon, y tuvo que esforzarse para no deslizarse y caer por el borde del tejado. Va a hacerlo. Voy a ver morir a Kaz.

—¡Fuego! —gritó Geels.

Un disparo partió el aire. Gran Bolliger soltó un grito y se derrumbó en el suelo.

—¡Maldita sea! —gritó Jesper, apoyándose sobre una rodilla junto a Bolliger y apretando con la mano la herida de bala mientras el grandullón gemía—. ¡Gordo inútil! —le gritó a Geels—. Acabas de violar territorio neutral.

—Nadie dice que vosotros no dispararais primero —replicó Geels—. ¿Y quién va a saberlo? Ninguno de los tres va a salir de aquí.

La voz de Geels sonaba demasiado aguda. Estaba tratando de mantener la compostura, pero Inej podía oír el pánico latente bajo sus palabras, el aleteo sobresaltado de un pájaro asustado. ¿Por qué? Unos momentos antes había sido todo chulería.

Entonces fue cuando Inej vio que Kaz todavía no se había movido.

—No tienes buen aspecto, Geels.

—Estoy bien —aseguró él. Pero no lo estaba; parecía pálido y tembloroso. Sus ojos iban de derecha a izquierda como si estuviera buscando algo en la oscura pasarela del tejado.

—¿Seguro? —preguntó Kaz en tono despreocupado—. Las cosas no van tal como pensabas, ¿verdad?

—Kaz —dijo Jesper—. Bolliger está sangrando mucho…

—Bien.

—Kaz, ¡necesita un medik!

Kaz echó un vistazo rápido al hombre herido.

—Lo que necesita es dejar de quejarse y alegrarse de que no le pidiera a Holst que le pegara un tiro en la cabeza. —Incluso desde arriba, Inej vio que Geels se encogía—. Ese es el nombre del guardia, ¿verdad? Willem Holst y Bert Van Daal… los dos guardias de la ciudad de servicio esta noche. ¿Los que sobornaste vaciando las arcas de los Puntas Negras?

Geels no dijo nada.

—A Willem Holst —continuó Kaz levantando la voz que flotó hasta el tejado— le gusta jugar casi tanto como a Jesper, así que tu dinero tenía mucho atractivo. Pero Holst tenía problemas mucho mayores; llamémoslos necesidades. No voy a entrar en detalles. Un secreto no es como una moneda; no conserva su valor al gastarlo. Tendrás que confiar en mí cuando te digo que este te revolvería el estómago. ¿No es cierto, Holst?

La respuesta fue otro disparo. Golpeó los adoquines cerca de los pies de Geels, que soltó un quejido de sorpresa y dio un salto hacia atrás.

En esta ocasión Inej pudo rastrear el origen del disparo. Había provenido de algún lugar cerca del lado oeste del edificio. Si Holst se encontraba ahí, eso significaba que el otro guardia, Bert Van Daal, estaría en el lado este. ¿Habría conseguido Kaz neutralizarlo también a él? ¿O estaba contando con ella? Corrió sobre el gablete.

—¡Dispárale, Holst! —bramó Geels con voz desesperada—. ¡Dispárale en la cabeza!

Kaz resopló con desprecio.

—¿De verdad pensabas que ese secreto moriría conmigo? Adelante, Holst —gritó—. Méteme una bala en el cráneo. Habrá mensajeros corriendo hacia tu mujer y hacia el capitán de tu guardia antes de que caiga al suelo.

No hubo ningún disparo.

—¿Cómo? —preguntó Geels amargamente—. ¿Cómo sabías siquiera quién estaría de servicio esta noche? He tenido que pagar una fortuna para obtener esa información. No puedes haber pagado más.

—Digamos que mi moneda de cambio vale más.

—El dinero es el dinero.

—Yo trafico con información, Geels, con las cosas que hacen los hombres cuando creen que nadie está mirando. La vergüenza tiene más valor del que jamás podría tener una moneda.

Inej vio que estaba fanfarroneando, ganándole tiempo mientras ella saltaba sobre las tejas de pizarra.

—¿Estás preocupado por el segundo guardia? ¿El bueno de Bert Van Daal? —preguntó Kaz—. A lo mejor está ahí arriba ahora, preguntándose qué debería hacer. ¿Dispararme? ¿Disparar a Holst? O a lo mejor también lo tengo a él de mi parte y se está preparando para abrirte un agujero en el pecho, Geels. —Se inclinó hacia delante, como si él y Geels estuvieran compartiendo un gran secreto—. ¿Por qué no le das la orden a Van Daal y lo averiguas?

Geels abrió y cerró la boca como una carpa, y entonces bramó:

—¡Van Daal!

Justo cuando Van Daal separaba los labios para responder, Inej se deslizó detrás de él y le puso una hoja en la garganta. Apenas había tenido tiempo de distinguir su sombra y bajar por el tejado. Por todos los Santos, a Kaz le gustaba apurar hasta el último segundo.

—Shhh —susurró al oído de Van Daal. Le dio un golpecito en el costado para que sintiera la punta de su segunda daga contra su riñón.

—Por favor —gimió él—. No…

—Me gusta que los hombres supliquen —dijo ella—. Pero este no es el momento.

Abajo, pudo ver el pecho de Geels subiendo y bajando mientras respiraba con pánico.

—¡Van Daal! —volvió a gritar. Había rabia en su cara cuando se giró hacia Kaz—. Siempre un paso por delante, ¿verdad?

—Geels, en lo relativo a ti, diría que siempre voy con ventaja.

Pero Geels se limitó a sonreír; una sonrisita tensa y satisfecha. La sonrisa de un vencedor, se dio cuenta Inej con miedo renovado.

—La carrera no ha terminado todavía.

Geels se metió la mano en la chaqueta y sacó una pesada pistola negra.

—Por fin —dijo Kaz—. La gran revelación. Ahora Jesper puede dejar de agacharse sobre Bolliger como una niña llorona.

Jesper miró fijamente la pistola con ojos aturdidos y furiosos.

—Bolliger lo registró. Lo… Oh, Gran Bol, idiota —gruñó.

Inej no podía creer lo que veía. El guardia que tenía en sus brazos soltó un pequeño chillido. Debido a la furia y la sorpresa había tensado su agarre por accidente.

—Tranquilo —dijo, aflojando el agarre. Pero, por todos los Santos, quería atravesar algo con el cuchillo. Gran Bolliger había sido quien había cacheado a Geels. Tenía que haber notado la pistola. Los había traicionado.

¿Por eso era por lo que Kaz había insistido en llevar a Gran Bolliger esa noche, para confirmar públicamente que se había pasado a los Puntas Negras? Sin duda esa era la razón por la que había permitido que Holst le metiera una bala en las tripas. Pero ¿qué más daba? Ahora todos sabían que Gran Bol era un traidor, pero Kaz seguía teniendo una pistola apuntándole al pecho.

Geels sonrió con suficiencia.

—Kaz Brekker, el gran artista del escape. ¿Cómo vas a librarte de esta?

—Saliendo tal como entré. —Kaz ignoró la pistola y dirigió su atención hacia el hombretón que había tirado en el suelo—. ¿Sabes cuál es tu problema, Bolliger? —Clavó la punta de su bastón en la herida del estómago de Gran Bol—. No era una pregunta retórica. ¿Sabes cuál es tu mayor problema?

Bolliger gimoteó.

—Nooo…

—Intenta adivinarlo —siseó Kaz. Gran Bol no dijo nada, solo soltó otro quejido tembloroso—. De acuerdo, te lo diré: eres perezoso. Yo lo sé. Todos lo saben. Así que tuve que preguntarme por qué mi matón más perezoso se levantaba temprano dos veces por semana para caminar tres kilómetros extra hasta la Fritura de Cilla para desayunar, sobre todo cuando los huevos son mucho mejores en el Kooperom. Gran Bol se levanta temprano y los Puntas Negras comienzan a trastear por el Quinto Puerto y entonces interceptan nuestro gran cargamento de jurda. No era muy difícil hacer la conexión. —Suspiró y se dirigió a Geels—: Esto es lo que pasa cuando la gente estúpida empieza a hacer grandes planes, ¿ja?

—Ahora no importa mucho, ¿verdad? —replicó Geels—. Si esto se pone feo, te puedo disparar de cerca. A lo mejor tus guardias me matan a mí o a mis chicos, pero ni en sueños vas a poder esquivar esta bala.

Kaz avanzó hasta el cañón de la pistola de modo que quedara presionada contra su pecho.

—Pues no, ni en sueños, Geels.

—¿Crees que no voy a hacerlo?

—Ah, creo que lo harías alegremente, y tu corazón negro cantaría. Pero no lo harás. Esta noche no.

Los dedos de Geels se crisparon sobre el gatillo.

—Kaz —dijo Jesper—. Todo esto de pedir que te disparen está empezando a preocuparme.

Oomen no se molestó en quejarse esa vez por que hablara. Había un hombre derribado. Se había violado el territorio neutral. El intenso olor a pólvora ya flotaba en el aire, y con él una pregunta tácita en el silencio, como si el propio Segador aguardara la respuesta: ¿cuánta sangre se derramaría esa noche?

En la distancia gimió una sirena.

—Burstraat diecinueve —dijo Kaz. Geels se había estado balanceando un poco de un pie a otro, pero se quedó muy quieto—. Esa la dirección de tu chica, ¿verdad, Geels?

Este tragó saliva.

—Yo no tengo chica.

—Ah, sí, la tienes —canturreó Kaz—. Y es guapa. Bueno, lo bastante guapa para un rufián como tú. Parece dulce. La quieres, ¿verdad? —Incluso desde el tejado, Inej podía ver la capa de sudor sobre el rostro de Geels—. Pues claro que sí. Ninguna chica tan guapa habría mirado dos veces a una escoria del Barril como tú, pero ella es diferente. Le pareces encantador. Es una señal clara de locura si quieres mi opinión, pero el amor es así de extraño. ¿Le gusta apoyar su hermosa cabeza sobre tu hombro? ¿Escucharte hablar sobre cómo te ha ido el día?

Geels miró a Kaz como si al fin lo estuviera viendo por primera vez. El chico con el que había estado hablando había sido arrogante, temerario, fácilmente divertido, pero no terrorífico, no de verdad. Ahora el monstruo estaba ahí, con sus ojos muertos y su expresión carente de miedo. Kaz Brekker ya no estaba, y Manos Sucias había acudido a ocuparse de la parte más desagradable del trabajo.

—Vive en el diecinueve de la Burstraat —dijo Kaz con su voz de gravilla—. En el tercer piso, el de los geranios en las ventanas. Hay dos Despojos esperando al otro lado de su puerta ahora mismo y, si no salgo de aquí sano y salvo, prenderán fuego a ese lugar en la planta baja y en el tejado. Arderá en cuestión de segundos, desde ambos extremos con la pobre Elise atrapada en el medio. Su pelo rubio se prenderá primero. Como la mecha de una vela.

—Estás mintiendo —dijo Geels, pero la mano de la pistola le temblaba.

Kaz levantó la cabeza e inhaló profundamente.

—Se está haciendo tarde. Ya has oído la sirena. Huelo el puerto en el viento, el mar y la sal, y tal vez… ¿es humo eso que también huelo?

Había placer en su voz.

Por todos los Santos, Kaz, pensó Inej tristemente. ¿Qué has hecho ahora?

El dedo de Geels se crispó de nuevo sobre el gatillo, e Inej se tensó.

—Lo sé, Geels. Lo sé —dijo Kaz con simpatía—. Tanto planear, conspirar y sobornar para nada. Eso es lo que estás pensando ahora mismo. Lo mal que te sentirás volviendo a casa sabiendo lo que has perdido. Lo enfadado que se pondrá tu jefe cuando aparezcas con las manos vacías y mucho más pobre. Lo satisfactorio que sería meterme una bala en el corazón. Puedes hacerlo. Aprieta el gatillo; podemos caer todos juntos. Llevarán nuestros cuerpos a la Barcaza del Segador para quemarlos, como hacen con todos los pobres. O puedes soportar el golpe a tu orgullo, volver a la Burstraat, poner la cabeza sobre el regazo de tu chica, quedarte dormido mientras aún respiras y soñar con venganza. Depende de ti, Geels. ¿Nos vamos a casa esta noche?

Geels buscó en la mirada de Kaz, y lo que quiera que vio hizo que sus hombros cayeran. Inej se sorprendió al sentir una punzada de lástima por él. Había llegado a ese lugar con bravuconería, siendo un superviviente, un campeón del Barril. Se marcharía siendo otra víctima de Kaz Brekker.

—Algún día recibirás lo que te mereces, Brekker.

—Lo haré —dijo él—, si hay alguna justicia en el mundo. Y todos sabemos lo probable que es eso.

Geels bajó el brazo y la pistola colgó inútilmente a su costado.

Kaz dio un paso hacia atrás y se sacudió la parte delantera de la camisa, donde había estado el cañón de la pistola.

—Dile a tu general que mantenga a los Puntas Negras lejos del Quinto Puerto y que esperamos que nos compense por el cargamento de jurda que perdimos, además de un cinco por ciento por atacar en terreno neutral y un cinco por ciento más por ser un espectacular hatajo de imbéciles.

Entonces el bastón de Kaz giró en un arco brusco y repentino. Geels gritó cuando los huesos de su muñeca se partieron, y la pistola cayó sobre el suelo de piedra.

—¡Me rindo! —gritó Geels, sujetándose la mano—. ¡Me rindo!

—Si vuelves a apuntarme con un arma te romperé ambas muñecas, y tendrás que contratar a alguien para que te ayude a mear. —Kaz se inclinó el ala del sombrero con la empuñadura de su bastón—. O a lo mejor la encantadora Elise podría hacerlo por ti.

Kaz se agachó junto a Bolliger y el grandullón gimoteó.

—Mírame, Bolliger. Suponiendo que no mueras desangrado esta noche, tienes hasta que el sol se ponga mañana para salir de Ketterdam. Si oigo que te acercas siquiera a los límites de la ciudad, te encontrarán metido en un barril de cerveza en la Fritura de Cilla. —A continuación miró a Geels—. Si ayudas a Bolliger, o si descubro que sigue con los Puntas Negras, iré a por vosotros.

—Por favor, Kaz —gimió Bolliger.

—Tenías un hogar y lanzaste una bola de demolición contra la puerta, Bolliger. No esperes simpatía de mí. —Se levantó y comprobó el reloj de bolsillo—. No esperaba que esto durara tanto. Será mejor que me ponga en marcha, o la pobre Elise va a acabar muy calentita.

Geels negó con la cabeza.

—Estás fatal, Brekker. No sé qué anda mal en tu cabeza, pero no estás bien.

Kaz inclinó la cabeza hacia un lado.

—Eres de la periferia, ¿verdad, Geels? ¿Has venido a la ciudad para probar suerte? —Se alisó la solapa con una mano enguantada—. Bueno, pues yo soy la clase de cabrón que solo fabrican en el Barril.

A pesar de la pistola cargada a los pies de los Puntas Negras, Kaz les dio la espalda y cruzó los adoquines cojeando en dirección al arco este. Jesper se agachó junto a Bolliger y le dio una suave palmada en la mejilla.

—Idiota —dijo con tristeza, y siguió a Kaz para salir del Intercambio.

Desde el tejado, Inej continuó observando mientras Oomen cogía y enfundaba la pistola de Geels y los Puntas Negras se decían unas palabras silenciosas entre ellos.

—No os marchéis —suplicó Gran Bolliger—. No me dejéis.

Trató de aferrarse a los bajos del pantalón de Geels, pero este se lo sacudió de encima. Lo dejaron aovillado a un lado, sangrando sobre los adoquines.

Inej le quitó el rifle de las manos a Van Daal antes de liberarlo.

—Vete a casa —le dijo.

Él le dirigió una mirada llena de puro terror y salió corriendo por la pasarela. Abajo, Gran Bol había comenzado a tratar de arrastrarse por el suelo del Intercambio. Tal vez fuera lo bastante estúpido como para haberse enfrentado a Kaz Brekker, pero había sobrevivido mucho tiempo en el Barril y eso demostraba fuerza de voluntad. Tal vez lo lograra.

Ayúdalo, dijo una voz en su cabeza. Hasta hacía unos momentos, había sido su hermano de armas. Le parecía mal dejarlo solo. Podía acudir a él, ofrecerle acabar con su sufrimiento de forma rápida, cogerle la mano mientras moría. Podía ir a buscar a un medik para salvarlo.

En lugar de eso, susurró una plegaria rápida en el lenguaje de sus Santos y comenzó el escarpado descenso por la pared exterior. Inej sintió lástima por el chico que tal vez moriría solo sin nadie para consolarlo en sus últimos momentos, o que tal vez viviría y pasaría la vida exiliado. Pero el trabajo de aquella noche aún no había terminado, y el Espectro no tenía tiempo para traidores.





nos vítores dieron la bienvenida a Kaz cuando emergió del arco este con Jesper caminando tras él y, según le pareció a Kaz, tratando de superar su enfado.

Dirix, Rotty y los demás corrieron hacia ellos, lanzando hurras y gritos, con los revólveres de Jesper en el aire. Sus camaradas apenas habían visto el encuentro con Geels, pero habían escuchado la mayor parte. Ahora estaban cantando:

—¡La Burstraat está en llamas! ¡Los Despojos no tienen agua!

—¡No puedo creer que saliera por patas! —se burló Rotty—. ¡Tenía una pistola cargada en la mano!

—Dinos cómo has sobornado al guardia —suplicó Dirix.

—No puede ser lo de siempre.

—He oído que a un tipo de Sloken le gustaba revolcarse en sirope de manzana y después que dos…

—No voy a decir nada —dijo Kaz—. Holst podría ser de utilidad en el futuro.

El ambiente estaba agitado, y la risa tenía el matiz frenético de cuando has rozado el desastre. Algunos de ellos esperaban que hubiera habido alguna pelea y todavía se morían de ganas por una. Pero Kaz sabía que había algo más y no echaba de menos que nadie mencionara el nombre de Gran Bolliger. Estaban bastante alterados por la traición; tanto por la revelación de la misma como por el castigo de Kaz. Debajo de tantos vítores y gritos, había miedo. Bien. Kaz sabía que los Despojos eran todos asesinos, ladrones y mentirosos. Tan solo tenía que asegurarse de que no se acostumbraran a mentirle a él.

Kaz envió a dos de ellos a echarle un ojo a Gran Bol y a asegurarse de que si se ponía en pie abandonara la ciudad. Los demás podrían regresar al Listón y al Club Cuervo para beberse su preocupación, causar algún problema y correr la voz de los acontecimientos de esa noche. Dirían lo que habían visto, adornarían el resto, y cada vez que se contara la historia Manos Sucias se volvería más loco e implacable. Pero Kaz tenía negocios que atender, y su primera parada sería el Quinto Puerto.

Jesper se interpuso en su camino.

—Tendrías que haberme contado lo de Gran Bolliger —susurró con furia.

—No me digas lo que tengo que hacer, Jes.

—¿Piensas que yo también soy un traidor?

—Si lo pensara, estarías sujetándote las tripas en el suelo del Intercambio como Gran Bol, así que cierra la boca.

Jesper negó con la cabeza y puso las manos sobre los revólveres que le había devuelto Dirix. Siempre que se ponía de mal humor le gustaba poner las manos sobre una pistola, como un niño buscando el consuelo de su muñeco favorito.

Habría sido fácil hacer las paces. Kaz podría haberle dicho a Jesper que sabía que no era un traidor, recordarle que confiaba en él lo bastante como para convertirlo en su único ayudante real en un enfrentamiento que podía haber ido muy mal.

En lugar de eso, dijo:

—Venga, Jesper. Hay una línea de crédito esperándote en el Club Cuervo. Juega hasta el amanecer o hasta que se te acabe la suerte, lo primero que pase.

Jesper frunció el ceño, pero no pudo evitar un destello de ansia en el ojo.

—¿Otro soborno?

—Soy una criatura de hábitos.

—Por suerte para ti, yo también lo soy. —Dudó el tiempo suficiente para decir—: ¿No quieres que vayamos contigo? Los chicos de Geels van a estar muy irritados después de esto.

—Que vengan —dijo Kaz, y bajó la Nemstraat sin decir una palabra más. Si no podías caminar a solas por Ketterdam después de oscurecer, entonces deberías colgarte un cartel de «blandengue» al cuello y tumbarte para que te dieran una paliza.

Podía sentir las miradas de los Despojos sobre su espalda mientras se dirigía hacia el puente. No necesitaba oír sus susurros para saber lo que decían. Querían beber con él, oírle explicar cómo había sabido que Gran Bolliger se había pasado a los Puntas Negras, escucharle describir la mirada de Geels cuando había soltado la pistola. Pero nunca conseguirían eso de Kaz, y si no les gustaba, podían buscarse otra banda.

Sin importar lo que pensaran, estarían más seguros de sí mismos esa noche. Por eso se habían quedado, por eso habían dado sus mejores muestras de lealtad hacia él. Cuando se convirtió oficialmente en miembro de los Despojos, tenía doce años y la banda era un hazmerreír, niños de la calle y gorrones que dirigían juegos de conchas y se dedicaban a las estafas en una casa derruida en la peor parte del Barril. Pero él no necesitaba una gran banda, solo una que pudiera hacer grande; una que lo necesitara.

Ahora tenían su propio territorio, su propio salón de juegos, y esa casa derruida se había convertido en el Listón, un lugar seco y cálido donde obtener una comida caliente o refugio cuando te herían. Ahora temían a los Despojos. Kaz les había dado todo eso. Así que no estaba obligado encima a darles cháchara.

Además, Jesper se tranquilizaría. Unas cuantas bebidas y unas cuantas manos y el buen talante del tirador regresaría. El rencor le duraba tanto como el licor en el vaso, y tenía un don para hacer que las victorias de Kaz sonaran como si pertenecieran a todos.

Mientras Kaz bajaba uno de los pequeños canales que lo llevarían hasta el Quinto Puerto, se dio cuenta de que se sentía… por todos los Santos, se sentía casi esperanzado. A lo mejor tenía que ver a un medik. Los Puntas Negras llevaban semanas mordisqueándole los talones, y ahora los había obligado a jugar su mano. Su pierna tampoco estaba tan mal, a pesar del frío del invierno. El dolor siempre se encontraba ahí, pero esa noche tan solo era una palpitación apagada. Sin embargo, una parte de él se preguntaba si el parlamento no sería alguna clase de prueba que le hubiera preparado Per Haskell. Este era perfectamente capaz de convencerse de que él era el genio que hacía prosperar a los Despojos, sobre todo si alguno de sus secuaces le estaba susurrando al oído. Aquella idea no le hacía mucha gracia, pero Kaz podría preocuparse por Per Haskell al día siguiente. Por el momento, iba a asegurarse de que todo seguía en orden en el puerto y después volvería a casa, al Listón, para poder acostarse y disfrutar del descanso que tanto necesitaba.

Sabía que Inej lo seguía como una sombra. Llevaba con él todo el tiempo desde el Intercambio, pero no le dijo nada. Se haría visible cuando estuviera preparada. A él normalmente le gustaba el silencio; de hecho, le cosería felizmente los labios a la mayoría de la gente. Pero cuando quería, Inej tenía la forma de hacerte sentir su silencio. Era inquietante.

Kaz consiguió soportarlo durante todo el camino más allá de las barandilla de hierro de Zentzbridge, el enrejado cubierto de pequeños trozos de cuerda atados con nudos elaborados, plegarias de los marineros para regresar a salvo del mar. Tonterías supersticiosas. Finalmente, se rindió y dijo:

—Escúpelo ya, Espectro.

Su voz salió de la oscuridad.

—No enviaste a nadie a la Burstraat.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Si Geels no llega allí a tiempo…

—Nadie ha prendido fuego al diecinueve de la Burstraat.

—Oí la sirena…

—Un feliz accidente. Me sentí inspirado al oírla.

—Entonces sí que estabas mintiendo. Ella nunca estuvo en peligro.

Kaz se encogió de hombros, sin intención de responderle. Inej siempre estaba tratando de sacarle trocitos de decencia.

—Cuando todo el mundo sabe que eres un monstruo, no necesitas perder el tiempo haciendo monstruosidades.

—¿Por qué aceptaste el encuentro si sabías que era una trampa?

Se encontraba en algún lugar a la derecha de él, moviéndose sin sonido. Había oído a otros miembros de la banda diciendo que se movía como un gato, pero sospechaba que los gatos se sentarían atentamente a los pies de esa chica para aprender sus métodos.

—Yo diría que esta noche ha sido un éxito. ¿Tú no?

—Casi te matan. Y a Jesper también.

—Geels vació las arcas de los Puntas Negras para pagar sobornos inútiles. Hemos descubierto a un traidor, reestablecido nuestro dominio del Quinto Puerto, y no tengo ni un rasguño. Ha sido una buena noche.

—¿Hace cuánto que sabes lo de Gran Bolliger?

—Semanas. Vamos a estar bajos de personal. Y ahora que me acuerdo, echa a Rojakke.

—¿Por qué? No hay nadie como él en las mesas.

—Muchos saben manejar una baraja de cartas. Rojakke es más rápido de la cuenta. Está robando.

—Es un buen repartidor y tiene una familia que mantener. Podrías hacerle una advertencia, cortarle un dedo.

—Entonces ya no sería un buen repartidor, ¿verdad?

Cuando se pillaba a un repartidor robando dinero de un salón de juegos, el jefe le cortaba uno de los meñiques. Era uno de esos castigos ridículos que de algún modo se habían vuelto un código entre las bandas. Estropeaba el equilibrio del ladrón, le obligaba a volver a aprender a repartir y mostraba a cualquier futuro jefe que tenían que vigilarlo. Pero también lo volvía torpe en las mesas. Significaba que se tenía que concentrar en cosas simples como las mecánicas del reparto en lugar de observar a los jugadores.

Kaz no podía ver la cara de Inej en la oscuridad, pero sentía su desaprobación.

—La avaricia es tu dios, Kaz.

Casi se rio.

—No, Inej. La avaricia se inclina ante mí. Es mi servidora y mi palanca.

—Y entonces, ¿a qué dios sirves?

—A cualquiera que me dé buena suerte.

—No creo que los dioses funcionen así.

—No creo que me importe.

Ella soltó aire, exasperada. A pesar de todo por lo que había pasado, Inej todavía creía que sus Santos suli la estaban cuidando. Kaz lo sabía, y por alguna razón le encantaba encolerizarla. Deseó poder ver su expresión. Siempre había algo muy satisfactorio en su ceño de cejas negras fruncido.

—¿Cómo has sabido que llegaría a Van Daal a tiempo? —preguntó.

—Siempre lo haces.

—Deberías haberme advertido mejor.

—Pensaba que a tus Santos les gustaría el desafío.

Durante un rato Inej no dijo nada, y entonces Kaz la oyó detrás de él.

—Los hombres se burlan de los dioses hasta que los necesitan, Kaz.

No la vio marcharse, tan solo sintió su ausencia.

Sacudió la cabeza con irritación. Decir que confiaba en Inej sería exagerar un poco, pero podía admitir ante sí mismo que dependía de ella. Había sido una decisión instintiva pagar para sacarla de la Reserva, y le había costado mucho a los Despojos. Le había costado convencer a Per Haskell, pero Inej era una de las mejores inversiones que Kaz había hecho jamás. Que fuera tan diestra en el arte de no ser vista la convertía en una excelente ladrona de secretos, la mejor del Barril. Pero el hecho de que pudiera simplemente desaparecer le preocupaba. Ni siquiera tenía un olor. Toda la gente desprendía algún olor, y esos olores contaban historias: el aroma a carbólico de una mujer o el humo en su pelo, la lana húmeda del traje de un hombre, o el matiz de pólvora que quedaba en los puños de su camisa. Pero Inej no. De algún modo había dominado la invisibilidad. Era un activo valioso. Así que, ¿por qué no podía hacer su trabajo sin más y dejarlo en paz?

De pronto Kaz supo que no estaba solo. Hizo una pausa, atento. Había atajado por un estrecho callejón partido por un canal oscuro. No había lámparas ahí y muy pocos peatones, nada salvo la luna brillante y los pequeños barcos que golpeaban sus amarraderos. Había bajado la guardia, había dejado que su mente se distrajera.

La forma oscura de un hombre apareció en la entrada del callejón.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó Kaz.

La forma se lanzó hacia él, que giró el bastón en un arco bajo. Debería haber hecho contacto directo con las piernas de su atacante, pero en lugar de eso atravesó el espacio vacío. Kaz tropezó, desequilibrado por la fuerza de su giro.

Después, de algún modo, el hombre apareció justo delante de él. Un puño impactó contra la mandíbula de Kaz. Este se sacudió las estrellas que bailaban en su cabeza. Giró y volvió a atacar, pero no había nadie allí. La pesada empuñadura del bastón de Kaz atravesó la nada con un silbido y chocó contra la pared.

Kaz sintió que alguien a su derecha le quitaba el bastón de las manos. ¿Había más de uno?

Y entonces una figura atravesó la pared. La mente de Kaz tartamudeó y se tambaleó, tratando de explicar cómo lo que estaba viendo como una nube de niebla se convertía en una capa, botas y una pálida cara.

Fantasmas, pensó. Un temor de la infancia, pero que acudió a él con absoluta certeza. Jordie había regresado al fin para vengarse. Es hora de pagar tus deudas, Kaz. Nunca obtienes algo a cambio de nada.

El pensamiento atravesó su mente en una deshonrosa y mareante oleada de pánico, y después el fantasma estaba sobre él y sintió el agudo pinchazo de una aguja en el cuello. ¿Un fantasma con una jeringuilla?

Idiota, pensó. Y después se sumió en la oscuridad.



Kaz despertó con el penetrante olor a amoníaco. Su cabeza cayó hacia atrás mientras regresaba del todo a la consciencia.

El hombre mayor que tenía delante llevaba la túnica de un medik de la universidad. Sujetaba una botella de sales en la mano que estaba meneando bajo la nariz de Kaz. El hedor era casi insoportable.

—Aléjate de mí —dijo Kaz con voz áspera.

El medik lo observó como si nada y volvió a meter las sales en su bolsa de cuero. Kaz flexionó los dedos, pero era todo lo que podía hacer. Estaba encadenado a una silla con los brazos detrás de la espalda. Lo que quiera que le hubiesen inyectado lo tenía aún medio mareado.

El medik se apartó a un lado y Kaz pestañeó dos veces, tratando de aclarar su visión y comprender el absurdo lujo que le rodeaba. Esperaba despertar en la guarida de los Puntas Negras o alguna otra banda rival, pero aquel no era un antro barato del Barril. Un lugar así implicaba mucho dinero: paneles de caoba llenos de tallados de olas espumosas y peces voladores, estantes llenos de libros, ventanas de vidrio emplomado, y estaba seguro de que aquello era un DeKappel real. Uno de esos modestos retratos al óleo de una mujer con un libro abierto sobre su regazo y un cordero a los pies. El hombre que lo observaba desde detrás de un ancho escritorio tenía el aspecto próspero de un mercader. Pero si aquella era su casa, ¿por qué había miembros armados de la stadwatch guardando la puerta?

Maldita sea, pensó, ¿estoy arrestado? Si era así, el mercader iba a llevarse una sorpresa. Gracias a Inej tenía información sobre cada juez, alguacil y concejal de Kerch. Saldría de la celda antes del amanecer. Salvo porque no estaba en una celda, sino encadenado a una silla, así que, ¿qué demonios estaba pasando?

El hombre tenía cuarenta y tantos años, con una cara delgada pero atractiva, y el pelo retrocedía con determinación de su frente. Cuando Kaz le devolvió la mirada, se aclaró la garganta y unió los dedos.

—Brekker, espero que no te encuentres demasiado mal.

—Aleja a este viejo gangrenoso de mí. Estoy bien.

El mercader asintió en dirección al medik.

—Puedes irte. Por favor, mándame la factura. Y, por supuesto, apreciaría tu discreción en este asunto.

El medik agarró su bolsa y salió de la habitación. Mientras lo hacía, el mercader se levantó y tomó un fajo de papeles de su escritorio. Llevaba la levita y el chaleco de corte perfecto de todos los mercaderes kerch: oscuros, refinados y deliberadamente formales. Pero el bolsillo del reloj y el alfiler de la corbata le decían a Kaz todo lo que necesitaba saber: la cadena de oro del reloj estaba formada por pesados eslabones de hojas de laurel, y el alfiler era un rubí enorme y perfecto.

Voy a arrancarte ese pedrusco de ahí y clavarte el alfiler en tu cuello de mercader por encadenarme a una silla, pensó Kaz. Pero lo único que dijo fue:

—Van Eck.

El hombre asintió con la cabeza. Sin inclinarse, claro. Los mercaderes no se inclinaban ante escoria del Barril.

—¿Entonces me conoces?

Kaz conocía los símbolos y joyas de todas las casas mercantes kerch. El escudo de Van Eck era el laurel rojo; no hacía falta ser muy inteligente para hacer esa conexión.

—Te conozco —dijo—. Eres uno de esos mercaderes entrometidos que siempre intentan limpiar el Barril.

Van Eck hizo otro pequeño asentimiento.

—Intento que los hombres tengan trabajos honestos.

Kaz se rio.

—¿Qué diferencia hay entre apostar en el Club Cuervo y especular en el Intercambio?

—Lo primero es robo y lo segundo es comercio.

—Cuando un hombre pierde su dinero, puede tener problemas en distinguirlos.

—El Barril es un antro de suciedad, vicio, violencia…

—¿Cuántas de esas naves que envías fuera de los puertos de Ketterdam jamás regresan?

—Eso no…

—Una de cada cinco, Van Eck. Uno de cada cinco navíos que envías en busca de café, jurda y seda se hunde hasta el fondo del mar, choca contra las rocas o cae presa de los piratas. Una de cada cinco tripulaciones muere, y sus cuerpos se pierden en aguas extrañas, se convierten en comida para los peces de las profundidades. No hablemos de violencia.

—No voy a hablar de ética con un chaval del Barril.

En realidad, Kaz no esperaba que lo hiciera. Tan solo estaba tratando de conseguir tiempo mientras probaba las esposas que tenía en las muñecas. Dejó que sus dedos tantearan la longitud de la cadena tanto como pudo, todavía preguntándose adónde lo habría llevado Van Eck. Aunque Kaz no conocía a ese hombre, se había aprendido el plano de la casa de Van Eck de dentro a fuera. Dondequiera que estuvieran, no era la mansión del mercader.

—Dado que no me has traído aquí para filosofar, ¿qué quieres de mí?

Era la pregunta que se hacía al principio de cualquier reunión. El saludo de un compañero, no la súplica de un prisionero.

—Tengo una propuesta para ti. O más bien la tiene el Consejo.

Kaz ocultó su sorpresa.

—¿El Consejo Mercante empieza todas las negociaciones con una paliza?

—Considéralo una advertencia. Y una demostración.

Kaz recordó la forma del callejón, cómo había aparecido y desaparecido como un fantasma. Jordie.

Se sacudió mentalmente. No era Jordie, idiota. Céntrate. Le habían echado el guante porque andaba emocionado por una victoria y distraído. Aquel era su castigo, y era un error que no volvería a cometer. Eso no explica el fantasma. Por el momento, apartó a un lado aquel pensamiento.

—¿En qué podría serle yo de utilidad al Consejo Mercante?

Van Eck hojeó los papeles que tenía en la mano.

—Te arrestaron por primera vez a los diez años —dijo, examinando la página.

—Todo el mundo recuerda su primera vez.

—Dos veces más ese año, y otras dos a los once. Te arrestaron cuando la stadwatch hizo una redada en un salón de juegos cuando tenías catorce años, pero no han vuelto a hacerlo desde entonces.

Era cierto. Nadie había logrado atrapar a Kaz en tres años.

—Me he reformado —dijo—. He encontrado un trabajo honesto y vivo una vida de trabajo y oración.

—No blasfemes —replicó Van Eck con suavidad, aunque hubo un breve destello de furia en sus ojos.

Un hombre de fe, recordó Kaz, y su mente examinó todo lo que sabía sobre Van Eck: próspero, devoto, un viudo que se había vuelto a casar recientemente con una chica no mucho mayor que el propio Kaz. Y, por supuesto, estaba el misterio de su hijo.

Van Eck continuó pasando las páginas del archivo.

—Diriges apuestas en peleas, de caballos y sobre tus propios juegos de azar. Has sido jefe del Club Cuervo desde hace más de dos años. Eres la persona más joven en llevar una casa de apuestas y has doblado sus beneficios en ese tiempo. Eres un chantajista…

—Negocio con información.

—Un estafador…

—Creo oportunidades.

—Un chulo y un asesino…

—No trabajo con putas, y siempre mato por una causa.

—¿Y qué causa es esa?

—La misma que la tuya, merca. Beneficios.

—¿Cómo obtienes la información, Brekker?

—Digamos que sé forzar cerraduras.

—Debes de ser muy hábil.

—Desde luego que sí. —Kaz se reclinó un poco—. ¿Sabes? Cada hombre es una caja fuerte, una cámara de secretos y anhelos. Están los que toman el camino de la fuerza, pero yo prefiero un acercamiento más suave; la presión adecuada aplicada en el momento justo y el lugar preciso. Es algo delicado.

—¿Siempre hablas con metáforas, señor Brekker?

Kaz sonrió.

—No es una metáfora.

Se levantó de la silla antes de que las cadenas cayeran al suelo. Saltó al escritorio, cogió un abrecartas de su superficie con una mano y sujetó la pechera de la camisa de Van Eck con la otra. El fino tejido se arrugó mientras presionaba la garganta de Van Eck con la hoja. Kaz estaba mareado y sentía los miembros abotargados por haber estado atado a la silla, pero todo parecía más luminoso con un arma en la mano.

Los guardias de Van Eck lo estaban mirando, todos con las pistolas y las espadas desenvainadas. Podía sentir el corazón del mercader latiendo bajo la lana de su traje.

—No creo que necesite malgastar aliento en amenazas —dijo Kaz—. Dime cómo llegar a la puerta o te saco por la ventana conmigo.

—Creo que puedo hacerte cambiar de idea.

Kaz le dio un pequeño empujón.

—No me importa quién seas ni lo grande que sea ese rubí. No me puedes sacar de mis propias calles. Y no puedes pretender negociar conmigo si me tienes encadenado.

—Mikka —llamó Van Eck.

Y entonces volvió a pasar. Un chico atravesó la pared de la biblioteca. Era pálido como un cadáver y llevaba el abrigo azul bordado de un Agitamareas Grisha con un lazo rojo y dorado en la solapa que indicaba su asociación con la casa de Van Eck. Pero ni siquiera los Grisha podían atravesar una pared.

Me han drogado, pensó Kaz, tratando de no entrar en pánico. O era alguna clase de ilusión, de las que hacían en los teatros del Stave Oriental: una chica partida por la mitad, palomas que salían de una tetera.

—¿Qué demonios es esto? —gruñó.

—Suéltame y te lo explicaré.

—Puedes explicármelo así.

Van Eck soltó un suspiro corto y tembloroso.

—Lo que ves son los efectos de la jurda parem.

—La jurda es solo un estimulante. —Los pequeños pétalos secos crecían en Novyi Zem y se vendían en tiendas de toda Ketterdam. Durante sus primeros días con los Despojos, Kaz los había masticado para permanecer alerta en las guardias. Había teñido sus dientes de naranja durante días—. Es inofensiva.

—La jurda parem es algo completamente diferente, y desde luego no es inofensiva.

—Así que me has drogado.

—A ti no, Brekker. A Mikka.

Kaz contempló la lividez enfermiza de la cara del Grisha. Tenía sombras oscuras bajo los ojos y la constitución frágil y temblorosa de alguien que se había saltado varias comidas y no parecía importarle.

—La jurda parem es prima de la jurda corriente —continuó Van Eck—. Viene de la misma planta. No sabemos cuál es el proceso para hacer la droga, pero un científico llamado Bo Yul-Bayur envió una muestra al Consejo Mercante Kerch.

—¿Shu?

—Sí. Quería desertar, así que nos envió una muestra para convencernos de lo que decía sobre el extraordinario efecto de la droga. Por favor, Brekker, esta es una posición muy incómoda. Si te parece, te daré una pistola y podremos sentarnos a discutir esto de una forma más civilizada.

—Una pistola y mi bastón.

Van Eck le hizo un gesto a uno de sus guardias, que salió de la habitación y regresó un momento después con el bastón de Kaz, que se alegró de que usara la maldita puerta.

—La pistola primero —dijo Kaz—. Lentamente.

El guardia desenfundó su arma y se la entregó por el mango. Kaz la cogió y la amartilló con un rápido movimiento; después liberó a Van Eck, tiró el abrecartas al escritorio y tomó el bastón de la mano del guardia. La pistola era más útil, pero el bastón le daba a Kaz un alivio inconmesurable.

Van Eck dio unos pasos hacia atrás, poniendo distancia entre él y la pistola cargada de Kaz. No parecía dispuesto a sentarse. Kaz tampoco, así que se mantuvo cerca de la ventana, listo para saltar si fuera necesario.

Van Eck respiró hondo y trató de mantener la calma.

—Ese bastón es toda una herramienta, señor Brekker. ¿Es obra de un Hacedor?

En efecto, lo había creado un Hacedor Grisha, cubierto de plomo y con el peso perfecto para romper huesos.

—No es asunto tuyo. Habla, Van Eck.

El mercader se aclaró la garganta.

—Cuando Bo Yul-Bayur nos envió la muestra de jurda parem se la dimos a tres Grisha, uno de cada Orden.

—¿Felices voluntarios?

—Sirvientes —explicó Van Eck—. Los dos primeros eran un Hacedor y una Sanadora del concejal Hoede. Mikka es un Agitamareas, y es mío. Ya has visto lo que puede hacer con la droga.

Hoede. ¿Por qué le sonaba el nombre?

—Un Agitamareas normal puede controlar las corrientes, invocar el agua o la humedad del aire o cualquier fuente cercana. Controlan las mareas de nuestro puerto. Pero bajo la influencia de la jurda parem, un Agitamareas puede alterar su propio estado de sólido a líquido o gaseoso y después regresar a la normalidad, y hacer lo mismo con otros objetos. Incluso con una pared.

Kaz sentía la tentación de negarlo, pero no podía explicar lo que acababa de ver de ninguna otra forma.

—¿Cómo?

—Es difícil decirlo. ¿Sabes de los amplificadores que llevan algunos Grisha?

—Los he visto —dijo Kaz. Huesos de animales, dientes, escamas—. He oído que son difíciles de encontrar.

—Mucho. Pero solo aumentan el poder de un Grisha. La jurda parem altera su percepción.

—¿Y qué?

—Los Grisha manipulan la materia en sus niveles más básicos, lo llaman la Pequeña Ciencia. Bajo la influencia de la parem, esas manipulaciones son más rápidas y mucho más precisas. En teoría, la jurda parem es solo un estimulante, como su prima cercana. Pero parece agudizar y perfeccionar los sentidos de los Grisha. Pueden hacer conexiones con extraordinaria velocidad. Se vuelven posibles las cosas que simplemente no deberían serlo.

—¿Qué hace con los pobres cabrones como tú y yo?

Van Eck pareció enfurecerse un poco por estar en el mismo grupo que Kaz, pero dijo:

—Es letal. Una mente corriente no puede tolerar la parem ni siquiera en las dosis más pequeñas.

—Dices que se lo disteis a tres Grisha. ¿Qué pueden hacer los otros?

—Mira —dijo Van Eck, llevando la mano al cajón de su escritorio.

Kaz levantó la pistola.

—Cuidado.

Con exagerada lentitud, Van Eck metió la mano en el cajón y sacó un trozo de oro.

—Esto antes era plomo.

—Y una mierda.

Van Eck se encogió de hombros.

—Tan solo puedo decirte lo que he visto. El Hacedor cogió un trozo de plomo y unos momentos después teníamos esto.

—¿Cómo sabes si es auténtico? —preguntó Kaz.

—Tiene el mismo punto de fusión que el oro, el mismo peso y maleabilidad. Si no es idéntico al oro en todos los sentidos, la diferencia se nos escapa. Pruébalo si quieres.

Kaz se puso el bastón bajo el brazo y tomó el pesado fragmento de la mano de Van Eck y se lo metió en el bolsillo. Fuera auténtico o solo una convincente imitación, un pedazo de oro tan grande podía comprar muchas cosas en las calles del Barril.

—Podrías haberlo conseguido en cualquier sitio —señaló.

—Traería al Hacedor de Hoede para mostrártelo, pero no se encuentra bien.

La mirada de Kaz se dirigió hacia la cara enfermiza de Mikka y su frente húmeda. Estaba claro que la droga tenía un precio.

—Digamos que esto es cierto y no un truco barato. ¿Qué tiene que ver conmigo?

—Tal vez hayas oído que los shu pagaron toda su deuda con Kerch gracias a una repentina abundancia de oro. O que asesinaron al embajador de comercio de Novyi Zem. O que robaron documentos de una base militar en Ravka.

Así que ese era el secreto tras el asesinato del embajador en el lavabo. Y el oro de esas tres naves shu debía de ser obra de un Hacedor. Kaz no había oído nada sobre los documentos ravkanos, pero asintió igualmente con la cabeza.

—Creemos que estos hechos los llevaron a cabo Grisha bajo el control del gobierno shu y la influencia de la jurda parem. —Van Eck se frotó la mandíbula con la mano—. Brekker, quiero que pienses un momento lo que te estoy diciendo. Hombres que pueden atravesar paredes… ninguna cámara ni fortaleza volverá a ser segura. Gente que puede crear oro a partir del plomo, o cualquier otro elemento, que pueden alterar la mismísima materia del mundo… los mercados financieros caerían en el caos. La economía mundial se colapsaría.

—Qué emocionante. ¿Qué es lo que quieres de mí, Van Eck? ¿Quieres que robe un cargamento? ¿La fórmula?

—No, quiero que robes al hombre.

—¿Que secuestre a Bo Yul-Bayur?

—Que lo salves. Hace un mes recibimos un mensaje suyo suplicando refugio. Estaba preocupado por los planes del gobierno con la jurda parem, y acordamos ayudarlo a desertar. Planeamos un encuentro, pero hubo un enfrentamiento en el punto de recogida.

—¿Con los shu?

—No, los fjerdanos.

Kaz frunció el ceño. Los fjerdanos debían de tener espías muy dentro de Shu Han o Kerch si habían descubierto tan rápido lo de la droga y los planes de Bo Yul-Bayur.

—Pues envía a algunos de tus agentes tras él.

—La situación diplomática es un tanto delicada. Es esencial que nuestro gobierno no tenga conexión con Yul-Bayur de ninguna forma.

—Tienes que saber que lo más probable es que esté muerto. Los fjerdanos odian a los Grisha. Jamás permitirían que se filtrara nada relativo a esa droga.

—Nuestras fuentes aseguran que está vivo y a la espera de juicio. —Van Eck se aclaró la garganta—. En la Corte de Hielo.

Kaz miró a Van Eck durante un largo minuto y después se echó a reír.

—Bueno, ha sido un placer que me dejaras inconsciente y me capturaras, Van Eck. Puedes estar seguro de que te recompensaré por tu hospitalidad en el momento adecuado. Ahora haz que uno de tus lacayos me lleve hasta la puerta.

—Estamos dispuestos a ofrecerte cinco millones de kruge.

Kaz se guardó la pistola en el bolsillo. Ya no temía por su vida; ya solo le irritaba que ese tipo hubiera desperdiciado su tiempo.

—Esto tal vez sea una sorpresa para ti, Van Eck, pero las ratas de canal valoramos nuestras vidas tanto como vosotros.

—Diez millones.

—No tiene sentido tener una fortuna que no viviré para gastar. ¿Dónde está mi sombrero… lo dejó tu Agitamareas en el callejón?

—Veinte.

Kaz hizo una pausa. Tenía la espeluznante sensación de que los peces tallados en las paredes se habían detenido a mitad del salto para escuchar.

—¿Veinte millones de kruge? —Van Eck asintió con la cabeza. No parecía feliz—. Tendría que convencer a un equipo para lanzarse a una misión suicida. Eso no será barato.

Aquello no era cierto del todo. A pesar de lo que le había dicho a Van Eck, había mucha gente en el Barril que no tenía mucho por lo que vivir.

—Veinte millones de kruge no es barato precisamente —señaló Van Eck.

—Nadie se ha colado nunca en la Corte de Hielo.

—Por eso es por lo que te necesito, Brekker. Es posible que Bo Yul-Bayur ya esté muerto o que haya entregado todos sus secretos a los fjerdanos, pero creemos que tenemos al menos un poco de tiempo para actuar antes de que el secreto de la jurda parem sea revelado.

—Si los shu tienen la fórmula…

—Yul-Bayur aseguró que había logrado engañar a sus superiores y mantener la fórmula en secreto. Creemos que están trabajando con los limitados suministros que dejó atrás Yul-Bayur.

La avaricia se inclina ante mí. A lo mejor Kaz había sido algo arrogante al decir eso. La avaricia estaba acatando la voluntad de Van Eck. La balanza se había inclinado, superando la resistencia de Kaz, poniéndolo en su sitio.

Veinte millones de kruge. ¿Qué clase de trabajo sería ese? Kaz no sabía nada sobre espionaje o luchas gubernamentales, pero ¿por qué liberar a Bo Yul-Bayur de la Corte de Hielo tendría que ser diferente a sacar bienes de la caja fuerte de un mercader? La caja fuerte mejor protegida del mundo, se recordó. Necesitaría un equipo muy especializado, un equipo desesperado al que no le importara la posibilidad de no volver de ese trabajo. Y no podría sacarlo de los Despojos y ya está. No tenía el talento que necesitaba entre sus filas. Eso significaba que tendría que vigilar su espalda más de lo habitual.

Pero si lo lograban, incluso después de que Per Haskell obtuviera su parte, el porcentaje de Kaz de los beneficios sería suficiente para cambiarlo todo, para poner en marcha al fin el sueño que había tenido desde la primera vez que salió arrastrándose de un puerto frío con un agujero ardiente de venganza en el corazón. Su deuda con Jordie quedaría saldada al fin.

También habría otros beneficios. El Consejo Kerch estaría en deuda con él, por no mencionar lo que ese atraco haría por su reputación. ¿Infiltrarse en la impenetrable Corte de Hielo y llevarse algo del bastión de la nobleza y el poder militar fjerdanos? Con un trabajo como ese bajo el cinturón y esa clase de beneficios en sus manos, ya no necesitaría a Per Haskell. Podría crear su propia organización.

Pero había algo extraño.

—¿Por qué yo? ¿Por qué los Despojos? Hay bandas más experimentadas ahí fuera.

Mikka comenzó a toser, y Kaz vio sangre en su manga.

—Siéntate —le indicó Van Eck con seguridad, ayudando al Grisha a sentarse y ofreciéndole su pañuelo. Hizo una señal a un guardia—. Trae agua.

—¿Y bien? —insistió Kaz.

—¿Cuántos años tienes, Brekker?

—Diecisiete.

—No te arrestan desde que tenías catorce, y como sé que no eres más honesto ahora que entonces, tan solo puedo suponer que tienes la cualidad que más necesito en un criminal: no te dejas atrapar. —Van Eck sonrió ligeramente—. También está el asunto de mi DeKappel.

—Creo que no sé lo que quieres decir.

—Hace seis meses, un óleo DeKappel valorado en casi cien mil kruge desapareció de mi casa.

—Menuda pérdida.

—Lo fue, sobre todo porque me habían asegurado que mi galería era impenetrable y que los cerrojos de las puertas eran infalibles.

—Recuerdo haber leído sobre eso.

—Sí —admitió Van Eck con un pequeño suspiro—. El orgullo es algo peligroso. Estaba ansioso de mostrar mi adquisición y las medidas que había tomado para protegerla. Y aun así, a pesar de todas mis cajas fuertes, a pesar de los perros y las alarmas y el personal más leal de Ketterdam, mi cuadro ha desaparecido.

—Mis condolencias.

—Todavía no ha aparecido en ningún mercado del mundo.

—Tal vez el ladrón ya tuviera un comprador.

—Es una posibilidad, claro. Pero me inclino a creer que el ladrón lo tomó por una razón diferente.

—¿Cuál podría ser?

—Demostrar que podía hacerlo.

—A mí me parece un riesgo estúpido.

—Bueno, ¿quién puede adivinar los motivos de los ladrones?

—Yo no, desde luego.

—Por lo que sé de la Corte de Hielo, quienquiera que robara mi DeKappel es precisamente la persona que necesito para este trabajo.

—Entonces será mejor que lo contrates a él. O a ella.

—Desde luego. Pero tendré que contentarme contigo. —Van Eck sostuvo la mirada de Kaz, como si esperara encontrar una confesión escrita en sus ojos. Al fin, preguntó—: Entonces, ¿tenemos un trato?

—No tan rápido. ¿Qué hay de la Sanadora?

Van Eck parecía perplejo.

—¿Quién?

—Dijiste que le disteis la droga a un Grisha de cada Orden. Mikka es un Agitamareas, un Etherealnik. El Hacedor que creó ese oro era un Materialnik. Entonces, ¿qué pasa con la Corporalnik? ¿La Sanadora?

Van Eck hizo una mueca, y simplemente dijo:

—¿Me acompañas, Brekker?

Con cautela y manteniendo un ojo en Mikka y los guardias, Kaz siguió a Van Eck fuera de la biblioteca y por el pasillo. La casa rezumaba riqueza de mercader: paneles de madera oscura en las paredes, suelos de baldosas blancas y negras, todo con buen gusto, todo contenido e impecablemente fabricado. Pero la sensación era la de un cementerio. Las habitaciones se encontraban desiertas, las cortinas cerradas, los muebles cubiertos con sábanas, de modo que cada cámara en sombras por la que pasaban parecía alguna clase de paisaje marino lleno de icebergs.

Hoede. Ya recordaba el nombre. Había habido alguna clase de incidente en la mansión de Hoede de la Geldstraadt. Todo el lugar había sido acordonado y se había llenado de stadwatch. Kaz había oído rumores de un brote de viruela de fuego, pero ni siquiera Inej había sido capaz de descubrir más.

—Esta es la casa del concejal Hoede —dijo Kaz con un escalofrío. No quería ser otra víctima de la plaga, pero el mercader y sus guardias no parecían ni remotamente preocupados—. Pensaba que este lugar estaba en cuarentena.

—Lo que pasó aquí no supone ningún peligro para nosotros. Y si haces tu trabajo, Brekker, jamás lo será.

Van Eck lo condujo por una puerta hasta un jardín bien cuidado, lleno del aroma a néctar del azafrán. El olor golpeó a Kaz como un puñetazo en la mandíbula. Los recuerdos de Jordie ya estaban muy frescos en su mente, y por un momento Kaz no estaba caminando por el jardín junto al canal de un rico mercader, sino metido hasta las rodillas en la hierba alta, con el sol ardiente sobre sus mejillas y la voz de su hermano llamándolo para que volviera a casa.

Kaz se sacudió la cabeza. Necesito una taza del café más negro y amargo que pueda conseguir, pensó. O tal vez un puñetazo de verdad en la mandíbula.

Van Eck lo estaba conduciendo hasta el embarcadero que daba al canal. La luz que se filtraba por sus ventanas cerradas dibujaba patrones sobre el camino del jardín. Un único guardia de la ciudad permanecía firme junto a la puerta mientras Van Eck se sacaba una llave del bolsillo y la metía en el pesado cerrojo. Kaz se puso la manga sobre la boca cuando el hedor a orina y excrementos de la habitación cerrada lo alcanzó. Vaya con el azafrán de primavera.

La habitación estaba iluminada por dos lámparas de cristal de la pared. Había un grupo de guardias de cara a una gran caja de hierro, y el suelo a sus pies estaba lleno de cristales rotos. Algunos llevaban el uniforme púrpura de la stadwatch y otros el verde mar de la casa de Hoede. A través de lo que Kaz comprendió que había sido una ventana de observación, vio a otro guardia de la ciudad de pie f